El techo de cristal

Siguiendo una costumbre iniciada en la segunda mitad del siglo XX en torno al 8 de marzo, los medios de comunicación de buena parte del mundo nos obsequiaron con una serie de informaciones sobre las mujeres, el mercado de trabajo y sobre la dificultad de romper el “techo de cristal”. La expresión comporta una referencia a la situación de las mujeres que a pesar de tener una presencia cada vez mayor en el mundo laboral no consiguen sobrepasar unos límites, como si un techo de cristal se lo impidiera. Ese techo de cristal tiene unas características precisas: como cristal, es transparente y, en consecuencia, resulta a menudo invisible. Su invisibilidad predispone a que sea fácil chocar con él, con lo cual, además de no poder sobrepasarlo, deberemos atenernos a las consecuencias del topetazo. Por otro lado, como es invisible, no hay leyes ni códigos que impidan a las mujeres romperlo. Ninguna empresa prohíbe llegar a ser directivas ni ninguna universidad llegar a ser catedráticas, pero sólo un tanto por ciento muy bajo consigue serlo, consigue sobrepasar ese techo de cristal que, precisamente porque no se ve, cuesta tanto demoler.

Hay quien habla, en vez de un techo de cristal, de un pavimento pegajoso, un suelo resbaladizo que impide avanzar las mujeres y las mantiene presas de los puestos de trabajo más precarios, adheridas a los empleos de nivel económico más bajo. Si no fuera porque los datos son perfectamente objetivos y que las estadísticas a nivel mundial muestran que sólo entre un 1% y un 3% de las grandes empresas cuentan con mujeres en los lugares dirigentes, “techos de cristal” y “pavimentos pegajosos” parecerían metonimias idiotas relacionadas con los casi siempre femeninos anuncios sobre productos de limpieza. Sin embargo la realidad es otra, de ahí, por ejemplo, que la Generalitat de Catalunya en el 2007, consciente del desierto de mujeres en las cúpulas de las empresas más importantes radicadas en Catalunya, considerara necesario sufragar unos cursos en Esade para formar directivas. Se proponía el Govern corregir un desequilibrio importante después de observar que entre las 25 empresas establecidas en Catalunya que más facturaban, ninguna mujer ocupaba el cargo de presidenta ni de consejera delegada. A pesar del curso, que se repitió con éxito, el desequilibrio se sigue manteniendo y no sólo en Catalunya. Los últimos datos cantan. Actualmente los consejos de administración de las grandes empresas europeas están integrados por un 89% de hombres y un 11% de mujeres, con la excepción de Noruega, que tiene un 58% de hombres y un 42% de mujeres. Pero si no nos referimos a los puestos directivos, que ocupan unas pocas privilegiadas, y nos acercamos a las ciudadanas comunes y corrientes podemos constatar que, a pesar de que el paro en nuestro país ha afectado más a los hombres que a las mujeres –recordemos que el número más importante de desempleados proviene de la construcción–, las mujeres ganan como en Europa casi un 18% menos que los hombres aunque algunas fuentes aseguran que es sólo un 16,4% (los datos pertenecen al 2012).

Así las cosas y ante la situación dramática por la que pasamos, parece que las administraciones hayan dejado de considerar prioritarias las medidas para corregir las desigualdades laborales entre los hombres y las mujeres, y se hayan preocupado menos de buscar estrategias para desarrollar planes de igualdad laboral, con una mejor distribución horaria para aquellas mujeres y hombres que necesiten compaginar trabajo y atención a hijos pequeños o padres mayores, o con incentivos para las empresas que los implanten.

Pero, crisis aparte, ¿cuáles son las razones de esa ausencia femenina en los puestos decisivos de empresas, universidades o partidos políticos en el mundo entero? Quizá ni siquiera hay que hacer la pregunta referida a los puestos decisivos sino a cualquier puesto importante. Creo que la respuesta la da Amartya Sen cuando habla de la “desaparición femenina” y, aunque él alude a la desproporción existente entre hombres y mujeres en India y China, fruto de la discriminación sexual que lleva incluso al infanticidio de niñas, su planteamiento es más amplio.

En efecto, el premio Nobel de Economía se ha referido al aumento de mujeres “desaparecidas” que cifra en más de cien millones en todo el mundo. Esa desaparición masiva, puntualiza Sen, no es siquiera producto de una guerra o de cualquier otra catástrofe momentánea, sino de una situación de permanente deterioro ético que permite que al menos buena parte de la población mundial sea prácticamente invisible.

Otra cosa no indica el hecho de que el 70% de los pobres de la tierra sean mujeres, que de los 875 millones de analfabetos del mundo, dos terceras partes sean mujeres, que a igual trabajo las mujeres cobren menos que los hombres. También que en los países civilizados o pretendidamente civilizados como el nuestro, alejadas de los horrores a los que muchas mujeres se ven sometidas por el hecho de serlo –basta pensar en las mujeres de Kabul, en las mujeres obligadas a demostrar aquello que son: prisioneras de su condición, algo que su indumentaria muestra, puesto que el burka obliga a ver el mundo entre rejas–, ese techo de cristal aislador pone en evidencia la invisibilidad femenina.

Para dar visibilidad a las mujeres es necesario un cambio urgentísimo en el orden mundial que permita la igualdad de oportunidades que desde siempre pedimos las feministas. Pero, para que el cambio pueda ser operativo, nadie puede quedar al margen. Todos, hombres y mujeres, tenemos que contribuir a acabar con dos lacras repulsivas: el sexismo y el paternalismo, abominables por igual.

Carme Riera, escritora.

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