El suicidio asistido de España

El suicidio asistido de España

En Sopa de ganso, la desternillante película de los hermanos Marx sobre las vicisitudes de Rufus T. Firefly (Groucho), quien se erige en dictador de Freedonia, uno de los diálogos más hilarantes y absurdos es aquel en el que su ministro plantea a Firefly una subida tributaria y éste le replica: «¿Y si mejor alzamos la alfombra?». Sin embargo, ante el empecinamiento de aquel, casi tan contumaz como la ministra Montero reclamando a todas horas nuevos impuestos con los que desplumar al contribuyente, Firefly consiente finalmente: «Tiene razón, tenemos que incrementar las tributaciones para así poder pagar la alfombra».

El pago de la alfombra es precisamente lo que compromete a un Gobierno tan hipotecado como el que comanda un presidente con menor número de escaños propios de los que habitan La Moncloa desde la restauración de la democracia. Echado en brazos de neocomunistas y soberanistas, no sólo debe atender los compromisos de gasto contraídos con sus socios hasta convertirse en el Taxman de la vieja canción de The Beatles, presto a cobrar hasta por pasear, sino que desguaza el Estado y despedaza la soberanía nacional. Eso sí, su antaño madrina y luego enemiga cerval hasta defenestrarlo de la Secretaría General, Susana Díaz, se hace perdonar la vida pregonando que España nunca antes estuvo más unida. No mantiene la dignidad andaluza de aquel jornalero que, levantándose sobre su indigencia, proclamaba: «En mi hambre mando yo».

Así, en el capítulo diario de cesiones y capitulaciones, basta anotar los últimos suma y sigue de una lista inacabable e irreparable en sus consecuencias. De un lado, la reciente transferencia de la gestión de la Seguridad Social al País Vasco, abriendo un boquete en la caja única de las pensiones y al principio de solidaridad que encierra, lo que agranda el ya ventajoso cuponazo vasco, así como la política penitenciaria que beneficiará a los asesinos etarras a los que, a la chita callando, el irreconocible ministro Marlaska ha ido trasladando a cárceles vascas. De otro, la conformación este miércoles en La Moncloa –si a Torra le place y no dispone en contrario humillando a Sánchez– de la Mesa sobre la Autodeterminación de Cataluña que, junto a una amnistía encubierta de los golpistas del 1-O y un pacto fiscal que mejore su financiación, arbitre algún tipo de consulta que vista el santo, pero que deje en las manos exclusivas de los catalanes lo que atañe al conjunto de los españoles. Lo sorprendente es que esa posición, con la presencia del vicepresidente Iglesias y el ministro Castells, es mayoritaria a ambos lados de la mesa, por lo que la presencia de un relator sólo tiene caracteres de regodeo por parte del valido de Puigdemont en su pugna por la hegemonía electoral dentro del secesionismo.

Por si no fueran bastante estas onerosas facturas, añádanse los modos en que el régimen bolivariano de Venezuela empeña tanto la acción diplomática de España como su gobernación doméstica. Si los soberanistas buscan desde primera hora cobrarse en especie su aval al gabinete Sánchezstein, otro tanto acaece con la satrapía de Maduro. Tirando del dinero que pertenece a sus ciudadanos, el tirano se vale de dos poderosas aldabas: el vicepresidente Iglesias, nacido a los pechos de Chávez y amamantado con los fondos provenientes de aquella narcodictadura, y el ex presidente Zapatero, gran canciller de la autocracia caribeña, amén de muñidor del eje de países que lo protegen allende y aquende de los mares.

No cabe interpretar de otra forma la irrupción en el aeropuerto de Barajas del Falcon de la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Uno de los 20 altos gerifaltes del régimen de Maduro que tiene prohibido desde 2018 viajar o transitar por el territorio europeo, acusada de «violación de derechos humanos y por haber socavado la democracia y el Estado de derecho». Con su intromisión, quiso hacer presente –como el dinosaurio de Monterroso– su influencia sobre la actual deriva española.

Ya pocas dudas pueden albergarse de que lo hizo con el consentimiento del Gobierno. Así se hace patente ante el alud de revelaciones que desmontan el cúmulo de falsedades del ministro de Transportes, José Luis Ábalos, pero también de su correligionario de Interior, Fernando Grande-Marlaska. Todo ello con la anuencia explícita del presidente Sánchez, quien atendió el requerimiento de su secretario de Organización en el PSOE de salir en su auxilio. No obstante, éste se cuidó mucho de evocar lo de «dos al precio de uno» con el que González ligó su futuro al de Guerra a causa del escándalo protagonizado por el hermano del otrora vicepresidente en el despacho de éste en la Delegación del Gobierno en Andalucía. Claro que lo que realmente hizo fue deshacerse de su mano derecha rompiendo unos lazos tenidos por inextinguibles.

A la espera de las pesquisas judiciales iniciadas a instancias del PP, los concernidos se muestran insolentes y descarados como si fueran ellos los agraviados. Pero el Delcygate evidencia el pecado original de un gobierno que se podemiza a ojos vista en una relación en la que el pez pequeño se come al grande como la piraña devora especies mayores. De esta guisa, los ministros socialistas se ven desautorizados incluso en asuntos de su estricta incumbencia por colegas podemitas que acaban llevándose el gato al agua. Ya sea sobre emigración, reforma del código penal, agricultura o CNI.

Por mor de ello, aquello que aseveró Sánchez de que habría muchas voces, pero una sola palabra, resulta cierto con la salvedad de que no es precisamente la suya, sino de Iglesias. Éste le ha tomado la medida hasta empotrarse, sin tener nada que ver con sus atribuciones, en el terreno altamente escabroso de la inteligencia del Estado. Ello concita la inquietud de las democracias occidentales y de su Alianza Atlántica. En ese brete, la cara de circunstancias de la ministra de Defensa, Margarita Robles, tras tragarse ese sapo, no ha de conmover a sus cofrades de la OTAN...

Si Sánchez quiso construir un dique, dotando a su jefe de pretores, Iván Redondo, de encomiendas superiores a las de un miembro del Consejo de Ministros para ponerlas lejos del alcance de Podemos, Iglesias ha maniobrado con astucia para extender su poder más allá del ámbito de los Asuntos Sociales, donde quiso recluirlo para atemperar su insomnio, y ampliarlo a áreas claves del Estado. Ello le erige en casi alter ego de Sánchez en un Ejecutivo bifronte como el dios Jano, pese a multiplicar el número de vicepresidencias para diluir la del líder de Podemos.

Como consecuencia de ello, ambos van camino de recrear aquella otra secuencia antológica de Sopa de ganso en la que Harpo se disfraza de Groucho para colarse en la casa de la señora Teasdale para sustraerle sus joyas. Al forzar la caja fuerte, rompe un espejo y despierta con estrépito al auténtico Groucho. En esa coyuntura, Harpo discurre plantarse tras del espejo roto e imitar todos sus movimientos para hacerle creer que es su reflejo. Sospechando que hay gato encerrado, el suplantado busca desentrañar la patraña, pero Harpo lo parodia a la perfección. Para mayor lío, Chico invade la estancia vestido también de Groucho con lo que el cuadro adquiere tintes surrealistas.

Todo ello consolida la impresión inicial de que habría dos gobiernos cohabitando entre sí con dos sistemas bien distintos y tironeado uno de ellos por quienes, cargando contra «la casta», ya forman parte de ella y adquieren sus vicios a una velocidad desusada como lo prueba su familismo amoral y su clientelismo nepótico a las primeras de cambio. Un calco de su Pigmalión Chávez, quien se valió de la corrupción para auparse al poder y luego, en vez de finiquitarla, organizarla en su provecho. Al tiempo, modificó la legalidad pro domo sua para entronizar una república dinástica que condena a la miseria y al crimen a los venezolanos.

Como consecuencia de la insólita amalgama de minorías que ha alumbrado el Gobierno Sáncheztein, España paga bien caro lo que el sociólogo galo Maurice Duverger denominó en un libro titulado, precisamente, La democracia sin el pueblo. En sus páginas, explicaba cómo esas «legales» combinaciones de minorías mancomunadas en una ruidosa y variopinta turbamulta precipitaron la caída de la IV República en Francia con la llegada del general De Gaulle y el establecimiento de un sistema electoral mayoritario a dos vueltas que impedía una fragmentación que originaba esa «democracia sin el pueblo» en la que los electores no reconocían lo que habían votado. Sin duda, una Sopa de ganso cocinada de acuerdo con esta prescripción de la película: «Si queremos hacer una suculenta receta de cocina, cogemos dos pavos, un pato, cuatro repollos, ningún ganso y lo mezclamos todo. Después de probarlo sólo querrás tomar sopa de ganso el resto de tu vida».

Todo muy legal, pero una estafa al pueblo dado que la democracia es el gobierno de la mayoría, no de las minorías confabuladas contra ella. En la penosa circunstancia española, se recrudece al amalgamarse grupos antisistema –«Apretad», le dice Iglesias como Torra a los agricultores, cuando estos le piden soluciones como gobernante– y separatistas favorecidos en este último caso por un sistema electoral que les favorece hasta posibilitarles destruir el Estado desde su corazón mismo. Una confabulación que, en definitiva, se cisca contra el sistema democrático y contra la soberanía nacional por medio de un Gobierno dispuesto –cada vez que sus socios lo exigen– a saltarse a la torera la Constitución que prometieron guardar y hacer guardar ante el Rey.

Ello propicia el suicidio asistido de una España en la que, como el poeta Juvenal advertía en la Roma de los Césares, diera la impresión de que «el pueblo del que en otro tiempo dependían el gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo», sacrificando aquello por lo que, en verdad, vale la pena vivir, por medio de una clase gobernante. Lo facilita dejándose arrastrar por unos gobernantes que esconde su conciencia bajo la alfombra al mando de una España que, siendo la nación europea más antigua, le gusta vivir peligrosamente tejiéndose y destejiéndose como el manto de Penélope, pero que puede quedarse con las agujas en la mano.

En pos de ello, se pone sitio al último bastión del Estado: la Justicia. Un jaque a la misma que se acelera por medio de reformas ad hominem que favorezcan a sus socios, nombramientos impúdicos como el de la nueva fiscal general del Estado –una ex ministra varias veces reprobadas y divulgadamente conchabada con la mafia policial hasta el punto de aplaudir sus chantajes a políticos y empresarios a través de la red de «información vaginal» del ex comisario Villarejo– o cambios en el acceso de la carrera para favorecer la discrecionalidad frente a procedimientos reglados y de imparcialidad asegurada. Deben pensar que, aplicando la eutanasia política, es pan comido o, lo que es lo mismo, Sopa de ganso.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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