El triunfo de la fuerza irracional

Los devotos se sacrificaban bajo las ruedas enormes, arrojándose alocadamente para que se machucaran los huesos y la calzada se untase de su sangre. Así, por lo menos, según el libro de viajes del autor inglés del siglo XIV, sir John Mandeville, se desenlazaban las procesiones del dios Jagganath en el santuario de Puri en India. Mandeville era un mentiroso que escribía para suscitar terror y asombro en sus lectores. Pero, como los ingleses comprobaron en el siglo XVIII, cuando comenzaron a someter el subcontinente a su imperio, el santuario sí existía, igual que el dios de aspecto aterrador, los grandes vagones pintados de colores chillones y el fanatismo de los adoradores.

Cada verano, hasta el día de hoy, durante un festival de nueve días, se saca del templo el carro de Jagganath, señor del universo, para que dé la vuelta por una serie de lugares sagrados, acompañado de miles de peregrinos, sacerdotes, músicos y huríes. Casi todo es como en el reportaje del mentiroso medieval. Lo único que no sucede son esos sacrificios imaginados por Mandeville. Pero, ¿qué más da? Ya sabemos lo llamativo de las noticias falsas, que precipitan guerras, provocan crisis políticas o elevan a un bufón a la Presidencia de EEUU. Uno de los efectos de la anécdota de Mandeville fue la incorporación en el idioma inglés de la palabra juggernaut para significar una fuerza destructora, incontrolable e irresistible que aplasta todo lo que encuentra, tanto al que lo adora como al que se le opone.

La lengua española no dispone de una palabra capaz de expresar con tanta fidelidad algunos de los fenómenos arrolladores que amenazan el mundo en la actualidad. Podemos hablar de la fuerza irracional del destino o de la naturaleza, pero un juggernaut no es producto del destino, sino que lo impulsan los seres humanos, con su comportamiento político y cultural. Y una fuerza es una abstracción invisible, mientras que los juggernauts son materiales y expuestos a la vista de sus víctimas. Vivimos en la edad del juggernaut. Presenciamos los desastres implícitos, por ejemplo, en la Presidencia de Trump, o en el auge del populismo, o en la vuelta del nacionalismo, o en el consumismo desenfrenado, o en el expolio del medio ambiente, o en la descalificación de la verdad, o en el abandono de tradiciones civilizadas. Y, por lo visto, no podemos hacer nada para frustrarlos. Como si fuéramos como los devotos dibujados de Mandeville, paralizados debajo de las ruedas.

Un juggernaut evidente es el Brexit. El día posterior del maldito referéndum que supuestamente autorizó la secesión británica de la Unión Europea, yo me atreví a sugerir que la ruptura no se realizaría. Mi error fue confiar en la racionalidad de los votantes, del Gobierno, del Parlamento y del sistema. Parecía irracional quebrar la Unión sin más apoyo electoral que el de una exigua mayoría, muchos de cuyos votos no eran sino de protesta, en un momento determinado y fugaz de circunstancias mutables. Era evidente que sería imposible conseguir un Brexit al gusto de los que votaron a su favor, por sus propias discrepancias sobre los aspectos rechazables de la UE. Y una salida justa era imposible de conseguir por el nivel decisivo de apoyo a la Unión en Escocia e Irlanda del Norte, y entre la gente joven.

Además, los problemas constitucionales y políticos parecían insuperables. Predije que los tribunales no permitirían invocar el artículo 50 sin someter la decisión al Parlamento. Y resultaba racionalmente inconcebible que Westminster respaldara tal invocación, por tres motivos. En primer lugar, la gran mayoría de los parlamentarios apuestan por la permanencia en la UE. Y, en segundo lugar, en un mundo razonable, hasta los diputados brexitistas hubieran podido darse cuenta del error táctico de sacar al país sin ningún acuerdo sobre la situación de la economía británica en su futuro aislamiento. Luego había que contar con que el Partido laborista uniera sus votos a los de los partidos regionales y los liberales, contrarios al Brexit, para acabar así con los planes del Gobierno e imponer nuevas elecciones.

Pero todas las expectativas racionales se aplastan bajo las ruedas del juggernaut. El resultado del referéndum se respeta como si la vox populi fuera la vox dei. Los diputados conservadores europeístas se han rendido ante las amenazas de May de retirarles el apoyo del partido. Y aunque los tribunales exigieron que el proceso se sometiera al voto del Parlamento, los laboristas, por pura pusilanimidad, se ofrecieron como un sacrificio al juggernaut sin arriesgarse a desafiar al Gobierno.

La actitud de los laboristas es, de todos los componentes de la aparente inevitabilidad del Brexit, el más difícil de comprender. Sus diputados representan a las zonas de Inglaterra que más dependen de las subvenciones europeas. Sus votantes son en gran parte los que van a sufrir bajo el régimen pos-Brexit por ser pobres e inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Su financiación procede de los sindicatos, que son casi unánimes en reconocer la utilidad y hasta la necesidad de los derechos laborales garantizados por la Unión. Estratégicamente, lo que más convenía al Partido laborista era que se prolongara el debate sobre la Unión e imponer nuevos comicios, porque así se provocaría la división entre los conservadores.

Claro que el laborismo está experimentando una crisis profunda -peor, tal vez, que la que afecta a los socialistas españoles y franceses-. En un mundo posindustrial, el laborismo tradicional echa de menos su apoyo entre la clásica clase obrera. Los nuevos partidos populistas y regionalistas le quitan muchos votantes. Parece imposible hoy que el laborismo ganara unas elecciones en el Reino Unido. Pero en estas circunstancias, un líder racional, animado por precedentes históricos, hubiera proclamado, como el mariscal Foche: “Los enemigos nos rodean. Hay pocas expectativas de mejora. ¡Situación excelente! Vamos a atacar”. O, por parafrasear a otro gigante francés: “¡Audacia! ¡Más audacia! ¡Siempre más audacia!”. Desafortunadamente, Jeremy Corbyn, el actual líder laborista, no es ningún Foche ni Danton. Tiene la obstinación y cara dura de un Pedro Sánchez, sin su inteligencia. Corbyn no se ha atrevido a precipitar unas elecciones. Prefiere esperar. Las consecuencias le serán funestas. Cuanto más espera, más escaños perderá. Mientras existe una posibilidad de evitar el Brexit, los votantes tienen un motivo para apoyar a un partido europeísta que defiende la permanencia. Si se produce la salida, aun los europeístas moderados volverán a su lealtad tradicional conservadora o liberal.

Así que el Brexit se ha convertido en un juggernaut irreversible, a pesar de la oposición de la mayoría de los parlamentarios y de los electores tanto de la nación entera como de las regiones autónomas, y a pesar del hecho de que, en un mundo que parece estar a punto de dividirse entre Trump y Putin, la solidaridad europea es más deseable que nunca.

Algo semejante sucede en EEUU con el triunfo del trumpismo pese a que la mayoría votó en contra y mantiene su oposición. Lo que necesita EEUU ahora es más apertura hacia el resto del mundo en lugar de la fórmula aislacionista del presidente. Temo también los posibles juggernauts del populismo que nos amenaza con un Grillo en Italia o una Le Pen en Francia o un Iglesias en España. Los nacionalismos que pretenden quebrar los estados, perseguir a las minorías y rechazar a los refugiados pueden convertirse en juggernauts semejantes si no mantenemos la vigilancia. La agresividad rusa en Ucrania y el Cáucaso o la de China en los mares del sudeste asiático pueden convertirse en una fuerza irresistible, si es que no ha logrado ya serlo. No sé si el terrorismo internacional es refrenable, pero la política de Trump le presta un impulso excitando la indignación de gente tradicionalmente moderada. Hace pocos años, la democratización, el internacionalismo y el liberalismo económico parecían a punto de conquistar el mundo. Pero no les era posible reunir las condiciones para ser un juggernaut: irracionalismo, extremismo, encierro hacia sí e ímpetus destructor. Los sacrificios se multiplican bajo las ruedas de Jagganath. Mandeville era un mentiroso, pero a veces hasta los mentirosos aciertan.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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