El último recurso de Miguel Blesa

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el del suicidio” (Albert Camus. El Mito de Sísifo)

Según todos los indicios y me refiero a los que resultan de la autopsia practicada en el Instituto de Medicina Legal, Miguel Blesa, expresidente de Caja Madrid, se quitó la vida pegándose un tiro en el pecho con el rifle de su propiedad. Ocurrió anteayer, en la finca Puerto del Toro, término municipal de Villanueva del Rey, partido judicial de Peñarroya-Pueblonuevo, provincia de Córdoba.

En mi juventud se decía que la tendencia al suicidio aumentaba con la edad, que los hombres se suicidaban más que las mujeres, que los solteros lo hacían más que los casados y que los intelectuales se suicidaban más que los que no lo eran. No sé que habría de cierto en ello, pero lo que si sé es que hoy las cifras son aterradoras. Según un informe del Centro de Control y Prevención de Enfermedades, en Estados Unidos, cada 15 minutos una persona se quita la vida y muchas otras piensan en la posibilidad de hacerlo. Otros estudios aseguran que cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo. Eso supone unas 800.000 al año y una media de 11,4 por cada 100.000 habitantes. En España lo hacen entre 9 y 10 personas al día.

¿Por qué se suicida la gente? ¿Por qué se ha matado Miguel Blesa? ¿Por qué un colega mío, juez de profesión, se quitó la vida hace ahora 10 años? ¿Por qué en 2015 un buen amigo periodista hizo lo propio? ¿Qué pasa por la cabeza de estas personas antes de llevar a cabo tan luctuoso acto? La respuesta a estas interrogantes está en que, al parecer, en el 90% de los casos existe algún tipo de trastorno psiquiátrico, la mayor parte de las veces, una depresión y el 10% restante obedece a un factor existencial que hace que la persona en cuestión vea en el suicidio la única manera de poner fin a sus problemas. En Psicología Clínica, salvo el natural margen de error, se da por hecho que en gran parte de los suicidios concurren dos factores: depresión e impulsividad.

“Nadie que es feliz se suicida”, nos dice la psiquiatra Carmen Tejedor, especialista en la materia. “Quien se suicida siempre es una persona con dolor físico o moral, que no ve salida y se le hace insoportable”. Sostiene, además, que el suicidio no es una decisión racional. “Para ser libre hay que tener un equilibrio emocional, pero el que se suicida es que no tiene otra solución, luego no hay libertad”, concluye. Otros expertos en Psicología defienden la tesis de que detrás de cada suicida hay un drama, y en especial una historia que a todos nos estremecería, lo que me lleva a pensar si para algunos la muerte no es el reverso de todo y no sólo el de la vida, que puede ser saludable, pero también llena de dolor.

Sea lo que fuere, a todos nos duele imaginarnos a alguien camino de la muerte puesto que el auténtico lugar del hombre es la vida. El suicidio, hasta el último instante de la decisión, jamás pasa de ser una mera hipótesis no siempre bien calculada. El suicidio es una locura transitoria. No me refiero a trastornos momentáneos o pasajeros. Es temporal en tanto que se trata de un simple movimiento del tiempo que acaba, por fuerza, en la victoria de la muerte. Los griegos eran conscientes de cómo la absoluta racionalidad habría de llevarnos de forma necesaria a precipitar lo que de todas formas es inevitable. Son malos tiempos aquellos en los que la gente decide despedirse de esta tierra que, por un motivo u otro, no les resultó hospitalaria. Para mí tengo que quien se quita la vida, de paso supera el temor a la muerte. La historia fagocita a los muertos para poder seguir haciéndose y escribiéndose. Lo único que puede dar miedo de la muerte es su ulterior misterio, la ignorancia de qué es lo que va a ser de nosotros y nuestras pretensiones, mientras descubrimos el ignorado paisaje que nadie nos ha descrito nunca con fidelidad suficiente. Los hombres somos los dueños del tiempo, pero jamás hemos sabido administrarlo.

Aparte de la tristeza, la desgraciada muerte de Miguel Blesa me refresca las dudas que siempre han existido acerca de su ilicitud. Cicerón decía que Dios prohíbe partir de este mundo sin su consentimiento y, en la misma dirección, Shakespeare se pregunta si es verdaderamente un crimen precipitarse en la secreta morada de la muerte, antes de que venga a nosotros.

Por su parte, la Iglesia considera pecado saludar a la muerte sin que te la presenten, cosa con la que estoy en absoluto desacuerdo. No digamos con quienes sostienen que el suicida se va de cabeza al infierno, pues habrá casos en que éste produzca menos espanto que la vida. Porque no le demos más vueltas. Hay suicidas para quienes la muerte es la espita por donde huye el contaminado aire a presión que convierte la vida en muerte, avisando de su cruel presencia. La muerte del que teme a la vida es el dramático ¡apaga y vámonos!, que no suele ser entendido por casi nadie y que, sin embargo, ahí está con su última razón que tan sólo un hombre o una mujer entienden, aunque no sepan que, en el fondo, la muerte es un mar tenebroso de olas sin memoria y galernas de profundo silencio.

Todo se llena de tortuosas interrogantes cuando el ser humano muere a voluntad y a contrapelo de la ley natural. No obstante, se me ocurre si acaso la esquela mortuoria de Miguel Blesa no podría ir encabezada por estos impresionantes versos de Lope de Vega:

No hay vida como la muerte
Para el que vive muriendo

La muerte no es un misterio insondable. La muerte es la cruz: la cruz de todo y no sólo de la vida, que puede ser placentera y saludable, pero que a veces duele como ni la muerte duele. Incluso hay supuestos en que la muerte no es el envés de la vida, sino el borrón y cuenta nueva que mancha el recuerdo del haber y del debe de los gozos y las amarguras. La imagen del suicida se torna, cada una a su velocidad, en fantasmagórica y termina por diluirse.

Con el cuerpo muerto y todavía caliente de Miguel Blesa y de tantos migueles blesas se agotan los adjetivos y pierden densidad y hasta significado las palabras. Con cada suicida aún por enterrar, se consumen las frases rituales. Todos los muertos son iguales, se dice, pero esto no siempre es verdad del todo, puesto que la muerte no es sino el denominador común de la cruel evidencia de que a un hombre ha dejado de latirle el corazón. No es lo mismo morir de viejo y dulcemente, lo que pudiera ser incluso una bendición, que morir violentamente, lo que quizá pudiera tomarse como una venganza del diablo contra el hombre que se le resiste. No es lo mismo morir deseando que alguien nos cierre los ojos, que morir sin tiempo de pensarlo siquiera.

A mí el sentimiento que me produce el suicidio de Miguel Blesa, a quien únicamente conocía de haber saludado en una de las sesiones del juicio por el asunto de las tarjetas de Caja Madrid, es el de una enorme pena porque con su muerte demuestra que no podía con la vida y que era un derrotado prematuro. También porque resulta desolador ver que en esta España de nuestros pecados todavía hay gente que con rencorosa desvergüenza goza haciendo leña del árbol caído. Ya dijo alguien que a los perdedores se les asesina y a los desahuciados se les desprecia. Descanse en paz Miguel Blesa al que muchos dejaron solo antes de ocupar una plaza en el tanatorio de Las Quemadas, lugar en el que todo terminará oliendo a olvido, que es la corteza de la soledad.

Decía que descanse en paz Miguel Blesa, aquél hombre que desde joven se las prometía muy felices, pero que no encontró la felicidad, esa conveniencia del vencedor y esa necesidad del vencido. Es triste ver como un hombre puede sentirse degollado por el abandono. Y descansen en paz también quienes ante el suicidio de Miguel Blesa y para el buen concierto de sus respiraciones y digestiones, sientan algún que otro remordimiento.

Javier Gómez de Liaño es abogado, juez en excedencia y consejero de EL ESPAÑOL.

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