El terrorismo de ETA en las pantallas

Por Santiago de Pablo, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco (EL PAÍS, 23/10/08):

El reciente estreno de Tiro en la cabeza, la película sin palabras en la que Jaime Rosales recrea el asesinato en diciembre de 2007 de dos guardias civiles en Capbreton, ha vuelto a poner en un primer plano la relación, muchas veces polémica, entre el cine y el terrorismo de ETA. En contra de lo que algunas veces se ha dicho, acusando al cine español de no atreverse a filmar un tema considerado espinoso y poco comercial, no es cierto que la filmografía sobre ETA sea escasa.

Aunque es difícil distinguir si en algunos filmes la organización terrorista vasca es el centro del argumento o sólo un elemento más de la trama, desde 1977 casi 40 largometrajes cinematográficos han acercado al público, por medio del documental o de la ficción, determinados aspectos de la historia de ETA. A ellos habría que añadir un buen número de cortometrajes y de producciones para DVD y televisión, lo que desmiente esa afirmación de que el audiovisual español no ha sido capaz de hacer películas sobre ETA.

Otra cuestión muy diferente es la calidad y hondura de esos filmes, que en su mayor parte no han contentado a casi nadie. En algunos casos, porque han pasado completamente desapercibidos, convirtiéndose en un fracaso absoluto de taquilla; en otros porque -aun teniendo éxito entre el público, precisamente por su carácter controvertido- han sido objeto de interminables polémicas, más ideológicas que cinematográficas. En este sentido, cabría preguntarse por qué es tan complicado hacer una película redonda sobre ETA. La respuesta posiblemente derive de la dificultad para armonizar la imprescindible mirada ética, necesaria para tratar este tema, con la tensión dramática (claroscuros, personajes que evolucionan, etcétera) que, en el caso de la ficción, el cine necesita para atraer espectadores y, en definitiva, no ser deficitario.

Todo ello explicaría también que el cine sobre ETA haya abundado en cierta ambigüedad ideológica, presente incluso en películas nada sospechosas de proximidad al entorno de la banda. Pero, dentro de este tono general, los filmes en torno al terrorismo etarra han cambiado mucho desde la Transición democrática hasta nuestros días, al ritmo que cambiaba la sociedad vasca y la del conjunto de España.

Aunque aquí no disponemos de espacio para mencionar todas estas películas, fue sobre todo en la segunda mitad de la década de 1970 y en la de 1980 -en el contexto del cine vasco politizado de la Transición- cuando se multiplicaron los filmes sobre el terrorismo en el País Vasco. La posibilidad de contar historias vedadas al cine durante el franquismo provocó una abundancia de filmes que daban una visión de claro partidismo nacionalista e incluso proclives a ETA. Entre los cineastas que abordaron el tema destaca Imanol Uribe, con tres largometrajes fundamentales, dos de ellos basados en hechos reales: El proceso de Burgos, La fuga de Segovia y La muerte de Mikel. Junto a éstas y otras producciones vascas, más filmes dieron también su particular visión de algunas acciones de ETA, como el asesinato de Carrero Blanco, llevado al cine por Gillo Pontecorvo (Operación Ogro) y con menor acierto por José Luis Madrid, director de Comando Txikia, el largometraje que, en 1977, abrió la serie de filmes sobre ETA.

En los años noventa, los cambios políticos, la búsqueda de temas más universales en la cinematografía vasca y el hartazgo de los espectadores por un cine politizado produjeron una reducción en el número de filmes sobre la violencia en Euskadi. Tras este paréntesis, en la última década ha renacido el interés cinematográfico sobre el terrorismo, provocado sin duda por la evolución de la sociedad vasca, tras los sucesos de Ermua de 1997 y las dos treguas de ETA, que parecían hacer posible una visión distinta de la que el cine había dado mayoritariamente hasta ese momento.

Así, comenzaron a estrenarse películas valientes, con una perspectiva crítica de la violencia etarra, difícil de encontrar en las producciones de la Transición. El cine documental lo tenía más fácil que la ficción a la hora de recordar que las víctimas no eran meros figurantes y tal vez por ello hay ya un buen ramillete de cintas de no ficción opuestas a la visión tradicional que el celuloide había dado sobre ETA. Así, documentales como Trece entre mil (2005), de Iñaki Arteta, Perseguidos (2004) y el magnífico Asesinato en febrero (2001), ambos de Eterio Ortega, situaron en un primer plano a las víctimas del terrorismo.

En el cine argumental, ya antes había habido algunas excepciones a la regla general, teniendo en cuenta la época en que se filmaron. Sin embargo, fueron la en cierta medida pionera Sombras en una batalla (1993), de Mario Camus, Yoyes (2000), de Helena Taberna, y El viaje de Arián (2001), de Eduard Bosch, las que dieron a entender que se estaba produciendo un cambio de rumbo. Por último, Todos estamos invitados (2008), de Manuel Gutiérrez Aragón, fue quizás un hito en el modo de representar a ETA en el cine de ficción, al olvidar la perspectiva omnipresente de los terroristas y poner la cámara a la altura de las víctimas, tal y como habían hecho previamente los documentales mencionados.

Es cierto que, en este cambio de tendencia -desde el cine comprensivo o incluso favorable a ETA hasta el comprometido con las víctimas-, ha seguido habiendo películas que recuerdan los enfoques de tiempos pasados, como La voz de su amo (2001), de Emilio Martínez Lázaro, o Clandestinos (2007), de Antonio Hens. Para algunos, Tiro en la cabeza pertenecería también a este mismo grupo, al presentar un terrorista humanizado y dejar al espectador que sea él el que tome su propia decisión, completando las palabras que faltan en la película. Sin embargo, creo que esta interpretación es cuando menos discutible, pues el filme de Rosales nada tiene que ver con aquellos que hace años parecían justificar el terrorismo de ETA, aunque la originalidad de su realización esté abierta a heterogéneas recepciones.

Otra cuestión es hasta qué punto un experimento como éste, rodado con teleobjetivo y sin que oigamos lo que dicen los actores, puede ser capaz de retener al público en la sala hasta que llega el único momento memorable de la película, que es el encuentro con los guardias civiles que da lugar al atentado, pronunciándose la única y significativa palabra del filme: txakurra (“perro”, en sentido despectivo). Así, en San Sebastián, donde el público es un auténtico entusiasta de su festival, muchos espectadores abandonaron la sala, no por motivos ideológicos sino por puro aburrimiento.

Además, como ha sucedido otras veces, no ha sido tanto la propia película sino las desafortunadas (¿ingenuas?) declaraciones del director las que han suscitado más comentarios enfrentados. También ha sido reveladora la relación del estreno de Tiro en la cabeza en San Sebastián con la triste actualidad vasca, al coincidir con el asesinato en Santoña del militar Luis Conde, el pasado 22 de septiembre. Por ello, su proyección fue precedida de una condena expresa de este atentado por parte del festival donostiarra, en las antípodas de aquellos años en los que el certamen cedía ante todo tipo de presiones. Entiendo que a algunos les parezca poco, pero no deja de ser un indicio del camino recorrido, tanto por el contenido de las películas como por su recepción en una sociedad que, como el propio cine, algo ha cambiado en estas décadas.

A la espera del estreno comercial de La casa de mi padre, de Gorka Merchán, que también fue preestrenada en el Festival de San Sebastián, todo indica que ETA seguirá siendo un filón de argumentos para el cine. Todos esperamos que estas películas puedan en un futuro no muy lejano ser englobadas dentro del género histórico, pero sería una pena que haya que esperar a ese momento para que el cine, sin renunciar a la ficción y a la emoción, aborde desde una perspectiva ética el terrorismo de ETA.