El ‘Tomorrow Belongs to Me’ de la plaza Universidad

Miles de estudiantes, durante la manifestación de este jueves en Barcelona. Quique García EFE

«Me encantan los abuelos que hacen fotos», dice una de los dieciséis mil estudiantes universitarios y de secundaria reunidos en la plaza Universidad de Barcelona para marchar a favor del referéndum del domingo. El tono de la chica, entre burlón y condescendiente, “mira qué pintoresco el vejestorio, espero que no infarte a mis pies”, es el de la adolescente convencida de que la muerte es algo que sólo le pasa a los demás. Pero tiene razón: los ancianos desentonan tanto en su manifestación como lo haría el mismísimo Mariano Rajoy.

Más allá del escupitajo a la Parca, la atmósfera en la plaza es unánime y soberbia. Tanto como ese Tomorrow Belongs to Me que un rubio y dionisíaco zagal del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, el partido nazi, canta en la mítica escena de la película Cabaret y al que se van añadiendo poco a poco y de forma cada vez más agresiva los que le rodean mientras un viejo, tenía que ser un viejo, baja la vista aterrorizado. Un catalán nacionalista ve esa escena y te la analiza boca abajo: «Mira, el pueblo expresándose sin violencia».

De camino hacia la cabecera de la marcha los adolescentes envueltos en capas esteladas abarrotan la Apple Store, el Sephora y el Starbucks. Es de suponer que para conocer de cerca al enemigo capitalista y poder exterminarlo mejor por la vía de adquirir sus mejores productos.

Tres estudiantes portan una pancarta en la que ironizan sobre su supuesto adoctrinamiento. Al lado de fotos de una corrida de toros y de la de una guardería en la que los niños, de unos tres o cuatro años, enarbolan banderas españolas han escrito: “¿Y nosotros somos los adoctrinados?”. También han dibujado a Piolín con la boca tachada y como símbolo uno y trino de la Guardia Civil, del Gobierno central y de la represión padecida por el pueblo catalán. O algo así. Cuando me sitúo detrás de las chicas, veo que la pancarta es en realidad una caja de una Smart TV Samsung 5200 de 40 pulgadas. Por la edad de las portadoras de la pancarta, dudo que la ironía sea intencionada.

A primera vista, los estudiantes manifestantes vienen en dos formatos. El primero es el formato luminoso estilo protagonista de anuncio veraniego de Estrella Damm rodado en Cadaqués. En cualquier otra ciudad española, salvo quizá Madrid y San Sebastián, esos chicos y chicas serían clasificados de inmediato como estudiantes de colegio privado. En Barcelona, son clase media. Resulta difícil adivinar cuál puede ser la opresión de la que tanto abominan, pero si andan por ahí debe de tratarse de algo muy grave.

El segundo formato es el que imita la estética, crestas mal cortadas y camisetas zarrapastrosas incluidas, de Manolo Kabezabolo, aquel cantautor punk conocido más que por sus letras por haberse ciscado, literalmente, en el escenario durante uno de sus conciertos [el siguiente grupo del cartel se negó a tocar si antes alguien no limpiaba el souvenir de Kabezabolo: la cosa acabó con el de Carenas saliendo al escenario, tras algunos tiras y aflojas, con una escoba y un recogedor]. Este formato de manifestante viene con lata de Estrella Damm incorporada.

Cuando la multitud, diez mil a ojo de buen cubero según el que aquí escribe, dieciséis mil según la Guardia Urbana y ochenta mil según los organizadores, se arranca a cantar aquello de “prensa española, manipuladora” me entran ganas de saludar y brindarle el toro de esta crónica a alguno de los manifestantes. Pongamos por caso la chica que ondea una bandera jamaicana decorada con el León de Judá. La relación de los rastafaris y de Haile Selassie, el último emperador etíope, con el proceso independentista es uno de los grandes misterios que me llevo a casa cuando acaba la manifestación.

También la bandera LGTB ondea por doquier en la manifestación. Una chica ha cosido la estelada a una bandera LGBT y la agita con furor. Su amiga lleva una pancarta en apoyo del feminismo. Apenas unos metros más allá, un chico enarbola una bandera comunista, una ideología conocida por su histórica tolerancia con los gays, y otro una republicana. De la misma República que juzgó a Companys por rebelión, vía Tribunal de Garantías Constitucionales, después de que este proclamara el Estado Catalán en 1934. En este sentido el movimiento independentista es como el estómago de una cabra: lo digiere todo. Quién quiere exquisiteces gastronómicas o ideológicas cuando puede procesar un neumático de camión con la misma eficacia con la que procesa el racismo nacionalista.

Junto a los estudiantes puede verse a algunos personajes que ya llegan tarde a la Selectividad. Varios bomberos, por ejemplo, con el escudo de la Generalitat tapado por si las moscas. Los mismos bomberos, por cierto, que hace cuatro años tuvieron algo más que palabras con los Mossos d’Esquadra durante una protesta por los recortes aplicados en el cuerpo y que se ofrecieron hace apenas tres días para “proteger” los colegios electorales el próximo domingo. Los aplausos son atronadores. Tanto como los abucheos a los encapuchados que pintarrajean una sucursal de Bankia. La consigna de “que la primera hostia la den ellos” se está siguiendo a rajatabla en Cataluña hasta el momento. Y quien dice “hostias” dice “pintadas”. El civismo de los manifestantes con respecto al mobiliario urbano es, en general, exquisito: al César lo que es del César.

También veo a algún treintañero portando banderas de la SEPC, el Sindicato de Estudiantes de los Países Catalanes, uno de los convocantes de la huelga de los colegios de secundaria. Pero sobre todo a varios cincuentones de pelo escaso que, en vista lo mucho que se esfuerzan por mostrarse más enrollados con los estudiantes que los propios estudiantes, no pueden ser más que sus profesores.

Escribía Milena Busquets el pasado miércoles en El Periódico de Cataluña: “Tal vez lo que está ocurriendo durante estos días en Barcelona sea una verdadera revolución, o tal vez sea una bobada, o igual se trate del fin del mundo o del principio de una nueva era, no lo sé, pero sea lo que sea me alegro muchísimo por los jóvenes de Catalunya. Me alegro de que tengan la suerte de poder vivir una revolución”. Por la mansedumbre con la que los jóvenes presentes en la manifestación coreaban y defendían las mismas consignas que corean y defienden sus gobernantes, sus profesores y los medios de comunicación públicos y privados catalanes, parece más bien que esta será la primera revolución de la historia que se llevará a cabo no para derribar a la casta sino para consolidarla en su poltrona.

Eso si esto es una revolución y no una bobada o el fin del mundo o el principio de una nueva era o un melonar de Villaconejos, como muy sagazmente y con tanta precisión defiende Milena Busquets.

Cristian Campos, periodista.

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