El suicidio de IU

También las organizaciones, incluso las que más amas y de las que has formado parte buena parte de tu vida, tienen derecho a suicidarse, y es algo que aunque me duela tengo la obligación de respetar, porque creo en la libertad y en la autonomía de personas y organizaciones, incluso para equivocarse. Lo que no se me puede pedir, además, es que asista en silencio y mucho menos que colabore con un suicidio que para mí y muchos ciudadanos de izquierdas no tiene sentido ni razón política.

Asisto con estupor a una suerte de eugenesia política de ocasión en dramáticos plazos o actos que creo que es imprescindible denunciar, negar y combatir, precisamente cuando a pesar de más de dos años de inmersión de IU en el grupo parlamentario de Podemos, sus empecinados y casi heroicos electores se mantienen vivos y con clara expectativa al alza en contraste con el estancamiento del conjunto.

Una eugenesia frívola también, que tan pronto se anuncia en los medios de comunicación como inmediatamente se niega para atribuírsela al mensajero o para limitar el anuncio a la primicia de un partido que, oh paradoja, se transforma en movimiento social.

No callaré porque no comparto el empeño actual en la demolición y manipulación de la Historia y la cultura política de la izquierda, y en particular de la de IU. Una manipulación interesada que pretende prescindir de sus valores, ideas y del sentido de la organización en la nueva etapa política surgida de la grave crisis sistémica en la que aún nos encontramos.

>No callaré frente a un relato falso sobre la Transición que pretende asimilarla a una restauración monárquica impuesta por la oligarquía de la Dictadura con la atribución a nuestra izquierda de un papel subordinado, sólo, como si las libertades democráticas fuesen una concesión y no una dura y dramática conquista de la izquierda y los movimientos populares. Sería como negar la Historia, pero sobre todo sería una afrenta a los que, estos sí, se dejaron la piel en la resistencia a la Dictadura, con un rol básico de los comunistas, pero también de socialistas, republicanos, anarquistas y demócratas, en general, para luego comprometerse con los mismos valores, generosidad y firmeza en la movilización social y en el pacto por la libertad y la democracia.

A este pecado original fabulado sobre la Transición, tan sesgado como lo ha sido su sacralización, se suma la especie de que ya en democracia se ha producido el amansamiento y la domesticación, primero, y más tarde la complicidad de la izquierda con el deterioro y la degradación del carácter social y de la confianza ciudadana en el sistema democrático.

Hacerlo así sería tanto como hacer tabla rasa de un largo período de modernización social, aunque a la luz airada de la crisis y sus dramáticos efectos exista la tentación de verlo todo de color negro y sin matices. En los matices, precisamente, donde está la política.

Un largo periodo de avances y de aportaciones y compromisos, como también de retrocesos y resistencias, donde IU jugó el papel que le confiaron los españoles, influyendo incluso por encima de sus posibilidades, con una capacidad de sacrificio y compromiso en la oposición, y otras veces desde gobiernos locales y autonómicos, creo que a valorar, encomiable.

No negaré que hubo renuncias, errores o excesos ni tampoco casos de corrupción en nuestras filas, como en cualquier grupo humano, aunque, sin caer en ninguna superioridad moral de la izquierda, estos hechos condenables fueron excepciones al compromiso y honestidad generales. Pero, sobre todo, no comparto la idea de que el tiempo de la izquierda y de IU haya pasado, y que sea necesario hacer tabla rasa de su cultura política de lucha, negociación y gobierno para integrarse en un proyecto distinto y a veces opuesto en cuanto a algunas propuestas, alianzas sociales y, eso sí, en muchos modos y gestos de Podemos.

Es una evidencia que la crisis económica y de confianza política ha traído consigo una fractura social, generacional e incluso moral y, como consecuencia, una nueva representación política, pero que todo ello no niega la vigencia de partidos clásicos como IU ni agota la posibilidad de nuevas representaciones.

Porque una cosa es lo viejo y otra muy distinta lo clásico. Sigo convencido de que existen -algunas existirán, desgraciadamente, durante mucho tiempo- las contradicciones sociales, de clase y políticas y culturales que exigen respuestas de izquierdas y de que éstas son y serán plurales tanto en sensibilidades como en territorios. Pero, por si no fuera suficiente con estos argumentos, los resultados electorales de las últimas elecciones generales nos han demostrado hasta qué punto forzar la colaboración necesaria para convertirla en coalición electoral y mezcla de culturas políticas diferenciadas, lejos de sumar, ha restado votos y desmovilizado a la izquierda.

Por eso, provocar hoy el suicidio de Izquierda Unida, incluso su hibernación como círculo rojo en Podemos, dejando huérfana a toda una cultura política configurada históricamente, no sólo es una tremenda injusticia, es un grave error político, porque desmovilizaría y mandaría a la abstención a una buena parte de la izquierda, y no estamos hoy para perder activistas ni votantes ni en la izquierda ni mucho menos en la joven y convulsa democracia española.

Gaspar Llamazares Trigo

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