El último traje (según Shakespeare)

No es fácil describir la súbita alegría del importante miembro del Gobierno con quien almorcé el miércoles. Las pupilas de sus ojos emitían destellos chispeantes, la sonrisa se le ensanchaba buscando las orejas y los dedos se le hacían huéspedes en pos de los mensajes de móvil que desde la sede del PSOE valenciano le informaban puntualmente de la progresión de Camps hacia el acantilado de su indignidad.

Inmediatamente antes de recibirme a su mesa había hablado con Zapatero y Rubalcaba y un rayo de luz se abría de repente paso entre su cielo entoldado. Después de la masacre electoral del 22-M y de estas humillantes semanas batiéndose en retirada, el PSOE había encontrado al fin un argumento letal, quien sabe si toda una killer application, para pasar al contraataque. Porque si Rajoy había convencido a Camps de que se declarara culpable para eludir la propaganda adversa del juicio de los trajes en plena campaña de las generales, eso no sólo significaba que -como acababa de enfatizar EL MUNDO- la Comunidad Valenciana pasaba a tener un «Molt honorable mentiroso y delincuente», sino que el propio Rajoy había engañado a los españoles al proclamarle una y otra vez inocente a sabiendas de que no lo era.

Mi interlocutor, curtido en mil lizas electorales, se frotaba literalmente las manos, ensayando ante mí los argumentos del próximo mitin. Rajoy se erigía así como un amo despótico suplantando a los tribunales en el trance de impartir justicia. Camps había sido inocente hasta el mismo momento en que Rajoy había decidido lo contrario. El líder del PP era un cínico egoísta empeñado en defender lo indefendible hasta el mismo momento en que había dejado de convenirle. Ni la dignidad de los valencianos, ni los intereses de los españoles le importaban un bledo. Su ambición ciega por llegar a La Moncloa arrumbaba cualquier otra consideración y lo que estaba ocurriendo con Camps no era sino el último ejemplo. «Me apuesto lo que quieras a que en estas circunstancias no se atreve a debatir con Alfredo».

Además estaban los suculentos efectos colaterales. «Supongo que si Ricardo Costa se declara culpable en el sumario de los trajes también lo hará en el de la financiación ilegal del partido… ¿O es que va a hacernos creer que al negarlo todo ha mentido en lo uno y ha dicho la verdad en lo otro?». La imagen de la cúpula del PP valenciano condenada por aplicar las técnicas de extorsión de Filesa a través de El Bigotes y su clan encandilaba ya al eufórico ministro cuando le llegó el mensaje de que Camps acababa de abortar su peregrinación a los juzgados, ordenando a su abogado retirar el escrito por el que se aquietaba en una ominosa sentencia de conformidad.

En un primer momento mi interlocutor vio en ello la exasperación del conflicto: Camps desafiaba a Rajoy y se atrincheraba en la Generalitat, después de que dos de sus colaboradores ya le habían dejado en evidencia, al reconocer ante el juez que les regalaban los trajes. El ministro levitaba. Yo no lo veía tan claro y menos cuando supimos que el aún presidente acababa de anunciar una inesperada comparecencia para las cinco de la tarde. Nos despedimos con la incertidumbre flotando en el ambiente pero en su última mirada ya no afloraba el instinto del cazador enfilando a su presa sino el temor a verla desvanecerse entre la bruma.

Así fue. Todo había sucedido en Valencia tan embarulladamente como los demás actos del drama desde que Camps se metió en el lío de los trajes, dejándose llevar por lo que Rita Barberá acaba de definir como su «bonhomía» y cualquier observador neutral tildaría como mínimo de estupidez. Pero al final, quien osara comparar hace dos años ante las Cortes Valencianas su resistencia con la de Churchill, comprendió, en un imprevisto brote de realismo, que si trataba de evitar la dimisión mediante la indignidad de declararse culpable, se quedaría para siempre con la indignidad y no evitaría la dimisión.

Es imposible saber en qué medida fue la última conversación telefónica con Rajoy la que le sacó de su error. Pero es obvio que la negativa del líder del PP a garantizarle su apoyo para seguir en la Generalitat bajo el baldón de haber admitido el cohecho impropio y la sombra del artículo de los Estatutos del PP que impone la expulsión de todo condenado por delito doloso, precipitaron el desenlace.

¿Era ya consciente Camps en el momento de su patética comparecencia final de que, cual burlador burlado, había caído en la trampa urdida por Federico Trillo y Juan Cotino con la santa desvergüenza de los mejores agentes dobles? Probablemente sí porque sólo el shock intenso de quien descubre que se le ha tendido una celada cuando ya es demasiado tarde y sólo queda cubrirse el rostro con la toga para expirar con dignidad sobre la silla curul, explica su risa floja mientras se declaraba «harto» de que los logros de la Comunidad Valenciana quedaran relegados en los medios de comunicación por los de su sastre.

Fue en todo caso su insistencia en replicar a nuestro editorial y aferrarse en términos de conducta y empeño a su condición de «Molt Honorable» lo que me llevó a rebobinar su comparecencia, quitándole el sonido y poniendo en su boca las palabras que realmente Camps quería pronunciar. En primer lugar para describir la dimensión de su «sacrificio» en el momento de la inmolación:

«Retiro de mi cabeza este peso abrumador, de mi mano este cetro incómodo, de mi corazón este orgullo real; lavo el óleo que me ha consagrado con mis propias lágrimas; entrego mi corona con mis propias manos; anulo mi poder sagrado con mi propia lengua; asiento con mi propio hálito todos los juramentos de obediencia; abjuro toda pompa y toda majestad…»

Pero sobre todo para explicar el motivo profundo de su rectificación in extremis:

«Tú mandas en mi vida pero no en mi honra; mi deber es consagrarte la una, pero mi buen renombre, que a despecho de la muerte me sobrevivirá en la tumba, no tienes poder para arrojarlo al negro deshonor».

Aunque el destinatario final de unas y otras palabras sea obviamente Rajoy, nadie como Trillo para calibrar su significado y trascendencia pues ambas citas de Ricardo II figuran en las páginas 128 y 374 de su libro El Poder Político en los Dramas de Shakespeare. En el primer caso es el propio rey derrocado el que habla; en el segundo, Mowbray, duque de Norfolk, negándose a admitir su culpabilidad.

¿Cuál ha sido el papel del propio Trillo, instalado en la vivienda de Camps, acampando como enviado de Rajoy y hermano en la fe, en el sancta sanctorum de su conciencia moral? Sin duda el del obispo de Carlisle cuando se dirige al monarca tambaleante: «No temáis, milord: la potestad que os hizo rey, tiene potestad para conservaros rey a despecho de todo» (pag. 149).

Ese fue el mecanismo del autoengaño inducido que llevó a Camps a creerse invulnerable, blindado frente a cualquier eventualidad por el respaldo de Rajoy: «El soplo de los simples mortales no puede desposeer al diputado elegido por Dios… que opone a favor de su Ricardo uno de sus ángeles gloriosos… Sólo la mano de Dios puede desposeernos de nuestra lugartenencia…» (pag. 152).

El problema es que Camps creía estar alojando al ángel de la guardia y tenía en casa al ángel exterminador. Tras casi dos años en los que había permanecido instalado en esa «magistral inactividad» que en tiempos de Shakespeare se atribuía a la reina Isabel (pag. 120), el líder del PP había llegado a la correcta conclusión de que, una vez consumada la acusación del juez Flors, su apoyo a Camps se convertía no sólo en un peligro para él sino en un impuesto injusto sobre las bases del PP y en un obstáculo intolerable para la alternancia democrática. Había que removerlo, pero debía hacerse, como siempre, a modiño.

Rosa Estarás recordaba el otro día su mezcla de estupefacción y espanto cuando tuvo que asistir en los albores de su carrera política a la fulminante decapitación de Gabriel Cañellas por Aznar en una implacable secuencia de apenas 48 horas. Con un liderazgo mucho menos asentado que el que actualmente detenta Rajoy, aquel bisoño jovenzuelo del bigote se zumbó a uno de los dos únicos presidentes autonómicos que tenía el PP mientras literalmente se fumaba un puro. Muy poco antes yo había coincidido con ambos en el AVE de vuelta de Sevilla tras la boda de la Infanta Elena. Eramos los únicos pasajeros en aquel vagón y Aznar se instaló lo más lejos posible de Cañellas sin dirigirle la palabra para que constara su desaprobación a los chanchullos del túnel de Soller, de mucho menor calado sin duda que los de la Gürtel.

Nada que ver con este otro modelo de solución de conflictos. Rajoy ha mantenido a Camps durante estos dos años oscilando entre el sí pero no y el no pero sí. Aunque en privado le mandaba mensajes crípticos, en público no dejaba de respaldarle -«No voy a liquidar la carrera política de nadie por tres trajes», me dijo en febrero en Veo7- y Camps sólo escuchaba lo que le interesaba oír. Hasta que llegó su hora.

El último traje de Camps ha sido su mortaja pero se equivoca gravemente Trillo al pavonearse de haberle tomado las medidas como aquellos enterradores del Far West siempre prestos para la ocasión cuando se mascaba la tragedia. Su gira del día siguiente de emisora en emisora evocaba también la tarjeta de visita de Harvey Keitel en Pulp Fiction: «Soy el señor Lobo. Soluciono problemas». O incluso el momento en que el hijo mayor de Tito Andrónico le informa de la ejecución de uno de sus enemigos en un pasaje que el ex ministro de Defensa olvidó consignar en su suculento libro: «Mirad, padre y señor, como hemos cumplido nuestros ritos romanos. Los miembros de Alarbo han sido cercenados y sus entrañas alimentan el fuego del sacrificio, cuyo humo perfuma el cielo como incienso».

El riesgo de Trillo que, por cierto, se negó a entregar su acta de diputado como hubiera sido pertinente cuando su subordinado el general Navarro fue condenado por las falsas identificaciones de las víctimas del Yak, reside en el hecho de que Rajoy no puede quedar tampoco como el jefe inhumano que ordena acabar con quien se interponía en su camino hacia el poder. Suele decir que él también «tiene corazón» y no me extrañaría que cualquier día hiciera suyas las palabras que Enrique IV dirige a aquel a quien encargó ejecutar a su antecesor:

«Aunque le desease muerto, odio al asesino y amo al asesinado. Recibe por tu trabajo los remordimientos de tu conciencia… Ve a errar con Caín a través de la sombra de la noche y no muestres jamás la cabeza al día ni a la luz» (pag. 305).

Pero no adelantemos acontecimientos. Para el PP bien está lo que bien acaba. Camps nunca debió ser candidato a la reelección. Sin embargo ahora ha pagado cumplidamente por sus errores políticos declinando un cargo por el que tanta fascinación y apego sentía. Eso implica que la presión ha cambiado ya de bando, los sitiadores se han convertido en sitiados y a mi anfitrión del miércoles, que tan felices se las prometía, debieron atragantársele enseguida las lentillas. Seguro que a estas alturas el PSOE del Faisán y de los ERE estará ya arrepentido de haber convertido la exigencia de dimisión de Camps en el eje principal de su acoso al PP. Y eso que solo yo escuché al aún presidente valenciano musitar las últimas palabras que Mortimer conde de March dirige antes de morir al bando contrario en una reciente versión libre de Enrique IV:

«Ese es el peligro de remover la tierra; amigo y enemigo están tan enraizados, que cuando arrancas el cuerpo de un adversario detrás siempre desentierras el de un amigo».

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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