El teólogo y el estadista

Por Predrag Matvejevic, escritor croata, profesor de Estudios Eslavos en la Universidad de Roma (EL PAÍS, 24/09/06):

Nadie es perfecto, se dice banalmente. Cada uno de nosotros, pobre siervo o gran príncipe, simple creyente o soberano Pontífice, puede cometer, se nos repite, un error, es decir, un pecado venial o grave. Errare humanum est nos enseñaban nuestros profesores de latín. ¿Puede entonces hablarse de una metedura de pata de su santidad Benedicto XVI sin por ello tener la menor intención de disminuir su importancia como eminente teólogo e importante hombre de la Iglesia?

Las consecuencias de nuestros fallos son muy diferentes según las circunstancias. Dependen de nuestra condición, de la influencia que podamos ejercer, de la audiencia que tengamos. Y las palabras de un Papa son de las que se escuchan; sobre todo, cuando tienen una connotación polémica. Conmueven a los espíritus o inspiran a las almas. Su eco repercute y a menudo se refuerza o, según las circunstancias, incluso se deforma.

Eso es lo que ha ocurrido con los fragmentos de una conferencia que el papa Benedicto XVI pronunció en la Universidad de Ratisbona, en Alemania, el 12 de septiembre de 2006.

Nos parece que en esta ocasión el soberano Pontífice de algún modo se había olvidado de lo que es ahora al volver a encontrarse con su antiguo papel de profesor de Teología, brillante y escuchado por sus simpatizantes, provisto de toda suerte de referencias y citas. Sin tener en cuenta la púrpura que hoy le reviste y el peso que tiene un discurso del sucesor de San Pedro, no sólo en el mundo católico, sino también en las contradicciones de nuestro mundo común. No le hubiera ocurrido algo semejante a su predecesor Juan Pablo II. Karol Wojtyla había aprendido en la Europa del Este a comportarse en las situaciones más ambiguas y más graves, y ello en un momento en que la Iglesia pasaba por pruebas difíciles. Había adquirido una vasta cultura política que tenía en cuenta las circunstancias ambientales con más cuidado e incluso con circunspección. Esa es quizá la gran diferencia entre el Papa desaparecido y el que le ha sustituido.

Se puede temer que el gesto que algunos califican de inútil y perjudicial, si no de irreflexivo y sorprendente, perjudique a la búsqueda del diálogo que había perseguido con tanta energía y empeño Karol Wojtyla. Nadie puede dudar de la gran cultura teológica de Joseph Ratzinger. Su pensamiento tenía a menudo el aire de un discurso al que la gran filosofía alemana y sus síntesis no eran en absoluto ajenas. Su rostro, y especialmente su mirada, revelan una inspiración profunda y una bondad de alma indiscutible. Sólo una vez he podido tener un encuentro indirecto con él, en Dibattito sul laicismo (Debate sobre el laicismo), libro con textos recopilados y editados por Eugenio Scalfari para La Repubblica. Probablemente, él mismo sugirió a Juan Pablo II, entre otras cosas, la idea de una “laicidad justa” (laicità giusta), opuesta al laicismo primario. “La laicidad justa es la libertad de la religión. El Estado no impone una religión, sino que da libre espacio a las religiones con una responsabilidad hacia la sociedad civil y, por lo tanto, permite a estas religiones ser factores en la construcción de la vida social” (op. Cit. página 167). ¿Qué más se le puede pedir a un soberano Pontífice de nuestro siglo? Las mentes sagaces a veces reconocían en la voz fuerte de Juan Pablo II la inflexión del acento de aquel que guió durante su pontificado la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Y después de todo eso, en un momento en que su mirada se había detenido en las fronteras de su entorno familiar, en el seno de su país, prevaleció el profesor Ratzinger sobre el teólogo y el teórico sobre el soberano Pontífice. Muchos de nosotros hemos conocido momentos semejantes. El error del Papa -y que se me perdonen el llamarlo metedura de pata- llega en un momento en que el mundo islámico sigue profundamente afectado por las guerras de Afganistán e Irak, y en que la herida de Líbano todavía no ha cicatrizado. Aún más, el gesto y las palabras parecen sostener de alguna manera la política de George Bush, justamente cuando ésta, por fin, empieza a ser rechazada en los mismos Estados Unidos.

Hay errores cuyas consecuencias son tales que para repararlos se necesita mucho tiempo, a veces toda una época.