El tejido social dañado

La política es el arte de administrar el bien común y los recursos públicos armonizando los intereses colectivos con una escrupulosa conciencia social. Si no se da la justicia distributiva, se da solo la injusticia. Lo que hoy percibe el ciudadano es la injusta distribución de los recursos fiscales, el deterioro de la clase política, la corrupción generalizada en las administraciones públicas, el agobio de los impuestos en unas economías familiares muy dañadas, la ausencia de moral pública agravada por el cinismo del fin justifica los medios, que a veces se retuerce en otro principio diabólico: Los medios imponen el fin. Así se llega al descrédito del sistema, a la suma confusión ante la nebulosa de cómo se debe administrar el patrimonio de toda la sociedad, o cómo se dilapida este patrimonio común.

La sociedad se encamina hacia la desconfianza, el deterioro de la credibilidad o la desesperanza. ¿Quién se atreve hoy a proclamar que nuestra clase política está en condiciones de sacarnos de semejante crisis? Ocurre con la política y el desgobierno lo que con las cajas de ahorros: pusieron los políticos sus manos en ellas y dilapidaron las reservas personales de millones de familias por un inmoral acopio de favoritismos discriminatorios, créditos inviables a especuladores inmobiliarios, o saqueos en virtud de una supuesta gratificación salarial de quienes presuntamente eran sus administradores. Ahora, con nuestros impuestos, pagados por los mismos impositores de fondos malversados, se deben de cubrir los desmanes perpetrados y proveer los ingentes agujeros creados en ellas. ¿Cuántos administradores de cajas, bancos o fondos han sido procesados o están en prisión preventiva? El problema ya no son los saqueadores, sino el daño ocasionado a la sociedad, al sistema, a los ahorradores, a los ciudadanos en suma.

El mal es de una perfidia extrema, si nos atenemos a la conciencia herida de una sociedad que duda de la justicia y de la seguridad jurídica que debe garantizar el buen fin de las inversiones y del ahorro. Aún más: ¿qué solución cabe en una sociedad que no solo se desmorona en sus valores, sino que el daño afecta directamente a la sostenibilidad de las empresas y la supervivencia de los puestos de trabajo? Un Gobierno que alardea de «patriotismo», con cinco millones de desempleados y el 42 % de los jóvenes sin trabajo, ni perspectivas a corto plazo, sin rigor en el control del gasto público, con un absentismo de un millón diario de trabajadores que no comparecen en sus empresas, con una escandalosa manipulación política de los presupuestos y la corrupción en los cuatro puntos cardinales, es un Gobierno cuya única salida debería ser la dimisión ¿No existe, acaso, un mecanismo parlamentario de moción de censura para mudar el rumbo de las cosas y sustituir al timonel sin el recurso arriesgado de unas elecciones anticipadas?

Por esta vía, solo se avanza por el camino del endeudamiento a la griega o a la portuguesa; solo se atisba una perspectiva de radicalización social o política. Con todo, existe otro mal peor: el tejido empresarial en deterioro constante. Los clientes no pagan, los trabajadores deben de cobrar sus nóminas, los municipios aplazan sus pagos a dos o más años, el Estado ahoga con impuestos al alza, el IVA es satisfecho por anticipado sin que la Administración devuelva puntualmente su deuda, Hacienda aplica recargos, y bancos y cajas niegan el crédito a las empresas pequeñas y medianas, que se ven, por este círculo satánico, arrastradas al cierre o la desolación. Más de 10.000 cayeron en el 2010 y en el primer trimestre del 2011 en Catalunya se van a superar las 2.200.

Así las cosas, el tejido social se desmadeja y cunde la desesperanza entre los pequeños empresarios. Las empresas son el músculo que mueve la economía, sostiene el bienestar colectivo, crea riqueza con sus salarios y los impuestos. Dejar morir una empresa es un hachazo a todo el tejido social. El Estado es el que se resiente y las conquistas sociales pierden su cimentación. ¿Alguien puede creer que será mañana regenerado todo el tejido industrial que ahora se destruye? Serán necesarios años de sacrificios, de peregrinas batallas en los mercados, de iniciativas personales arriesgadas y de un clima de recomposición de los elementos estructurales de la economía. Mas ya nada será igual, ni las mismas industrias o sectores renacerán, ni tampoco las multinacionales que huyeron. Se tratará de un volver a empezar de mayor dificultad y con la sobrecarga del sufrimiento y la ruina ya vividas en el ánimo del emprendedor ¿Acaso no era predecible tanto desafuero? Nadie se preguntó sobre la procedencia del riesgo financiero, ni tampoco adónde han ido a parar estas ingentes masas de dinero. ¿No serán los mismos que lo prodigaron, lo retrajeron después y ahora remediarán a la baja todo el descalabro? Si es así, se van a enriquecer mucho más los que ya fueron ricos de siempre. Pero a la sociedad occidental la habrán dañado irremisiblemente con más desasosiego y, a la postre, las clases medias habrán pagado dolorosamente la cuenta.

Por Manuel Milián Mestre, ex diputado del PP.

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