El tercer hombre de Francia

Por Dominique Moisi, fundador y consejero principal en IFRI (Instituto Francés de Relaciones Internacionales). En la actualidad es profesor en el Colegio de Europa de Natolin, Varsovia. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © Project Syndicate, 2007 (EL PAÍS, 27/03/07):

¿Debemos observar la campaña de las elecciones a la presidencia francesa con admiración o con alarma? ¿O tal vez con un poco de ambas cosas? Es, sin duda, un gran «espectáculo», con todos los ingredientes de una superproducción de Hollywood, incluido el golpe de efecto sorprendente: la aparición del «tercer hombre», François Bayrou.

Aunque sigue siendo poco probable que obtenga la victoria, Bayrou se ha convertido en alguien a quien hay que tomar en serio. Ante todo, en Ségolène Royal y Nicolas Sarkozy ha dado con dos extraordinarios portavoces para su candidatura. Cuanto más vuelve Royal al «clasicismo» del Partido Socialista, y más abiertamente coquetea Sarkozy con la extrema derecha, más sube la popularidad de Bayrou. Es más, las dudas persistentes sobre la competencia de Royal y el carácter de Sarkozy son las razones fundamentales de su espectacular ascenso en los sondeos de opinión.

La segunda razón de la extraordinaria subida de Bayrou no es tanto cuestión de personalidades como del estado de ánimo nacional en Francia. Precisamente el factor que llevó a una mayoría de franceses a decir no en el referéndum sobre el proyecto de Tratado Constitucional de la Unión Europea, en mayo de 2005, puede impulsar ahora el voto en favor de Bayrou, el más pro-europeo de todos los candidatos.

¿Por qué esta paradoja? Una votación que significaba decir no al Tratado Constitucional en 2005 significa hoy decir no a los líderes de la izquierda y la derecha francesas. En las elecciones presidenciales de 2002, la frustración con el sistema alimentó un fuerte respaldo a los extremismos, hasta el punto de que Jean-Marie Le Pen, el líder de la extrema derecha, logró pasar a la segunda vuelta. En 2007, en cambio -y éste es un verdadero avance-, un gran sector de la población francesa expresa su frustración con el sistema mediante la tentación de votar por «el extremo centro», es decir, Bayrou.

Bayrou lleva mucho tiempo en política y fue candidato presidencial en 2002. Pero, aunque su legado como ministro de Educación no es demasiado impresionante, en los últimos meses ha conseguido reinventar su imagen y convertirse en el «hombre nuevo» de la política francesa. Inspira más confianza que Sarkozy y parece más competente que Royal. En circunstancias normales, eso no sería suficiente para Bayrou, pero hoy, en ambos lados del espectro político, los adversarios de los principales candidatos parecen dispuestos a unir fuerzas con él y traicionar a sus respectivos campos.

Lo que da a Bayrou tantas posibilidades es que las reservas que despiertan en muchos los dos grandes candidatos están influyendo en los cálculos que hacen militantes y políticos. En el bando conservador, Jacques Chirac apoya oficialmente a Sarkozy, pero es posible que, en secreto, anime a sus seguidores más leales a votar por Bayrou, pese a que los dos no se pueden ver. En la izquierda, el ala socialdemócrata del Partido Socialista, que respaldó a Dominique Strauss-Kahn frente a Royal, puede tener también la tentación de alinearse con Bayrou ante la perspectiva de una alianza post-electoral entre el centro-izquierda y el centro-derecha.

No obstante, los sondeos muestran que una gran parte del electorado sigue aún indecisa, sobre todo entre los partidarios de Bayrou. Así que es demasiado pronto para saber si pasará a la segunda vuelta. Eso sí, si lo consigue, seguramente sería irresistible.

Una victoria de Bayrou, que es poco probable pero no imposible, constituiría una triple revolución. Supondría el fin del Partido Socialista creado por François Mitterrand. Tras la humillante derrota de Lionel Jospin en 2002, los socialistas no podrían sobrevivir si, por segunda vez consecutiva, no lograsen alcanzar la segunda vuelta.

Además, la victoria de Bayrou podría significar el fin del partido conservador creado por Chirac y de la Quinta República de Charles de Gaulle. Ahora bien, el legado de De Gaulle, seguramente, desaparecería poco a poco, y la nostalgia de Mitterrand y Chirac podría resultar muy tentadora para un pueblo desencantado del sistema político pero deseoso de que le tranquilicen. Francia quiere la fantasía del cambio, pero ¿será la continuidad lo que verdaderamente desea?

Por último, aunque se esperaba que estas elecciones dieran paso a una nueva generación de políticos, pocos estaban preparados para prever el maremoto pacífico que representaría para la política una victoria de Bayrou. Y, sin embargo, ése sería el resultado si la fuerza centrípeta acaba siendo tan irresistible para algunos segmentos del Partido Socialista y los conservadores como parece en estos momentos.

Francia es un país maravillosamente paradójico, por lo que la búsqueda de la novedad, e incluso la modernidad, podría desembocar en la reinvención de la Cuarta República, un régimen parlamentario que se caracterizó por su debilidad y su inestabilidad. Eso dependerá, en parte, de que la imagen de Sarkozy como candidato de riesgo tenga más peso, o no, que el genuino riesgo institucional que representa Bayrou.

Hoy, Francia tiene quizá una presencia menor en el mundo que hace 12 años, cuando llegó Jacques Chirac al poder, sobre todo desde el rechazo al Tratado Constitucional en 2005. Sin embargo, el interés del mundo por la campaña presidencial francesa es mayor que nunca y sólo puede compararse con la atención que suscitó la elección de Mitterrand en 1981.

Pueden cambiar muchas cosas en las semanas que quedan hasta la primera vuelta de las presidenciales. Pero la campaña se ha convertido en una cuestión de números: ¿enterrará el «tercer hombre» a la Quinta República?