El triunfo de la modernidad

Todo un mundo de nostalgia y de tipismo empezó a ceder bajo el primer golpe de piqueta una mañana de hace cien años, en el momento solemne en que Alfonso XIII, uniformado de capitán general, dio por inaugurados los derribos sobre los que se abriría paso la Gran Vía. Hasta entonces, dos ideas muy distintas de Madrid se habían venido enfrentando en torno a ese proyecto, enzarzadas en una larga polémica que se prolongaba ya durante al menos un cuarto de siglo. Una primera, reacia al cambio, disimulaba su visión retardataria bajo un falso costumbrismo que temía ver alteradas las señas de identidad de Madrid. Otra, más lúcida y acorde a los tiempos, intuía lo que Madrid podía llegar a ser, siempre que se abriera a las necesidades que su desarrollo demandaba. Trasladada la pugna al tejido urbano, se trataba de dejar intacto el viejo caserío, con su universo cerrado de manolos y chisperos, o de sajarlo de parte a parte para trazar una vía que comunicara Este y Oeste, saneando el centro y sometiéndolo a nuevas influencias. Más allá de jugosas anécdotas -como la que nos deja la zarzuela del maestro Chueca, de fecha tan temprana como 1886, y al parecer favorita de Nietzsche-, la discusión carece ya de sentido, toda vez que la Historia ha zanjado el debate, y lo que ayer era novedad hoy es tradición. De manera que tras muchos retrasos e incertidumbres, la casa del cura de San José, elegida para el sacrificio inaugural, finalmente cayó, desaparecieron después catorce calles, se modificaron treinta y cuatro manzanas, se levantaron otras treinta y dos, y una corriente de aire nuevo oxigenó, y no sólo materialmente, la vida de Madrid.

La Gran Vía encarna, desde el momento mismo de su concepción, y durante su desarrollo posterior hasta finales de los años veinte, el triunfo de la modernidad, gracias a la visión y la audacia de aquellos que supieron poner el Ayuntamiento de Madrid al servicio de una empresa renovadora que habría de preparar la ciudad para los retos que el nuevo siglo le tenía reservados. Y aunque es verdad que la Gran Vía no tiene un único Haussmann, y que a ella contribuyeron varios alcaldes y arquitectos, han quedado los nombres de Peñalver y López Salaberry, por citar a un representante de unos y otros. Pero es esa continuidad de iniciativa, que aun con todos sus altibajos atraviesa mandatos y decenios, venciendo recelos y dando forma a lo que empezó siendo una necesidad de movilidad, la que hace aún más admirable el empeño, sustentado en la certeza de que la sociedad que no cambia declina.

Hay, además, un factor que ayuda a entender esa constancia. Y es que la Gran Vía, ideada e impulsada por el Ayuntamiento, fue a la vez un proyecto de Estado, que encontró en el gobierno del momento la sensibilidad justa para autorizar los mecanismos financieros necesarios para diseñar la viabilidad de una reforma tan relativamente costosa -¿qué suponen aquellos 29 millones de pesetas en comparación con el beneficio que esa inversión ha procurado a las generaciones posteriores?- como necesaria. En última instancia, la prueba definitiva de que entonces se percibió como un proyecto trascendente es que contó con el aliento de la Corona -el acto del 4 de abril de 1910 convocó nada menos que a un Rey de España, dos Reinas, Victoria Eugenia y María Cristina, un Infante y dos Infantas, acompañados por dos Príncipes-, la cual ha representado siempre para Madrid un importante estímulo de dinamismo y renovación, y no sólo por lo que se refiere a su crecimiento histórico como sede de la Corte, sino también en avances ulteriores como la construcción del Metro o la Ciudad Universitaria. Sobre ese fondo de confianza de la Corona en nuestras posibilidades, que tantas veces nos manifiestan hoy Sus Majestades los Reyes y Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, se funda, tanto como en la propia vocación, la capitalidad abierta e integradora que nos sentimos obligados a ejercer.
Desde sus orígenes, la que podríamos considerar nueva calle mayor de Madrid desempeña a este respecto dos funciones que hoy se identifican nítidamente con la España de Juan Carlos I: la búsqueda de la excelencia por el camino de la innovación, y la voluntad de brindar un ámbito de convivencia en el que la pluralidad enriquezca sin dividir.

La Gran Vía ha sido un gran laboratorio donde madrileños, españoles y gentes de todo el mundo han conocido el gusto por el acontecimiento y la mudanza que es propio de toda metrópoli cosmopolita. El salto de escala, tendente a la verticalidad, y su simbolismo, los rascacielos que son resultado de ello, la naciente economía de servicios, la ambición de un nuevo comercio que abrió aquí los primeros almacenes, el ingenio de los escaparates recién descubiertos, el mundo del libro y los medios de comunicación, el auge de la industria cultural y del entretenimiento -con el teatro, el cine y últimamente el musical actuando como puertas abiertas hacia otras realidades- han sido algunas de las flores nuevas y valiosísimas que la Gran Vía ha dado como primicia a los españoles durante decenios, combinando exigencia y prestigio, y también, como es ley en Madrid, sencillez.

Como consecuencia de lo anterior, el paseante -que lo mismo puede dedicar una hora o un día a recorrer esta calle, y que con su deambular accede a lo que en todo entorno urbano es una forma de sabiduría superior- descubre un espacio sincrético -capaz de asimilar hasta el añejo oratorio del Caballero de Gracia-, donde confluyen la ciudad de los flujos y de los usos, la urbe construida y la vivida, dando la palabra a un sinfín de actividades, inquietudes, razas, credos y lenguas. Esa capacidad de representación de la Gran Vía, por lo que tiene de pionera y urgente, de termómetro que mide la temperatura de la economía y la sociedad, pero también como crisol que metaboliza la diversidad humana que nutre Madrid, es la responsable de que sea patrimonio de todos los españoles, por no decir de la gran cultura urbana de nuestra época. La cual, por cierto, nos regala una profunda enseñanza, consistente en la evidencia de que este modelo clásico, europeo y compacto, de usos mixtos y desplazamientos cortos, y por tanto opuesto a la dispersión anglosajona, es el más sostenible y adaptado a las necesidades futuras. Un modelo que hay que proteger y cuidar, renovando aquello que se queda viejo y permitiendo que viva lo nuevo, como se hizo hace cien años al trazar este gran eje, y como seguimos haciendo ahora al abrir otros nuevos -esta vez con una prioridad peatonal, de Fuencarral al Palacio de Oriente, de Atocha a Colón- para favorecer un centro no sólo rehabilitado sino también rehabitado. Porque la labor del planificador, si no es prisionera del prejuicio y la rigidez ideológica, consiste en dejar aflorar la vida que la ciudad puede llevar dentro, como el zahorí cuya preocupación principal no es la de excavar el pozo, sino la de hallar primero dónde está el agua. En el caso de la Gran Vía, ese caudal de vitalidad lleva manando un siglo, y no ha cesado.

La Gran Vía suscitó, antes incluso de nacer, un altísimo nivel de expectativas que no ha defraudado. En esta avenida por la que discurre la legítima ambición de una capital abierta, imaginativa y trabajadora encontramos la demostración de que Madrid puede satisfacer las metas más ambiciosas cuando tiene el coraje de concebirlas. Y más importante aún que eso es que la Gran Vía, que ha conocido todos los avatares de la Historia reciente, todas nuestras disensiones y reencuentros, deja el balance positivo de un tiempo que, aunque repleto de dificultades, nos ha legado a pesar de todo el éxito de la cordura y el afán de superación de los españoles. Una herencia que hemos recibido de nuestros padres pero pertenece a nuestros hijos, y que, engrandecida por nuevos frutos de progreso y concordia, habrán de celebrar, dentro de otros cien años, los ciudadanos de una España unida y en paz.

Alberto Ruiz-Gallardón, alcalde de Madrid.