El temblor europeo

Hay temor a las próximas elecciones europeas. Lo hay de una manera importante, por su peso político y económico, en París y en Londres. También, al menos, en otros ocho estados de la Unión. Desde Austria y Holanda hasta Dinamarca y Suecia. En Italia, Grecia, Rumanía y Hungría. Y también hay miedo, mucho miedo, en Bruselas, donde se ha cocinado a fuego lento el progresivo alejamiento de los ciudadanos europeos de sus instituciones. La ausencia de una idea de Europa ilusionante, la opacidad en la toma de decisiones, la lentitud para ofrecer respuestas, la mediocridad de muchos de sus principales responsables y la alta dependencia de Alemania en las decisiones económicas durante esta larga crisis, primero financiera y luego humanitaria, han sembrado de dudas un proyecto cuyos cimientos, a medida que se ha ido ampliando hacia el Este, han demostrado ser mucho más frágiles e inseguros de lo que parecían. A la Europa de Bruselas se la teme pero no se la quiere. Ese es el trágico momento actual.

Las encuestas, al inicio de la campaña electoral, son contundentes. Accederán al hemiciclo el mayor número de euroescépticos de la historia. De los 751 parlamentarios que se elegirán entre el 22 y el 25 en representación de más de 500 millones de ciudadanos de un total de 28 países, los euroescépticos –una amalgama que engloba extrema derecha, xenófobos y populistas de derechas y radicales de izquierdas– podrían pasar de los 210 escaños, superando ampliamente los 160 que poseen. La Cámara legislativa puede acabar ofreciendo en pocas semanas una imagen tan triste como demoledora: por un lado, desangrándose ante la falta de acuerdos estables entre las dos grandes familias europeas, la democristiana y la socialista, severamente castigados en las urnas, y por otro, con un nuevo listón de abstención que supere el pobre porcentaje de participación, ligeramente superior al 43%, que se registró en el 2009. ¿En qué momento se perdió el optimista 63% que alegró las urnas en 1979? Es la triste imagen de la Europa de los ciudadanos, que algunos soñaron y nunca ha existido, cediendo definitivamente el testigo a los políticos que se han apoderado de ella entre acusaciones de falta de democracia y exceso de burocracia.

Si hay dos países donde el terremoto político que se fragua en las urnas puede acabar siendo a medio plazo devastador son sin duda Francia y Reino Unido. Los medios de comunicación galos, muy alejados del Frente Nacional, no alcanzan a ofrecer una respuesta sobre el auge de la formación de Marine Le Pen, que encabeza los sondeos. Ni siquiera la osada pirueta que protagoniza Manuel Valls tiene visos de ofrecer frutos a tan corto plazo. Una situación muy similar plantea la formación ultraderechista UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), que también ha conseguido distanciarse en las encuestas británicas y amenaza con relegar a los conservadores de Cameron hasta una humillante tercera posición.

La suerte parece echada. Una eufórica Marine Le Pen protagonizó mítines multitudinarios con motivo del primero de mayo. No desaprovechó la ocasión de aparecer envuelta en una constelación de banderas francesas y estandartes de Juana de Arco delante de la estatua ecuestre, de brillante bronce dorado, que la patrona de Francia tiene en uno de los accesos por la Rue Rivoli a los jardines de las Tullerías. Indiferente al ajetreo electoral, este magnífico parque despliega ya su esplendor desde el Louvre hasta la plaza de la Concordia, lleno a rebosar de parisinos y turistas deseosos de aprovechar el sol primaveral que acaricia la ciudad. La potencia del FN se ha instalado como una lluvia suave pero constante y ha calado en la sociedad francesa con la aparente normalidad de cualquier ciclo político. Por el contrario, a los dos años de su llegada al Elíseo, el presidente Hollande, en su nivel más bajo de popularidad, tiene dificultades para pasear por la calle sin ser increpado.

Pues bien, esta agitada Europa, apabullada por problemas domésticos, intenta encontrar ahora su imagen en el fondo de una urna que a los ciudadanos se les antoja cada vez más ajena. Precisamente, Francia y Reino Unido ya adaptaron en su día la normativa electoral para mejorar la representación territorial huyendo de la circunscripción única y fortalecer así la relación entre electores y elegidos. La legislación gala se modificó en el 2004 y designa sus 74 diputados europeos a través de ocho circunscripciones regionales. Lo mismo que había hecho cinco años antes, en 1999, el Reino Unido que reparte los 73 diputados que envía a Bruselas en doce circunscripciones.

Curioso. La jacobina Francia parece mimar su endeble modelo de regionalización mientras la pretenciosa España exhibe como un viejo pavo real el deshilachado Estado de las autonomías. No deja de sorprender que Francia –como Reino Unido, Italia, Irlanda, Polonia y Bélgica– elija a sus eurodiputados con circunscripciones regionales, cuando España se empecina en una única circunscripción. Una simple cuestión de voluntad política. El tratado de Niza, aprobado en el 2003, ya abogaba por homogeneizar el sistema de voto para las europeas en toda la Unión y nada se ha hecho en la norma española. En este punto conviene echar mano del diario de sesiones del Congreso de los Diputados para encontrar la transcripción de un acalorado debate al respecto en febrero de 1987. El entonces vicepresidente Alfonso Guerra defendió el proyecto de ley que iba a regular las primeras elecciones al Parlamento Europeo. De nada sirvió que los tres parlamentos de comunidades históricas y varios formaciones del Congreso, básicamente nacionalistas (desde Gasòliba hasta Bandrés) defendieran una elección descentralizada, más acorde con el modelo territorial español. En aquellos años de mayoría absoluta del PSOE era –como hoy– un brindis al sol proponer alternativas a los textos presentados por el gobierno en el hemiciclo. Los socialistas contaron además con el entusiasta apoyo del representante del partido de Fraga. “España es lo más importante, y en este caso es la Nación española lo que llevamos al Parlamento Europeo”, sentenció el diputado de AP. Y así acabó. Y así sigue. En política, y política de Estado, nada acostumbra a ser casual.

La Europa de los Estados, tan asustadizos y siempre a la defensiva… A veces hasta extremos hilarantes. Precisamente esta semana se han cumplido 20 años de la pomposa inauguración del túnel del Canal de la Mancha que protagonizaron el 6 de mayo de 1994 Isabel II y François Mitterrand. Algunos fanáticos quisieron ver en aquella atrevida arteria bajo el mar el final de la singularidad del Reino Unido. Lo cierto es que por alguna extraña paradoja ninguno de los dos países ha querido dar relevancia a la efeméride. Veinte años después, Inglaterra no ha dejado de ser una isla pero ha podido comprobar cómo saltaban el canal buena parte de los problemas del continente. Y es que seguramente, por más que se empeñe Mariano Rajoy, no es tan fácil hoy en día convertirse de la noche a la mañana en la isla de Robinson Crusoe. Ya no quedan islas posibles. Ni siquiera España. En cualquier caso, de la novela de Daniel Defoe pueden extraerse muchas conclusiones. Por ejemplo que el náufrago no se da por vencido y se obstina en no perder la confianza en el futuro. Pero también, y eso Rajoy como gobernante no debería olvidarlo nunca, que la inteligencia es la capacidad para adaptarse a situaciones nuevas. Especialmente cuando ya no quedan islas.

José Antich

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