El trágico destino de las ruinas de Palmira

Lo que sabemos, y lo que decepciona justo a inicios del 2017, indica que la guerra civil de Siria ha provocado una destrucción cultural que trae a la memoria el desastre ocurrido en Irak durante 2003. Según Naciones Unidas, la observación satelital confirma que hay 24 templos devastados, algunos con 7 milenios en su promedio de antigüedad. El daño varía desde un 75% hasta un 100% de acuerdo al caso, y los informes más rigurosos han determinado que al menos otros 150 monumentos corren total riesgo de desaparición.

La destrucción es alarmante. Las ruinas de Palmira, un símbolo venerado por todos los amantes del arte, fue minado y convertido en un campo de batalla que acabó con décadas de restauración y provocó la explosión de varios santuarios. Lugares como las ciudadelas de Alepo o el Crac de los Caballeros, han sufrido disparos lanzados desde aviones del Ejército de Siria, el Casco Histórico de Damasco fue asolado por carros bomba, los edificios medievales de Alepo quedaron en ruinas, al igual que el zoco de la ciudad y la Gran Mezquita. El saqueo y el vandalismo han sido totales en Apamea, las mezquitas de Idlib, al-Tekkiyeh Ariha, al Umary, al Herak y Al-Qusaayr.

Plácidos lugares como los Monasterios de San Elián y San Jaime fueron víctima de numerosas explosiones. Templos asirios completos como el de Tell Sheikh Hamad sufrieron graves destrozos, ciudades como Homs quedaron desmanteladas y en cenizas. Desde 2013, la UNESCO tuvo que llamar la atención a la comunidad internacional sobre lo que sucedía y colocó en su lista roja de Patrimonios Culturales en peligro la antigua ciudad de Bosra, Alepo, el Casco Histórico de Damasco y los 700 asentamientos que forman parte de las llamadas Ciudades Muertas de Siria, un conjunto de villas que conoció la prosperidad gracias al comercio en la era bizantina.

Hay activistas independientes de nacionalidad siria y kurda que aseguran que en 2014 ya había síntomas de lo que pasaría cuando fue demolida la tumba del Profeta Jonás. En 2015, miles de yihadistas del autoproclamado Califato Islámico han repetido acciones de destrucción de santuarios como sucedió con los milicianos en Malí que atacaron bibliotecas y monumentos culturales, o el Frente rebelde que atacó la aldea aramea de Malula.

En febrero, los yihadistas arrasaron 4.000 libros raros en la Biblioteca de Mosul, y esto no los contuvo. Al día de hoy han causado saqueos, tráfico ilícito de bienes culturales para financiar actividades de células y destrucción en sitios emblemáticos como Hatra, lo cual ya ocurrió antes; hay vandalismo en los vestigios de Dur Sharrukin -hoy parte de Jorsabad-; lo mismo ha sucedido en Nimrud, una zona muy sensible para Occidente por su dependencia con el lugar donde aparecieron las tablillas del Poema de Gilgamesh y el Enuma Elish, la tierra donde rigió Asurbanipal, el primer coleccionista de libros del mundo. Nimrud, conviene destacarlo, es una antología de historias que culminan en el asentamiento cercano de Nínive, hoy en riesgo.

Nimrud llegó a ocupar 41 kilómetros cuadrados, con un santuario a Ninurta, un espectacular zigurat, una gran ciudadela con muros y el Palacio Real, así como tumbas de reyes y reinas con tesoros fabulosos que sobrevivieron milagrosamente en los sótanos del Banco Central de Irak en la época de los bombardeos a Bagdad en 2003. El ataque a estatuas de yeso o reales que hemos observado en videos divulgados por miembros del Estado Islámico es una visión sesgada y anacrónica de la azora 21 de El Corán contra la idolatría.

El lema del Estado Islámico es Permanecer y expandirse y para cumplir este fin destruyen todo lo que consideren que suponga un obstáculo material, cultural, religioso o económico en su avance. Esto implica extorsión, secuestro, violación de los derechos humanos, memoricidio y negación de raíces pre-islámicas. Esta fiereza se ve como una etapa de transición que combate las absurdas bases que permitieron el Acuerdo Sykes-Picot, firmado el 16 de mayo de 1916, y la presencia de EE.UU. en el control de los recursos energéticos.

En mayo de 2015, el autoproclamado Califato Islámico conquistó el territorio donde se encuentran las ruinas de Palmira y asesinó a varios pobladores y a Khaled al-Asaad, un funcionario que se negó a decirles cuáles eran los tesoros más valiosos del Museo. Desde entonces, hubo combates incesantes hasta la toma rusa del asentamiento y el retorno de los pobladores de la villa cercana, diezmados y empobrecidos, probablemente con traumas psicológicos debidos a los abusos que sufrieron.

Al igual que hizo en Osetia tras la conquista del territorio, Putin hizo en mayo de 2016 que una orquesta rusa interpretara, bajo la dirección de Valeri Guérguiev obras de Bach en el auditorio de Palmira que había sido utilizada para ajusticiamientos. Entre los asistentes estuvieron, el ministro de Cultura, Vladímir Medinski, el director del Ermitage, Mijaíl Piotrovski, especialista en islam, y el violonchelista Serguéi Rolduguin. Un mensaje directo a los enemigos del Kremlin que intentaron reducir la importancia de la recaptura de las ruinas históricas. Sin embargo, en diciembre de 2016, las milicias del Califato Islámico volvieron a retomar Palmira, saquearon piezas arqueológicas, robaron S125 para derribar aviones comerciales, vandalizaron Tadmur, la aldea próxima y el horror se sumó a la impotencia del desastre humanitario.

Siria, a mi juicio, es un símbolo del daño que provoca la negligencia en los pueblos y el certificado de la escasez de reformas radicales en la ONU, donde se asfixian los reclamos democráticos de las nuevas sociedades globales. Detrás de la violencia cultural actual del terrorismo del yihadismo, hay miles de refugiados de la guerra civil que causó la dictadura de Siria, hay miles de jóvenes decepcionados de la xenofobia europea que han sido manipulados hacia el rencor. Además, hay todo un movimiento de descontento generacional en Medio Oriente que la Primavera Árabe apenas mostró superficialmente. Cuanto menos se invierta en educación, cuanto menos se invierta en investigación rigurosa, mayor será la magnitud del odio y la confusión de la juventud.

Nunca es tarde cuando ya no queda tiempo, solía decir mi padre, y el mundo vive justo ese instante limitado, caótico y triste ante la gran ola de conflictividad que viene en camino en países como Yemen, Libia, Argel, Kenia, Somalia, Nigeria, Malí, Baréin y, por desgracia, la región de Irak y Siria, que debería al menos esta vez ser una oportunidad para que termine la hipocresía ante el cataclismo interminable de las cunas de la civilización occidental y rutas del conocimiento europeo medieval.

Fernando Báez es autor de ‘Maravillas Perdidas’ y de ‘La destrucción cultural de Irak’.

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