El triunfo de Meloni en Italia muestra el avance de la extrema derecha global. Y de su peligrosidad

Exactamente 100 años después de la Marcha sobre Roma de Benito Mussolini —entonces dirigente del Partido Nacional Fascista—, en octubre de 1922, los neofascistas llegaran al poder en Italia como la fuerza principal de una coalición electoral.

¿Cómo se explica esta victoria? Giorgia Meloni llega al poder gracias a una “tormenta perfecta”, una extraña confluencia de escenarios malos para la democracia. Se da tras la conformación y luego la caída en 2022 del gobierno de unidad del tecnócrata Mario Draghi, quien fue apoyado por casi todos los partidos con la excepción del partido Hermanos de Italia (FDI, por su sigla en italiano) de Meloni. De la noche a la mañana, Meloni se convirtió en la principal figura y luego principal candidata de la oposición al gobierno.

Dios, patria, familia”, es uno de los lemas —con ecos del fascismo de entreguerras— que utilizó Meloni en la contienda electoral, pero el fascismo no explica su victoria. Meloni ganó a pesar de sus raíces fascistas, pero estas son parte de la explicación de cuán peligrosa podría ser su coalición en términos tanto nacionales como globales.

Es comprensible que los titulares de esta semana en todo el mundo se refieran a la cuestión del “regreso del fascismo/extrema derecha” a Italia. El hecho de que un partido neofascista como FDI pueda gobernar el país donde nació el fascismo no parece ser tan problemático para muchas personas en Italia, pues este se ha ido normalizado durante décadas. Esto no quita que Meloni y FDI no estén más que preocupados por cómo la prensa extranjera percibe el linaje fascista del partido.

Funcionarios de FDI sugirieron que la izquierda italiana había influido en los periódicos internacionales para ensuciar a su coalición. Uno de sus representantes en Estados Unidos escribió que estos “ataques” eran fake news “como sucedió con (el expresidente Donald) Trump”. Meloni también publicó un video con la intención de tranquilizar a los observadores y líderes internacionales, en el que afirma que la derecha italiana ha relegado “el fascismo a la historia durante décadas” y también que "condena sin ambigüedades la supresión de la democracia” y “las leyes antijudías”, mientras que dice que su movimiento es similar al de los conservadores británicos o los republicanos estadounidenses.

Esta afirmación es dudosa pues su coalición electoral, aunque incluye al populista más tradicional y exprimer ministro Silvio Berlusconi, está fuertemente influenciada por fuerzas antiinmigración de extrema derecha. Al igual que en Hungría o Brasil, Meloni ha podido cambiar cosméticamente a su partido como una especie de fuerza “patriótica” conservadora. También, como hicieron otros políticos de extrema derecha antes que ella —el mismo Mussolini en los años 20 y el Movimiento Social Italiano (MSI) en la década de 1970—, incorporó políticos oportunistas de otros partidos.

Pero camuflar los rasgos neofascistas de su partido no elimina la pregunta de cómo hará su gobierno para manejar a su base sin verse afectado por esta. Muchos militantes de FDI han formado parte del MSI, que fue fundado en 1946 por fascistas. El fascismo no fue solo la supresión de la democracia o el antisemitismo. También fue un conjunto de ideas e imaginarios, una serie de políticas discriminatorias, represivas e hipernacionalismo con tintes imperiales.

Sin embargo, hoy las preguntas principales no son si Meloni es neofascista (lo es) o si el fascismo está regresando al poder de la misma manera (no es el caso). La interrogante debería ser cuánto daño puede hacer a Italia y la Unión Europea (UE) una coalición liderada por Meloni. El FDI promueve principalmente la xenofobia y el nacionalismo, el euroescepticismo, el rechazo al islam y la crítica a los derechos LGBTQ+. Por último, pero no menos importante, Meloni lidera a través de un culto mesiánico de valores tradicionales y se presenta como la única representante de la nación y el pueblo. Su lema es: “Soy Giorgia, soy mujer, soy madre, soy italiana, soy cristiana”.

Muchos políticos ultraderechistas o ultranacionalistas como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, la han felicitado. El exasesor de Trump Steve Bannon dijo después de su victoria: “Ella defiende a Dios, a su país y a su familia. Eso no me parece tan radical(...) Eso la convierte en una nacionalista cristiana”. Asimismo, José Antonio Kast, excandidato presidencial de Chile, destacó la defensa que hace Meloni de la “familia”. El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, se enorgulleció de que el eslogan de Meloni fuera el mismo que el suyo en la campaña presidencial en 2018. El partido español de ultraderecha, VOX, tuitéo: “Italia marca el camino de una nueva Europa de naciones libres y soberanas”. El diputado argentino Javier Milei tuiteó que su triunfo implica un “cambio de época”, algo similar a lo que él mismo se atribuyó en las pasadas elecciones de su país.

No sorprende este apoyo de la extrema derecha global. Meloni no es nueva en el escenario internacional. Ha sido una fuerza en el grupo del partido conservador y reformista europeo en el parlamento de la UE. En 2022, recibió una “proclamación” de apoyo del Senado de Texas, debido a su “liderazgo excepcional y(…) a su destacada dedicación para defender los valores conservadores”.

Hay preguntas pendientes sobre la gestión de Meloni si, como se espera, se convierte en primera ministra: ¿cuál será su política con los refugiados? ¿Qué pasaría si la legislación de la UE desafía el “interés nacional” de Italia? ¿Cómo “defenderá la patria” su gabinete en las relaciones internacionales? ¿Cuál será la posición de Italia sobre el incumplimiento de Orban de los principios de la UE sobre antirracismo y libertad? ¿Cómo tratará con Estados Unidos y la UE sobre la invasión rusa a Ucrania, si sus aliados como Berlusconi y Matteo Salvini son cercanos al Kremlin? ¿Qué pasará si sus rabiosas quejas contra la “ideología de género” se traducen en campañas antiLGBTQ+ en las escuelas y la esfera legal?

Esta peculiar situación de un país que parece retroceder en el marco democrático es también el resultado de una legitimación del neofascismo en Italia, de la misma manera que se normalizó el extremismo de Trump en Estados Unidos, especialmente entre los comentaristas conservadores y los principales medios. Lo mismo pasó con Bolsonaro y VOX, o más recientemente con Kast y Milei. Estos movimientos y líderes de extrema derecha están en contra de la democracia, pero se les considera erróneamente actores políticos honestos. No hay duda de que las instituciones italianas sufrirán. Nunca ha sido el caso en la historia del fascismo y el populismo en el poder que la democracia y el pluralismo hayan avanzado con este tipo de políticas. Italia no será una excepción.

Federico Finchelstein es profesor de Historia en The New School en Nueva York y autor del libro ‘Breve historia de la mentira fascista’. Andrea Mammone es profesor de Historia en la Universidad La Sapienza de Roma y autor del libro ‘Transnational Neofascism’.

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