El tren de la historia

Y así, un buen día me fui a París. Era el 17 de abril de 1920. El expreso salía de la estación de Francia a las dos de la tarde. Llegué con una maleta, un abrigo, un paraguas y un bombín. En aquellos tiempos la gente se mudaba para viajar. A la estación de Orsay no se llegaba hasta las nueve y media de la mañana siguiente”. Con estas palabras inicia Josep Pla el relato de su primer viaje de Barcelona a la capital francesa. Tenía 23 años. Llegaba como corresponsal del diario La Publicidad –de línea progresista y editado en castellano hasta 1922, fecha en que pasó a denominarse La Publicitat y a escribirse en catalán al comprarlo Acció Catalana–. Años más tarde, Pla recuperaría sus vivencias parisinas e incluso las reescribiría, como en el caso de su experiencia en Madrid, en un libro que lleva por título Notas sobre París. Pese a su juventud, el escritor de Palafrugell ya había viajado por diferentes capitales europeas y apuntaba en sus escritos un perfil cosmopolita. No es de extrañar que al llegar el año siguiente a un Madrid centralista y caciquil se sintiese perdido hasta el punto de exclamar: “De Madrid apenas me interesa nada. En Madrid no tengo nada que hacer. Nada”. Pero esta es otra historia.

Cuando el joven Pla llegó a París hacía seis años que había triunfado en el mismo escenario Agustí Calvet, Gaziel, con sus célebres columnas en La Vanguardia tituladas Diario de un estudiante en París. A los 27 años, Gaziel se plantó de regreso en Barcelona con un manuscrito que desgranaba una historia sentimental escrita entre el 1 de agosto y el 4 septiembre de 1914, el tiempo que va desde la declaración de guerra de Alemania a Rusia hasta la evacuación de París y el éxodo de la población en vísperas de la batalla del Marne. En esta región del sudeste de París regada por el afluente del Sena que le da nombre se vivió una dramática contienda que salvó a Francia, y seguramente cambió la historia del siglo XX, pese a que en dos meses el ejército francés sufrió más de 360.000 bajas. Pues bien, Gaziel, en medio del conflicto bélico, supo trazar una serie de relatos de la vida íntima y del bullicio de París muy alejados de las notas frías que en aquellos tiempos –lamentablemente, también a veces ahora– rezumaban los diarios.

Llegados a este punto, me permitirá el lector que al reanudar nuestra interrumpida relación tras abandonar la dirección de La Vanguardia en diciembre –después de casi 14 años escribiendo prácticamente a diario desde la página dos del periódico– tome modestamente prestados de Pla y Gaziel la idea de sus Notas y su Diario para aproximarme a lo que acontece con mis Cartas desde París. Estos escritos semanales pretenden aportar una visión personal que deliberadamente triangule entre París y Barcelona paseando la mirada por el corazón de esta Europa a veces eléctrica y, en ocasiones, perpleja. Un punto de vista diferente, desde el privilegiado observatorio que ofrece la capital francesa y con un análisis crítico a partir de una prudente distancia –1.051 kilómetros por carretera hasta Berlín y 1.071 a Barcelona–. Todo ello sin olvidar que lo que sucede en el sur es lo que me ha desplazado hacia el norte.

Aquel 17 de abril de 1920 en que Pla subía al tren que le había de llevar a París, la página 15 de La Vanguardia recogía una información titulada “La cuestión irlandesa”. El texto versaba sobre las aspiraciones nacionalistas de Dublín, que había pasado de defender su autonomía a exigir la soberanía completa. Compartía espacio con los preliminares de la conferencia de San Remo –la cumbre de los aliados de la Gran Guerra para proceder al reparto territorial– y el proceso Caillaux –el exministro de Finanzas que renunció al cargo después de que su esposa asesinara al editor de Le Figaro cuando el diario amenazó con publicar una explosiva carta del político–. Aparecía también en La Vanguardia el anuncio de un concierto de gala del Orfeó Català que iba a tener lugar dos días después en el Palau de la Música Catalana. Lo iba a dirigir el maestro Lluís Millet, bisabuelo de Fèlix Millet, este sátrapa que desvergonzadamente aún campa a sus anchas después de más de cuatro años de su confesión del saqueo de la entidad y cuando el CGPJ acaba de designar el ¡quinto! juez instructor del caso. La historia, los escenarios y sus protagonistas se entretejen caprichosamente en la hemerotecas y en ocasiones dibujan piruetas sorprendentes.

La cuestión irlandesa tenía un tratamiento informativo destacado en la prensa española del momento. La nota del diario dejaba constancia que la prisión de Mountjoy había estado muy poco tiempo vacía de presos “sinnfeiners” (simpatizantes del Sinn Féin) y que 150 personas habían ingresado en el penal del centro de Dublín. El conflicto desembocaría no mucho más tarde en lo que es hoy el Estado irlandés al obtener su independencia efectiva del Reino Unido en 1922.

Un siglo después, el trayecto ferroviario entre Barcelona y París se ha acortado sustancialmente. El AVE que entró en funcionamiento el pasado diciembre ha reducido aquellas casi veinte horas de interminable viaje de Pla y Gaziel hasta dejarlo en seis horas y veinticinco minutos, ya no a la estación de Orsay, que sustituyó los raíles por la pintura impresionista, sino a la de Lyon. La prensa del día ha cedido el testigo a la cuestión catalana que con regularidad se abre hueco en los medios internacionales. El último número de la revista Bloomberg View, de la influyente cadena norteamericana, apuntaba que España no podría retener a Catalunya por la fuerza si la mayoría del territorio no quería.

En el ámbito estrictamente francés, la prensa tiene estos días todo un filón con la elección de Anne Hidalgo como nueva alcaldesa de la capital, la primera mujer que accede al cargo, y también con la designación del contundente Manuel Valls como primer ministro tras la debacle del Partido Socialista el domingo. La alcaldesa, nacida en Cádiz, nieta de un republicano exiliado, e hija de emigrantes españoles –como Valls, hijo del pintor catalán Xavier Valls, que emigró en 1949 a París– ha salvado para la izquierda una de las pocas alcaldías de prestigio. Hidalgo ha protagonizado una campaña valiente en la que ha aparecido siempre como firme abanderada de los valores progresistas: de la violencia de género a la paridad pasando por las guarderías infantiles. En el momento que el Estado de bienestar sufre recortes y amenaza quiebra, los ciudadanos piden a gritos que alguien les escuche. Ese alguien en París se llama Hidalgo y en Francia Valls. Buen momento, por cierto, para recordar que Barcelona aún le debe al nuevo primer ministro una retrospectiva de homenaje a su padre, el pintor Xavier Valls, galardonado el año 2000 con el Premi Nacional de Cultura de la Generalitat.

La apasionante elección de Hidalgo, de la que dicen maravillas en París, queda a años luz del espectáculo bochornoso y chapucero de las primarias del PSC en Barcelona. Hasta la fecha sabíamos que las primarias las cargaba el diablo. Ahora hemos aprendido que las urnas las pueden llenar también unos pakistaníes que confiesan desconocer qué se dirime, o a quién han ido a votar. Alguno de ellos, incapaz de comunicarse en una lengua que no sea el urdu. Eso sí: la responsable de velar por la limpieza del proceso asegura que no ha visto irregularidades. Mañana tomará posesión Anne Hidalgo en el Hôtel de Ville y mientras ella saborea las mieles de la victoria sus correligionarios de Barcelona elegirán candidato y seguirán sin entender por qué han perdido el tren de la historia.

José Antich, exdirector de La Vanguardia.

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