El testigo que fue protagonista

Escribimos en el agua. Terminaba la sabatina pasada recomendándoles que corrieran a ver Hollywood contra Franco,el magnífico filme documental de Oriol Porta, recién estrenado en Barcelona. «No se demoren, decía, ¿quién sabe qué pasará con ella mañana?». La quitaron el mismo día que aparecía el artículo. Duró apenas una semana. Lo siento por ustedes, que se lo han perdido, y por las ilusiones derrochadas. Tengo la convicción profunda de que ninguno de los jaleadores de la cultura pastueña se dará por aludido.

Hoy vamos de otras cosas. En España, sin excepción de territorios, cuando se muere un prohombre parece como si los plumillas nos pusiéramos de acuerdo en nombrarle padre putativo de todos nosotros; incluso algunos dan un paso más y les gustaría que amén de padre fuera madre y hasta padrino. Los elogios al finado son de tal desmesura que uno está obligado a ejercer la autocensura, incluso en lo más obvio para no desentonar del coro angélico y humanizar, tan sólo humanizar, al fallecido. Los dioses no mueren; al menos eso aseguran quienes llevan siglos tratándolos familiarmente. Si se mueren es que son tan personas como los demás. Resulta tan obvio que avergüenza recordarlo.

Habría que escribir algún día sobre la autocensura; nuestro otro yo, un personaje a medias freudiano y a medias quevedesco, que se nos pegó en la transición y que convive con nosotros con pasmosa tranquilidad, tanta que a punto estamos de considerarla una parte de nosotros mismos.

De oído se puede escribir sobre música. Del resto de las cosas hay que tratar de acercarse, proveerse, y si es posible pensarlas. Esta introducción, que algún lelo considerará críptica, viene a cuento de la personalidad y trayectoria de Sabino Fernández Campo. No creo que haya otra figura en la historia española del siglo XX que sea tan representativa de un periodo muy amplio de nuestra historia, el que abarca la República, la Guerra Civil, la posguerra y los diferentes estadios del franquismo, hasta llegar a la restauración monárquica y la democracia. Sin estar nunca en el primer plano fue un testigo privilegiado que a fuer de su proverbial habilidad para encauzar situaciones devino protagonista.

El historiador catalán Andreu Mayayo ha utilizado en su artículo necrológico una metáfora brillante y exacta: Fernández Campo fue la caja negra de la monarquía de Juan Carlos. Esa caja registradora donde se fijan todos los avatares de la cabina de vuelo y que, como es sabido, no es negra sino de varios colores. Cierto, Sabino es esa caja negra sin cuyo examen es imposible adentrarse en los quince años (1977-1992) que pasó en el palacio de la Zarzuela. Pero era mucho más. Trataré de sintetizarlo en unas líneas.

Nació en una familia modesta del barrio de Ayones, en Latores, un pueblecillo que no tuvo luz eléctrica hasta 1957. Su padre alcanza a tener una tienda de ultramarinos en Oviedo. (Aprovecho para decir que la palabra catalana colmado tiene muchas acepciones en castellano, desde bodeguilla hasta casa de putas, pero nunca lugar donde se vendan alimentos.) Familia de clase media representativa de Oviedo; católicos muy conservadores. Votantes de Gil Robles durante la República, asustados tras el experimento de octubre del 34 en Asturias, e inclinados al levantamiento del 18 de julio. Su padre se suma a los batallones de Fernández-Ladreda, la derecha férrea de la tradición ovetense. Sabino, hijo único, se apunta a la Bandera de Falange, donde combatirá codeándose con personajes como el marqués de la Vega de Anzo, aquel inefable personaje que le dijo a un Franco ya muy cansado, «Mi general, somos los de siempre». Sin la Guerra Civil, con toda probabilidad, hombres como Sabino hubieran sido empleados – estudió en la Academia Ojanguren, vivero ovetense de oficinistas-o funcionarios – estaba matriculado en Derecho.

La guerra lo trastocó todo. Defensor de Oviedo – una categoría importante para lo que vendrá luego-,alférez provisional, teniente. Con esas estrellas entró en Barcelona, después de la toma del santuario de Collell, que él no olvidaría nunca. Y la inmediata posguerra. La licenciatura en Derecho por la Universidad de Oviedo es la lógica de los tiempos; baste decir que se examinaban entre batalla y batalla, victoriosas todas. Al final el resultado resulta espectacular; un derroche de sobresalientes. Lo mismo le ocurre a sus compañeros de orla, entre los que está Torcuato Fernández Miranda. ¿Les suena? Nunca se llevarán bien; ellos dirán con sorna asturiana que se debía a que uno era de Oviedo y el otro de Gijón.

El salto a Madrid significa muchas cosas pero a la larga una fundamental. Sabino Fernández Campo, del cuerpo de Interventores – para simplificar, los responsables del aparato burocrático del Ejército-será secretario de seis ministros, seis: desde Antonio Barroso, que le promueve – ahí es nada Barroso, el de las fábricas de armas-a ÁlvarezArenas, pasando por el Gran Inquisidor Martín Alonso, Menéndez

Tolosa, Castañón de Mena y Coloma Gallego. Eso se traduce, entre otras muchas cosas, en que no había militar español de la época que no hubiera hablado con Sabino Fernández Campo para interesarse por cómo iba lo suyo en la escala de ascensos.

No es verdad que fuera un hombre de secretos. No hablaba con cualquiera, que es otra cosa. Y sobre todo sabía desde su larga experiencia durante el franquismo que ser discreto consiste principalmente en saber distinguir la palabra pública de la privada. Aprendió inglés a su manera, y obtuvo un título por correspondencia, pero ahí encontró a quien habría de ser un hombre fundamental en su carrera, Alfonso Armada. Juntos formarán la comisión española de enlace militar con la Misión Norteamericana desde 1957 y sus trayectorias seguirán en paralelo hasta que se separen definitivamente un 23 de febrero del año 81.

Hasta llegar ahí Sabino será durante tres años el general Interventor de la Casa Militar de Franco. Su relato del primer encuentro con el Caudillo es una obra maestra del género – era un magnífico narrador verbal, alérgico a la escritura que no fueran notas de oficio y lector discreto, con excelente oído para las palabras, lo que permite una cultura frágil pero atenta. Casó con su madrina de guerra,una Fernández-Vega, y tuvieron diez hijos, de los que cuatro murieron malogradamente en edad adulta entre cánceres y accidentes. Seductor evidente y según la terminología de la época faldero,se separó en 1974, lo que no afectó a su carrera gracias a los buenos oficios de Alfonso Armada y el Opus Dei.

Será de nuevo Armada quien le llevará al entorno del príncipe Juan Carlos, y tras la muerte de Franco será el subsecretario del ministro Alfonso Osorio, el único que fue exigido expresamente por el Rey a Carlos Arias Navarro en su nuevo gobierno posfranquista. Luego subsecretario de Turismo con Adolfo Suárez ya presidente, y al fin sustituiría a Armada en la secretaría de la Zarzuela. No es verdad que todo lo que viene luego constituya un secreto insondable. Desde que Sabino fue destituido de la Casa Real de un modo más bien chusco, a finales de 1992 – el cese oficial lleva fecha de 8 de enero del 93-no dejó de ir desgranando una a una casi todas las incógnitas en entrevistas personales, conferencias y algún libro lleno de claves interpretativas – Manolo Soriano, hoy con Esperanza Aguirre, le escribió al dictado su hagiografía en 1995.

No entiendo muy bien lo que la gente denomina «el silencio de Sabino». Se pueden ir reconstruyendo con un poco de paciencia, buenos contactos y bastante discreción, los contenidos fundamentales de la caja negra.Lo que ocurre es que hay un especial interés en hacer como si no lo hubiera dicho. Esa era la habilidad de Sabino, su experiencia de muchas décadas de vivir junto al poder y saber cómo se manifiesta. Al poder no hay información capaz de derrotarle.

Por eso siempre me hizo gracia la última frase de un artículo suyo, en el XXV aniversario de la muerte de Franco y el comienzo del reinado de Juan Carlos: «El que busca afanosamente la verdad, corre el riesgo de encontrarla». Es como un aviso para navegantes, lleno de ironía.

Gregorio Morán