El tercio de los auténticos

Por Andoni Unzalu Garaigordobil (EL CORREO DIGITAL, 19/11/06):

Los nacionalismo modernos son conscientes de que no pueden crear el viejo Estado nacional autárquico, son conscientes de que no pueden conseguir la homogeneización de toda la población. Por ello no creen, de verdad, en el viejo Estado nacional, pero sí están buscando, y consiguiendo, un ámbito territorial de control de poder político dentro de las nuevas estructuras estatales europeas y eso es lo que persiguen en la actualidad. Lo que realmente están buscando es la construcción de ducados en el territorio imperial de la Unión Europea.

Hasta hace poco se hablaba de la sociedad de los dos tercios en los países desarrollados; un tercio de marginados y dos que viven en el Estado del bienestar. Me parece a mí que los nacionalismos vasco y catalán están desarrollando en la actualidad la sociedad de los tres tercios. Lógicamente el tercio marginal clásico se mantiene y se crean dos tercios nuevos: los tolerados y los auténticos. Al tercio de los tolerados pertenece un colectivo de ciudadanos que vive relativamente bien, que tiene acceso a los beneficios generales del Estado del bienestar, que en la Administración pueden situarse en los niveles bajos o hacer una modesta carrera administrativa, y en los circuitos económicos pueden beneficiarse de los flecos de las grandes estructuras o ser subsidiarios de éstas y, también, prosperar introduciéndose en las rendijas de la nueva economía no controlada por las estructuras del poder político. Pueden vivir relativamente bien, pero renunciando al acceso al verdadero poder político.

Y queda por fin el tercio de los auténticos, muy beligerante y activo en el ámbito político. Exige exclusividad de la representación pública de la sociedad. Quiere ser la personificación política de toda la sociedad. Son la expresión política única del ‘Pueblo Vasco’. En este sentido Ibarretxe hizo una afirmación terrible en el último Aberri Eguna al decir que el PNV era el líder natural del pueblo vasco.

La pretensión de la exclusividad de la representación que el nacionalismo reivindica no se ha criticado suficientemente. Si los nacionalismos aceptaran que representan sólo a los nacionalistas, sean el 10% ó el 80%, casi todos los problemas desaparecen. Pero en la afirmación de que los nacionalistas representan, y sólo ellos, al ‘Pueblo Vasco’ está el germen del totalitarismo. Al expulsar a los demás de la posibilidad de representar al Pueblo Vasco hacen absolutamente imposible un acuerdo sobre un marco común compartido. Sólo pueden ofrecer, en el mejor de los casos, una tolerancia amable.

Me parece que toda la estrategia nacionalista tiene sólo dos objetivos: 1, que este tercio acapare todo el control político de la sociedad; y 2, blindar el acceso de la población en general a este tercio de los auténticos. De ahí que con la violencia líquida se irán endureciendo los requisitos para acceder a este tercio. Las medidas lingüísticas, por ejemplo -y digo que intentarán endurecer-, no van encaminadas al tercio marginal, aunque algún teatro se hace, ni siquiera al tercio de los tolerados, van exclusivamente dirigidas al ámbito de la representación publica de la sociedad; educación, administración y estructuras políticas y, poco a poco, a las corporaciones económicas colectivas.

Lo voy a decir de forma más cruda. Toda la estrategia del tercio de los auténticos se reduce, hoy y en nuestro país, en esencia, al control del acceso a los puestos de trabajo de calidad. Yo no conozco a ninguno, pero sería interesante hacer un estudio sociológico detallado de qué gente, quiénes son los que acaparan los mejores 50.000 puestos de trabajo existentes en Euskadi. Mucho me temo que los resultados serían de escándalo. El tercio de los auténticos los ha expropiado casi en exclusividad. El ataque a la libertad se produce, especialmente aquí, en la diferencia alarmante de igualdad de oportunidades de los ciudadanos vascos.

Esta división de tres tercios, en la que los auténticos exigen para sí la exclusividad de la representación pública, está generando dos consecuencias perversas: la primera es obviamente la marginación de dos tercios de todo acceso al poder real. Y no vale decir que en todos los casos es igual, que siempre los partidos en el poder intentan monopolizarlo para distribuirlo entre los suyos. Desgraciadamente eso es cierto, pero entre nosotros tiene una diferencia sustancial: el nacionalismo reivindica la superioridad moral de la representación nacionalista. Asesinos hay en todos los países, pero me viene a la memoria una frase de Mario Onaindia: «Vivo en un país en el que el asesinato se reivindica». Lo que hace al asesino mucho más perverso. Lo perverso no es que el nacionalismo intente monopolizar el poder, si sólo fuera eso sería igual de malo que el resto, lo perverso es que reivindican y le dan cobertura política al monopolio nacionalista de forma que lo que sería una sana crítica en otro lado -decir por ejemplo que Zapatero quiere perpetuarse en el poder- aquí genera un debate ideológico.

La otra es graduar la cercanía o alejamiento de la población al tercio de los auténticos. Es en sí misma una trampa perversa en la que, al parecer, todos hemos caído: me siento sólo vasco, me siento más vasco que español, me siento igual de vasco que español. Los que se sienten sólo españoles al parecer se esconden. A mí nunca me han hecho esta pregunta, pero si me la hacen contestaré con exabrupto. Yo no me siento vasco. Yo soy vasco, que es una cosa totalmente diferente. Siendo vasco puedo ser diferente de otros vascos, discrepar. En cambio si me siento vasco estoy obligado a sentir lo mismo que los otros que se sienten vascos, tengo que ser igual.

Pero esta diferenciación de la población ha hecho carrera en la política, hasta tal punto que todo el debate político en Euskadi es únicamente sobre los intereses de los que se sienten sólo vascos o más vascos que españoles, todo el resto, y no es un resto pequeño, no existe en el debate político actual. Y es una enfermedad que ha invadido a todos los partidos, no sólo los nacionalistas. Me dirán, sin duda, que exagero. Pero reflexionen un momento. Hagan un breve listado de los temas que se debaten. Todos ellos están inmersos en el debate identitario, en los sentimiento de pertenencia y su plasmación política. Para el resto de la población estos problemas nada tienen que ver con ellos, bueno, sí, pero sólo en la medida de que los otros han hecho de ello un problema público.

El debate político vasco ha renunciado a ser ágora de los intereses de todos los sectores de Euskadi, centrándose únicamente en los intereses de los que dan relevancia a los problemas identitarios. El tercio de los auténticos es el que impone el orden del día y el calendario en el debate político en Euskadi. Los otros, por lo que se ve, no son capaces de presentar propuestas propias al debate limitándose a participar, criticando, los temas que propone el tercio de los auténticos.