El suicidio de la izquierda catalana

Empiezo a pensar que en España  hay algo en lo que nos parecemos los partidos políticos y los medios de comunicación. Ambos somos inmunes a la realidad. Una paradoja de grueso calibre, porque unos y otros nos alimentamos de ella, o deberíamos, y nos obliga a hacernos la pregunta del millón: entonces cómo es que sobrevivimos. Para la respuesta caben varias hipótesis. A mí, la que me parece más plausible, en el caso de los medios de comunicación, es que vivimos porque somos necesarios. Así de sencillo y de rotundo. Nos necesitan. No a los columnistas; ni siquiera a los propios periodistas que cubren la información – ¡qué metáfora terrible la de cubrir la información!-.Necesitan los instrumentos; esos puentes del poder hacia la ciudadanía, que les otorgan respetabilidad y que convierten una parte de lo que acontece en lo único importante.

De un tiempo a esta parte vivimos en perplejidad permanente, pero con las últimas elecciones hemos alcanzado el estrellato. El cabeza de lista del PSOE, el canario López Aguilar, fue derrotado hasta la humillación en Canarias. En Madrid, el Partido Popular no sólo aplastó a los socialistas, sino que rozó el 50% de los votantes. La otrora oposición de Izquierda Unida fue ridiculizada también en la capital por el partidete de Rosa Díez, quien por cierto presentaba como primero a un veterano que sabe de lo que habla, Francisco Sosa Wagner. Que Valencia haya sido el lugar donde hubo mayor participación electoral no tiene nada que ver con Berlusconi, por más que se esfuerce sor Gabilondo en sus inefables homilías, sino en el patetismo del recurso de elevar los trajes de sastrería al nivel de la corrupción institucional. Muchos parecen haber olvidado aquel ejercicio de estupidez política, y de mala baba mediática, sobre los vestidos de Pilar Miró, cuando gobernaba el PSOE. Los tipos como Camps me producen escalofríos, pero provocar al electorado por unos trajes cuando la realidad se desborda de corrupciones multimillonarias puede tener consecuencias, como la de arrasar en las urnas. Los linchamientos mediáticos entre enemigos, por oportunismo electoral, producen efectos masivos. Disculpen la inoportunidad, ¿pero se acuerdan de Banca Catalana? Se podrían citar una docena más de ejemplos electorales que demuestran que el Gran Timonel Planetario ha perdido aquella suerte que le hacía acreedor de lo que los castizos denominan una flor en el culo,para pasar a algo tan prosaico como las hemorroides. Pero eso me llevaría el artículo completo y yo lo que quiero es hablar de la izquierda catalana por una vez y no más santo Tomás, sin ninguna gana, por pura obligación profesional, porque el asunto hiede y porque dejar de decirlo sería vergonzosa cobardía.

La vida política en Catalunya estuvo enmarcada durante muchos años en una realidad que no nos gustaba a quienes nos considerábamos inequívocos oponentes al pujolismo reinante. Se trataba de una situación normal dentro del juego democrático; ellos eran el poder y los demás la oposición. Ellos tenían la mayoría política, que no social, y gobernaban. Punto. Había no obstante una tensión latente, eso que se podía llamar la esperanza de una alternativa. Mientras Jordi Pujol fue president una parte importante de la ciudadanía catalana alimentaba la legítima ambición de un cambio. No sólo la posibilidad de que la izquierda, mayoritaria en sucesivas elecciones desde aquella tan lejana de junio de 1977, pasara a gobernar, sino sobre todo que los modos, maneras y contenidos fueran diferentes. Ahora puedo afirmar, asumiendo perfectamente lo que digo, que esa esperanza se acabó. No hay cambio posible, sino más de lo mismo, y si hay que confesarlo todo, cabría poner la coletilla “peor, si cabe”.

No se trata de algo personal, sino de una constatación ciudadana. Resulta cómico decir que estas recientes elecciones estaban orientadas en clave europea y que no se pueden extrapolar. No hay ni un solo partido, ni un solo candidato que no las haya planteado, en toda España, como un asunto estrictamente nacional. Lo que ocurre es que quienes pierden se justifican con la crisis económica y los que ganan se atrincheran contra el Gobierno. Pero en Catalunya resulta particularmente grave, porque habiendo sido una ciudadanía con una inquietud política muy superior al resto de España se ha pasado a una situación que ronda la emergencia, con el aditamento del narcisismo irritado, inmune a la evidencia. Ya fue llamativo que la clase política catalana, capitaneada por el Gobierno tripartito, cayera en la trampa para elefantes, que ellos mismos se prepararon, de un nuevo Estatuto. Le regalaron a la oposición un frente inesperado – CiUy el veterano Pujol no salían de su asombro, al ver a los chicos de “la alternativa de izquierdas” sacando pecho soberanista-.Frente al autonomismo añejo, radicalismo de arribistas; como si tuvieran que hacerse perdonar algo.

Pero esta genialidad estratégica del tripartito hubiera quedado en anécdota si no se hubiera producido un síntoma socialmente peligroso. La base de sustento político, gracias al talento de los estrategas tripartitos, en vez de ampliarse con respecto al anterior Estatuto, se redujo. No alcanzó ni siquiera al 40%. Pero como somos collonuts,y la gente aguanta lo que le echen, se pasó por esa singularidad como por ensalmo. La clase política y los columnistas salomónicos, buena parte de ellos asesores directos del Gobierno, cuando no de los partidos, decidieron que el nuevo Estatut había sido clamorosamente refrendado. Y al que no le guste, que s´hi posi fulles.Pero lo de ahora va más lejos. Entre la abstención y el voto en blanco – que es un rechazo democrático comprometido-, la clase política catalana se sustenta apenas en el 30% de la ciudadanía. Hay que tener un rostro de cemento armado para explicar el rechazo al tripartito, de su propia base política, como responsabilidad del Gran Timonel Planetario. ¿Pero tan estúpidos creen que somos? ¿Hay cosa más ridícula que ver al eminente Zaragoza, uno de esos tipos cuya arrogancia demuestra que todo, incluso los responsables políticos, es empeorable, alentándonos a tener miedo de la derecha internacional? ¿Hay algo tan infantil como ocultar a la ciudadanía catalana que en la lista iba la inefable Magdalena Álvarez,ex ministra de Incomunicaciones? No sé en qué se diferencian ellos de la derecha; lo comparten todo con ella. Basta con seguir el camino hacia la marginalidad de Iniciativa per Catalunya.

Podría hacer ahora un listado de indignidades a costa de la ciudadanía. Los trajes de Camps son pijerías al lado de la erosión ética que sufre cualquier ciudadano catalán, ex votante de la izquierda, con la chulería e irresponsabilidad de los intocables líderes del riñón cubierto. Si el viejo poder convergente se distinguió por abonar a los suyos, este está dispuesto a ampliar las nóminas sin limitaciones. El silencio de la intelectualidad catalana ante la manipulación de la cultura subvencionada sólo se puede explicar por la complicidad. ¿De verdad alguien cree que es normal que un conseller pueda ausentarse de la inauguración de una feria mundial, en Barcelona, porque quiere ver la final del Barça en Roma, como hizo con total impunidad Francesc Baltasar? Y lo grave es que a nadie llamó la atención tal gesto.

Cuando una sociedad considera normal lo que es flagrante irresponsabilidad, entonces todo está permitido, porque siempre hay una razón para la majadería o la injusticia. Me llama la atención que nadie haya recogido la prohibición del Ateneu de Barcelona a una conferencia de Rosa Díez, política que me cae como un disparo, pero que tiene el mismo derecho que cualquier otro a dar su opinión. Para eso se crearon los ateneos, que además pagamos entre todos.

Los aficionados del FC Barcelona en Madrid festejaron el éxito de su equipo en la Cibeles y no pasó nada. ¿Alguien se imagina una situación semejante en la plaza de Catalunya, organizada por los aficionados del Real Madrid? Sería lo normal, y si eventualmente para muchos no lo es, tenemos un problema, y me temo que estemos abocados a enfrentamientos civiles si hay una gente que monopoliza lo público en detrimento de los otros. ¿Saben ustedes que el Partido Popular en Catalunya acaba de doblar en votos a Esquerra Republicana? Conviene que lo sepan, porque el avestruz no es animal para imitar socialmente.

Gregorio Morán