El tortuoso viaje de un clic

El mundo digital se nos presenta como inmaterial en gran medida y, por tanto, limpio. Sin papel impreso, sin cables en las comunicaciones, con unos dispositivos más y más discretos -por estar sometidos a la carrera galopante de la miniaturización- las altas tecnologías digitales parecen la herramienta ideal en la lucha contra la contaminación y el cambio climático. Sin embargo, cada vez se levantan más voces que alertan sobre el elevado coste medioambiental de estas tecnologías.

Comencemos por recordar la contaminación derivada de la producción masiva de teléfonos móviles, tabletas, ordenadores y los innumerables dispositivos electrónicos que necesitamos para acceder a internet y gestionar la información. La producción de todos estos aparatos necesita de un gran número de materias primas que no abundan en el planeta, entre las que destacan los metales y las tierras raras. Pensemos por ejemplo en el titanio necesario para fabricar un chip, o el cobalto, hoy indispensable para las baterías.

El tortuoso viaje de un clicLa tecnología avanza vertiginosamente y la voracidad de nuestra sociedad por manejar y almacenar datos parece insaciable. Por ello, los dispositivos electrónicos quedan obsoletos en poco tiempo y nos vemos obligados a hacernos con nuevos equipos, desechando los viejos. Esto incluye también a los electrodomésticos y los televisores, cada vez más inteligentes. ¿Adónde van estos desperdicios? Tan solo una pequeña parte (menos del 20 %) entra en una cadena eficaz de reciclaje, el resto acaba en grandes vertederos de chatarra electrónica que, quizás para tranquilizar nuestras conciencias, se esconden en rincones del tercer mundo.

El excelente documental Blame game (Juego de culpas), dirigido por los españoles Juan Solera y Albert Julià, describe el tráfico ilegal de los desechos electrónicos que, tras ser utilizados en los países desarrollados, terminan en el infernal vertedero de Agbogbloshie (Ghana). Según los autores de la película, que puede verse en español en YouTube, este es el lugar más tóxico de la Tierra. Y, sin embargo, uno podría pensar que un lugar como este vertedero debería considerarse como una fuente valiosísima de materiales para ser reutilizados. Miles de millones de euros en forma de plásticos, metales preciosos (como el platino y el oro) y tierras raras se encuentran enterrados en tales basureros. En mi opinión, se valorarían más estos desechos y se tratarían de una manera más responsable si, en lugar de exportarlos descontroladamente al tercer mundo, los mantuviésemos localmente, en los países donde hemos utilizado los dispositivos electrónicos originales.

El periodista francés Guillaume Pitron acaba de publicar un libro titulado L'enfer numérique (El infierno digital) en el que sostiene que las tecnologías digitales consumen el 10% de la electricidad mundial y son responsables del 4% de las emisiones de dióxido de carbono de todo el planeta. El consumo en agua y en energía de tales tecnologías es el triple del que realiza un país como Francia o el Reino Unido. Dada la importancia y la dependencia de nuestro mundo de las herramientas digitales, es difícil evaluar si estos consumos son razonables. Pero no me cabe ninguna duda de que son muy elevados, y que convendría pensar en sistemas más eficientes y austeros.

Resulta complicado medir el impacto material y medioambiental de nuestros nuevos modos de consumo. Cuando se produce un bien o un servicio, se pueden estimar las emisiones de CO2 que lleva asociadas, pero otro tipo de impactos, como la posible contaminación del agua, son mucho más difíciles de ponderar. Por eso, el Instituto Wuppertal desarrolló en los años 1990 el concepto de «material input per service unit» (MIPS), es decir, la cantidad de recursos que son necesarios para producir un bien o un servicio. Por ejemplo, para fabricar en China una gorra de tela (de las que nos regalan como publicidad) se necesita cultivar y colectar el algodón, también se necesita electricidad que se ha producido en una central de carbón, y la extracción del carbón ha requerido la tala de unos árboles, etc. El MIPS de cualquier bien o servicio se expresa en términos de la cantidad de materiales necesarios para su producción. Es pues un concepto cuantitativo que permite comparar el consumo de recursos de diferentes soluciones para fabricar el mismo producto o servicio. A veces se habla también de mochila ecológica: el peso neto de material que es preciso para producir algo.

Así, según Pitron, la fabricación de una barra de acero de 10 kilogramos necesita 100 kilos de recursos (esto es su MIPS, o su mochila ecológica), un viaje de un kilómetro en un vehículo requiere un kilogramo de recursos, unos minutos de charla en nuestro teléfono móvil, o un mensaje sms, cuesta algo más de medio kilo. Según las tecnologías involucradas son más avanzadas, el coste se dispara, pues la extracción de metales y tierras raras resulta muy costosa. Por ejemplo, para producir un ordenador de 2 kg se movilizan 22 kilos de productos químicos, 240 kilos de combustible y una tonelada y media de agua. Naturalmente, el récord absoluto lo ostentan los microchips, uno de 2 gramos necesita para su fabricación 32 kilogramos de materiales.

Las herramientas digitales no solo son los dispositivos que manejamos nosotros directamente. Para que funcionen, se encuentra tras ellos una infraestructura que alcanza dimensiones planetarias: puntos de acceso wifi con sus antenas, enrutadores y grandes servidores que, a menudo, escapan a nuestra mirada, pero que encarnan este mundo de internet que nos parece inmaterial. En esta vasta infraestructura, los centros de datos que albergan los servidores ocupan un lugar fundamental. Al escribir tuits, subir fotos a Instagram, hacer videollamadas, realizar búsquedas en Google, comprar en Amazon, etcétera, se estima que generamos más de un zettabyte de datos anualmente (un zettabyte contiene mil millones de gigas). Estos datos se recogen sistemáticamente y se almacenan en la nube, de nuevo un término que nos parece representar algo inmaterial, pero que, sin embargo, tiene una realidad física muy manifiesta. Hay centros de datos repartidos por todo el mundo. Por ejemplo, a una hora en coche al sur de Pekín, en Langfang, se encuentra el más grande del planeta: ocupa una superficie descomunal, equivalente a 110 campos de fútbol.

Un apagón en estos centros de datos puede ocasionar una verdadera catástrofe económica. Puede dejar a los bancos sin operar, suspender las ventas de los grandes gigantes como Amazon, o dejar inmovilizados cientos de aviones y miles de pasajeros (como sucedió en Heathrow en 2017). Por ello, la redundancia de todos los equipos, los sistemas de alimentación ininterrumpida y los generadores eléctricos son esenciales en estas instalaciones, que consumen mucha electricidad y grandes cantidades de agua como refrigerante.

Cuando escribimos un correo electrónico, damos un me gusta o compartimos un vídeo chistoso, nuestro clic inicia un tortuoso viaje que utiliza la infraestructura más extensa jamás construida por el ser humano: desde nuestro dispositivo, a la antena más cercana; y de ahí, a través de la red digital, pasando por gigantescos centros de datos que pueden estar situados tanto cerca de nuestro barrio como en China. Es un tortuoso viaje que, como vemos, tiene un coste medioambiental significativo que no debe ser ignorado.

Aunque su apariencia sea inmaterial y limpia a primera vista, el universo digital que estamos construyendo no nos servirá para salvar al planeta ni para revertir el cambio climático. Reducir el uso de plásticos, el consumo de carne y los desplazamientos en avión es insuficiente si no cambiamos también nuestros hábitos en el consumo de alta tecnología, si no reducimos los omnipresentes vídeos y juegos on line, las compras indiscriminadas por internet y el uso masivo de las redes sociales.

Las digitales son herramientas absolutamente maravillosas, nos prometen un mundo fascinante de progreso en el que la salud y muchos servicios esenciales se harán accesibles a toda la humanidad, y en cada rincón del planeta. No podemos renunciar a ellas, pero debemos desarrollarlas y utilizarlas de manera responsable, guiados por unos criterios y valores morales, de solidaridad y justicia, que nos parecen obvios. Desgraciadamente, tales valores languidecen soterrados bajo un ansia desmedida de beneficios económicos inmediatos, ya sean grupales o individuales.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional y autor de 'El universo improbable'.

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