El teorema de Thomas

Sorprendido por los resultados de las elecciones del 24-M, un buen amigo que ha estado durante años en la primera línea de la política municipal decidió la semana pasada visitar los barrios del norte de Barcelona que de forma mayoritaria han apoyado la candidatura alternativa de izquierdas liderada por la nueva alcaldesa, Ada Colau.

Según me contó, en su recorrido oyó como más de un vecino de esos barrios le dijo que a lo largo de estos años de crisis económica y social se habían sentido “abandonados” por los gobiernos y los partidos tradicionales. Este sentimiento de desamparo era vivo, intenso y sincero.

Sin embargo, a mi amigo le cuesta entenderlo. A su juicio, los últimos gobiernos de la ciudad, tanto el socialista de Jordi Hereu como el nacionalista de Xavier Trias, han sabido mantener un buen equilibrio entre todos los barrios. La provisión de servicios y de inversión en infraestructuras no ha primado el centro y los barrios acomodados en perjuicio de los de la periferia. A pesar de la crisis, la buena salud financiera del municipio ha permitido destinar recursos a todos los barrios. De ahí que, en su opinión, no haya motivo objetivo para ese sentimiento de abandono.

Si así fuera, ¿cómo explicar, entonces, ese sentimiento de desamparo que habría llevado a muchos ciudadanos que viven en barrios periféricos de Barcelona y de otras grandes ciudades españolas a votar el 24-M a listas alternativas de izquierda en vez de a los partidos tradicionales, ya sean socialdemócratas, conservadores o nacionalistas?

Al tratar de buscar una explicación a esta cuestión me acordé de una vieja proposición científica procedente del campo de la sociología de la educación. Se trata del llamado teorema de Thomas. En una traducción libre, ese teorema se puede formular de la manera siguiente: “Lo que las personas perciben como real tiene consecuencias reales en su comportamiento” (“If men define situations as real, they are real in their consequences”).

Esta proposición fue enunciada por William I. Thomas después de estudiar conductas transgresoras en el ámbito educativo y los comportamientos de condena y rechazo social relacionadas con ellas ( The child in America: behavior problems and programs, 1923). Thomas extendió esa proposición a otros ámbitos de la conducta personal o familiar.

La lección que extraer de este teorema es que las percepciones subjetivas de las personas acerca de la realidad en que viven tienen una fuerza enorme a la hora de definir su conducta. Esas percepciones dan lugar a profecías autocumplidas: aquello que percibo como real es la realidad para mí. Si mi percepción es que he sido abandonado por aquellos que considero que tienen la obligación política o moral de ayudarme, les daré la espalda y procuraré castigarles. En esta situación, con el voto.

En este caso, el sentimiento de abandono tiene que ver no con las inversiones en los barrios, sino con el drama cotidiano de los desahucios, del desempleo, de la percepción de falta de oportunidades, del aumento del número de hogares sin ingresos, de la aparición de los nuevos trabajadores pobres con salarios que no dan para llegar a fin de mes, de la aparición de la pobreza de niños, de la pérdida de emancipación de los jóvenes y con la polarización creciente de rentas entre barrios ricos y pobres.

En este terreno, los gobiernos que han estado en el poder en estos años de crisis –ya sea el gobierno del Estado, de la comunidad autónoma o del municipio– no han atendido como hubiera sido deseable estas realidades cotidianas que viven muchas personas. Por el contrario, movimientos sociales como el de la plataforma antidesahucios y otros movimientos asociativos de los barrios sí han acompañado a los damnificados.

Como señalé en mi anterior artículo sobre “El efecto túnel”, ese malestar social acostumbra a explotar cuando la crisis económica comienza a remitir y las personas perciben que las cosas comienzan a mejorar para otros pero no para ellas. Es lo que estamos viendo. La suerte es que en esta ocasión la explosión de ese malestar se ha expresado a través de una especie de primavera política española que ha provocado un revolución democrática, en el sentido en que ha modificado el sistema tradicional de partidos y ha producido una renovación importante de la clase política por la vía de las urnas.

Esta revolución democrática ha hecho que, metafóricamente hablando, el eje del poder político de la política barcelonesa haya pasado de Diagonal-paseo de Gràcia a la Meridiana. Algo similar ha ocurrido en las otras grandes ciudades españolas.

El riesgo ahora es que la dialéctica centro-periferia, que había desaparecido de Barcelona con la llegada de los gobiernos democráticos, retorne aunque sólo sea en su forma simbólica. El nuevo gobierno municipal tendrá que esforzarse para que esa percepción simbólica no se convierta en una realidad. Se produciría entonces la predicción del teorema de Thomas, pero a la inversa. Y con él, un movimiento pendular peligroso.

Antón Costas, catedrático de Economía de la Universitat de Barcelona.

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