El tesoro de Cornelius Gurlitt

La noticia se extendió por todo el mundo, copó portadas, abrió informativos y protagonizó debates y comentarios televisivos. Y la historia lo merece. Tiene todos los elementos de misterio y fascinación, poder, lujo, arte, dinero y dolor para un premio Pulitzer, para un bestseller de novela, para guión propio de un Oscar. En Múnich, en la vivienda de un anciano, se había encontrado un inmenso tesoro. Un tesoro nazi, se dijo. No, un tesoro judío, se anunció después. Ni lo uno ni lo otro y ambas cosas a la vez. Cierto era el tesoro en sí, el hallazgo de un inmenso depósito de obras de arte escondido desde la II Guerra Mundial. De incalculable valor. Con joyas de la pintura de los grandes genios del siglo XX, de Chagall a Matisse, de Picasso a Beckmann, de Klee a Kokoschka, de Toulouse-Lautrec a Schiele. Hay cuadros desaparecidos que se creían destruidos en la guerra. Y obras desconocidas de muchos grandísimos autores. Más de 1.300 cuadros. Descubiertos por la Policía judicial bávara en un registro domiciliario, iniciado por motivos fiscales, de un discreto piso del bonito barrio burgués de Schwabing en la capital bávara. Una sensación.

La prensa mundial se convirtió, no podía ser de otra forma, en una gran olla de información especuladora. Con pocos casos de rigor, muchos fueron temeridad periodística cuando no pura ficción narrativa. Es sabida la mala literatura que siempre se hizo en torno al nazismo. Pero con esta mitología improvisada de «todo a cien», volvió también a la actualidad la historia. La más tenebrosa. Se publicaron de nuevo fotografías de Hitler de visita en museos durante aquella operación de purga de lo que el nazismo llamó «arte degenerado». Fue en 1937. El Führer hizo desaparecer de todos los museos alemanes las obras de artistas judíos y las que tuvieran temática o motivos judíos o contrarios a los ideales estéticos del Tercer Reich. Volvieron a verse imágenes de los grandes depredadores nazis de arte. Allí estaban Hermann Göring, Heinrich Himmler o Martin Borman, dirigentes que atesoraron inmensas colecciones de arte robadas, botín primero de Alemania, después de todos los países ocupados por la Wehrmacht.

Todavía es capaz la historia más oscura del siglo XX de generar sorpresa, estupor y fascinación. Si algo caracterizó al nazismo, más allá del crimen, fue la colosal distancia entre sus excelsos ideales y solemnidad y la vulgaridad y la brutalidad de sus dirigentes. Y la bajeza moral y cultural de la mayoría de los mandos nazis era pareja a su avaricia y rapacidad ante bienes de valor y todo tipo de signos externos de riqueza, lujo y pretensión. Quienes decían buscar el Santo Grial y el Walhalla eran rufianes y ladrones. Quienes proclamaban el ideal del superhombre y llamaban al sacrificio en el altar de la patria y la raza eran todo mezquindad y degeneración moral. Cierto es que partes de aquella sociedad alemana culta y sofisticada se resistieron. Pero pronto o tarde, todos los ámbitos sociales se hicieron permeables al mensaje nacionalsocialista, permanente y penetrante desde 1933. Y con él, a la depravación. Los saqueos en museos y colecciones de magnates por los grandes dirigentes tuvieron su reflejo en los robos populares en las casas de los judíos deportados. Por bandas organizadas o los propios vecinos. Cuando en 1938 llega la «Noche de los cristales rotos», el pogromo contra los judíos en todo el Reich, la complicidad ideológica y moral fundía ya destinos de régimen y sociedad alemana.

Aquí se vuelve a abrir la cruel disparidad. La fascinante historia del gran tesoro es la reconstrucción de la sórdida trayectoria de unas obras de arte, creadas por lo mejor del espíritu humano y condenadas por lo peor del mismo. La alegría por la recuperación de obras únicas nos lleva al dolor de las víctimas que las gozaron y amaron como propias. Cientos de los cuadros encontrados portan consigo una tragedia concreta, personal, familiar. Unos fueron compras oportunistas, baratas, porque, por degeneradas, ya no tenían sitio en galerías, museos o subastas. Muchas fueron robadas. Otras, compradas a unos legítimos propietarios que ya luchaban en desesperación por su supervivencia y la de sus hijos y nietos. Que vendían a precios de saldo sus tesoros para intentar salvar sus vidas. Pocos sobrevivieron al nazismo. Los herederos de muchos aún luchan hoy por sus propiedades. Unos, con éxito, han recuperado obras de Picasso, Munch, Klimt, Schiele, subastadas después por muchos millones… Otros litigan aún, como los herederos del coleccionista Max Emden, al que el Ministerio de Hacienda alemán se niega a devolver dos Canalettos.

En el centro del huracán causado por el descubrimiento del tesoro de Schwabing está un hombrecillo muy menudo. Como predestinado para este papel estelar periodístico, lleva un nombre muy literario, Cornelius Gurlitt. ¿Quién es el guardián del tesoro y su secreto? ¿Quién es ese anciano frágil de rasgos suaves, casi femeninos, que vivió como un ermitaño en soledad absoluta con los cuadros desde que murieron su padre, en 1957, y su madre, diez años después? ¿Qué mundo tiene este hombre que calculaba hasta el último céntimo sus gastos para ir al médico, cuando tenía cientos de millones de euros en pinturas hacinadas hasta en la cocina, trastero, armarios y cuarto de baño? Cornelius Gurlitt está abatido, destrozado. Se siente humillado porque se le ha tratado como a un delincuente. La Fiscalía le ha quitado sus cuadros. Han profanado su intimidad, su hogar y propiedad. Son sus cuadros. Conservarlos y cuidarlos ha sido su única misión durante toda la vida. La que le encomendó su padre, Hildebrandt Gurlitt, un conocido marchante de arte en la República de Weimar. Era un hombre sin miedo, un emprendedor que se comía el mundo. Todo lo contrario que su hijo. Disponía, Gurlitt padre, de contactos en los museos que desechaban arte degenerado, entre galeristas judíos que ya no podían comerciar desde 1938 y con ricas familias judías que vendían desesperados en busca de visados y refugio. Tenía dinero en efectivo y veía las oportunidades. Y las aprovechó. Cornelius Gurlitt insiste en que su padre no hizo nada malo. Y él, por supuesto, menos. Heredó todo como otros heredan un terreno o una casa o un título.

Nadie pregunta por la procedencia de lo que hereda. Y menos por un hipotético lastre moral de fortunas multimillonarias. Su padre, dice, salvó los cuadros del fuego de los nazis, de las bombas aliadas, del saqueo de los rusos, de la rapacidad de los americanos. Sin duda, ayudó a judíos a huir gracias a esa compra. Y no estaba en su mano salvar a quienes no lo lograron. Hildebrandt Gurlitt no cometió ningún crimen, asevera su hijo anciano. Nadie puede desmentirle, de momento. No va a ser fácil para la Fiscalía quitarle legalmente la propiedad. Ni para las asociaciones que luchan por la restitución del patrimonio de las víctimas del Holocausto demostrar que tienen otros propietarios legales. La pobre vida de Cornelius Gurlitt que ya acaba ha transcurrido toda en un escenario repleto de objetos que claman contra el peor crimen de la historia. Y él no oye nada en todos esos años de implacable soledad y silencio. Ni un eco para la reflexión, ni un gemido imaginado para la evocación. Nada que despertara quizá la conciencia del pasado o un impulso a donar o vender o exponer su tesoro. Ni unas repentinas ganas de enseñarle un cuadro a un niño. Casi resulta obsceno ver al anciano pedir justicia, cuando se evocan las dimensiones infinitas, el carácter metafísico de la injusticia del Holocausto en el que se desvanecieron los propietarios anteriores de su tesoro. Y sin embargo, Cornelius Gurlitt, el insignificante guardián del tesoro, se siente el ser más desgraciado del mundo. Y es un hecho que ni la más diminuta de las injusticias deja de serlo por inmensa y tenebrosa que sea la sombra de la más monstruosa imaginable.

Hermann Tertsch, periodista.

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