El teatro de la democracia

Se suele criticar de la política norteamericana su espectacularidad, puesta en escena y dominio mediático. Ejemplos de su superficialidad serían el presidente Reagan, el gobernador Schwarzenegger o el congresista Grandy, de la tripulación de Vacaciones en el mar.Sin embargo, que la democracia más antigua, contrastada y asociativa sea teatral y festiva, y más atenta a la personalidad y liderazgo de los candidatos que a sus partidos, debería llevarnos a reflexionar sobre la nuestra: aburrida, con una clase política hermética en el doble sentido de cerrada y silente, con un peso abrumador de los partidos y poco cercana a los ciudadanos.

En Estados Unidos además de actores en política también abundan líderes con dotes actorales, como Clinton, que dejó la presidencia entre la añoranza de los electores, habiéndoles proporcionado bonanza y dramas subidos de tono.

También se dan en Europa, como Mitterrand, que logró lo imposible: ser maquiavélico poniendo cara de tal, cuando el primer requisito del maquiavelismo es no parecerlo. O Blair, quien se aplicó a la representación política con metodología digna de Stanislavski – su alocución en el fallecimiento de Diana fue memorable-.O Berlusconi, de joven crooner en cruceros, que conoce bien que el secreto de toda seducción, incluida la política, es la vis cómica. O Sarkozy, cuyo aire nervioso y pasión amatoria le hacen candidato a formar parte del plantel de un vodevil.

Lo revelador es que la psicología confirma que la personalidad más apta para ser un buen actor es la misma que la más apropiada para ser un líder eficaz. Característica central de esa personalidad es la llamada “autoobservación” o “autorregistro”, la capacidad de algunos pocos individuos para captar rápidamente el comportamiento – el papel o rol-preciso para ser exitosos en un contexto concreto o con unas personas determinadas; y adaptar su comportamiento a esa situación o grupos; evaluándose y corrigiéndose en el desempeño de ese papel, sin interferencias emocionales. Relajados y seguros son sinceros en sus distintos papeles. Como dice Arthur Miller, la cuestión de la sinceridad no se aplica a los actores. Estos individuos son los mejores intérpretes en las artes escénicas y, si ejercen la política, los líderes más eficaces, ya que toda acción política exige actuación pública. También son los mejores conquistadores románticos.

Este país ha tenido líderes cuyo impacto se entiende desde esa personalidad. Suárez, seductor a derechas e izquierdas. González, cuya polivalencia (podía pasar de ser hombre de Estado por la mañana, a jefe de gobierno por la tarde, a líder mitinero al anochecer) carece de parangón. Suárez y González fueron como estrellas cinematográficas: creíbles en sus distintos papeles, mantenían su identidad sin cansar al votante. Eran valores en sí mismos.

Porque las presidencias autonómicas son cercanas a los electores han sido viveros de actores de reparto, funcionales, como Fraga (el memorioso iracundo), Bono (el retórico) y Leguina (el cínico). Con estilo definido ya quedan pocos, como Aguirre, tan fuera de papel como ministra y tan en su papel como presidenta de Madrid: chulapona y como dice el pasacalles de Las Leandras “riendo descará”. El caso de Pujol es apasionante: con físico de actor de carácter hizo de un papel, el de president, un valor. Fue una estrella.

Pero también hemos tenido líderes que despreciaron lo que la política tiene de actuación. Aznar tras su primera presidencia – en la que por carecer de mayoría absoluta tuvo que reprimirse, no ser él y, forzado a congraciarse con Catalunya, declamar la mejor línea cómica de la democracia, lo de hablar catalán en la intimidad-se desprende de la careta con la mayoría absoluta. Inteligente y orgulloso, abandona cuando intuye que, de presentarse a un tercer mandato, que pronosticaba sin mayoría absoluta, iba a tener que aparentar de nuevo lo que no sentía. El tener que representar un papel, no ser uno mismo cuando se desempeña el poder, es el precio psicológico que pagar por el privilegio de gobernar. A las personalidades alejadas de la personalidad antes mencionada les resulta casi insoportable.

Con el fin de la transición y la consolidación de los partidos con suelos electorales garantizados por las listas cerradas, nuestra política se ha vuelto, cada vez más, menos representativa – política y teatralmente-.Sin estrellas y casi sin actores de carácter o de reparto (el problema del Gobierno y de la oposición españoles), tenemos demasiados responsables políticos que parecen ansiar papeles mudos o planos (el problema de la política catalana).

El déficit de actuación es, en el fondo, un déficit de liderazgo, y democrático. Y si no actúan/ representan los políticos lo harán los demagogos, aquellos para los que la espectacularidad del liderazgo no está al servicio de la representación política y deleite de los electores, sino de la manipulación de emociones. Algunos se han dado cuenta de la oportunidad y ya asoman.

José Luis Álvarez, doctor en Sociología por la Universidad de Harvard; profesor de Esade.