El único comunismo que funciona es el mormón

Peregrinos van a la iglesia, de George Henry Boughton (1867).
Peregrinos van a la iglesia, de George Henry Boughton (1867).

Algunos individuos siguen creyendo en la validez de una idea por más que esta falle. Así, de un modo muy insistente, parten de una teoría más o menos sólida, con más o menos sentido, y creen que el mundo fracasa cuando lo que fracasa es esa idea. ¿Cómo no ha podido funcionar si la idea era buena? El mundo falla. Pues cambiemos el mundo.

Ese es el proceso intelectual de quienes evitan contrastar sus marcos mentales con la realidad.

Nos fijamos más en las grandes derrotas porque confundimos la Historia con el mundo de las melancolías y los anhelos frustrados. A los fracasos siempre les queda bien la épica. Unos celebran en Barcelona a los Borbones que los derrotaron. Otros celebran las picas que hubo que recoger en Flandes.

Y luego están los que celebran los grandes reveses ideológicos. Como la caída de la Unión Soviética. O como una Cuba que dice tener los mejores médicos del mundo, aunque muchos prefieran la clínica Ruber. Incluida la ministra Carmen Calvo.

A finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX hubo pequeñas comunidades en los Estados Unidos que se formaron de un modo espontáneo para trabajar la tierra y establecerse como una suerte de hippies contestatarios. Su pietismo religioso les hizo aislarse y relacionarse de forma endogámica.

¿Por qué funcionaron? ¿Cuál fue la clave de su éxito?

Para conocer el motivo de su pervivencia pacífica y hasta cierto punto olvidada hay que prestar atención al vasto territorio del Nuevo Mundo. Este enorme espacio, unido a unas míseras redes de comunicación, generó la necesidad de establecer un orden en la producción y la gestión de los recursos al mismo tiempo que se preservaba la fe, ya fuera en su variante puritana, cuáquera o shaker (una escisión de los cuáqueros).

Su éxito sutil, menos violento que el soviético, no estaba desligado del fervor religioso. Como norte del paraíso en esta tierra, y con un espíritu laborioso distinto al de los países católicos, la tendencia de estas comunidades era aislacionista. Sólo querían que les dejasen en paz.

La pasión por el trabajo hizo de ellos los primeros workaholics, ya que su afán era la producción y no el control político de sus sociedades.

En el segundo volumen de Los enemigos del comercio, Antonio Escohotado escribe sobre estos comunistas instrumentales: “En Norteamérica, ese rasgo genérico se eleva a diferencia específica gracias a la propia diversidad y amplitud del experimento colectivista, pues en ningún país van a ser las comunas tan abundantes, duraderas y fructíferas”.

A pesar de su éxito social y económico, y de la ausencia de tomas de palacios de invierno o de bastillas, durante la génesis y el desarrollo de estas comunas siempre hubo alguna cabeza carismática que ejercía de líder, de gurú o de maestro.

Estos jefes espirituales preservaban la jerarquía y eran el núcleo ideológico de cada secta. Porque, no lo olvidemos, se trataba de sectas religiosas cuya misión era hallar el camino de la Gracia de Dios.

No obstante, su idea de Dios era bien distinta a la del dictador del proletariado. Su predisposición pacífica y su prosperidad se sostuvieron gracias a lo reducido de sus comunidades (aunque hubiese alguna comuna más o menos grande), a su carácter manufacturero y al trabajo con las materias primas. Las comunidades más longevas tenían una estructura más propia de una empresa que de un Estado.

Lo que aseguró esa paz y esa supervivencia fue, precisamente, su estructura empresarial, por más que esa idea provoque rechazo en aquellos que idolatran la hoz y el martillo. Fueron la inversión progresiva y el trabajo constante los que permitieron la inaudita perdurabilidad de las comunas.

La Unión Soviética sobrevivió durante unos 80 años. La sociedad Amana aún pervive en Iowa, proclamando su teosofía (y el pacifismo).

Resulta evidente por qué se conoce una más que otra. La primera era una apisonadora de hombres. La segunda, una corporación empresarial religiosa.

Esta no es un proyecto totalitario que pretende convencer a todos mediante la propaganda o con las armas. Es sólo un colectivo que desea aislarse. Tendrá sus profetas y líderes místicos, pero entre ellos no se hallan un Karl Marx o un Lenin.

Para que el comunismo funcione se necesita prescindir de toda la carga retórica. De mamotretos capitales. Y se tienen que invertir los términos de la carga del trabajo: actuar antes que pontificar.

También debe tirarse al monte. Y no para pegar tiros, precisamente. Allí encontrará el comunismo algún latifundio que labrar o donde montar una empresa (¡oh!).

Antes de seguir intentando meter los dedos en el enchufe porque la idea debe ser buena (aunque siempre se ha ejecutado mal), toca darse una vuelta por la Historia para ver por qué unos, en la sombra, parten de un comunismo instrumental y se convierten en una suerte de empresa de éxito, mientras otros, con camisetas del Che, siguen creyendo en un engendro mastodóntico que somete por la fuerza a quienes no quieren participar de su comunidad.

Santiago Molina es periodista.

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