El uso oportunista de Sadam y el silencio cómplice

Por Gema Martín Muñoz, profesora de Sociología del Mundo Árabe e Islámico de la Universidad Autónoma de Madrid. Es autora del libro de próxima aparición Irak, un fracaso de Occidente, Tusquets (EL PAÍS, 21/03/03):

Ante la contemplación impotente de la invasión militar norteamericana de Irak ejercida al margen de la ley internacional creo que el “deber de memoria” nos exige recordar que lo que ocurre hoy es el resultado de 12 años de pasividad cómplice de la ONU con la política ilegítima e interesada de EE UU con respecto a esta cuestión. El signo de su inacción de ayer es la razón de su fracaso de hoy.

Aunque se sabía que la vinculación unilateral que desde 1991 han establecido las tres sucesivas administraciones norteamericanas entre el mantenimiento de las sanciones y el derrocamiento de Sadam Husein traicionaba el espíritu de las resoluciones de la ONU y obstruía el buen cumplimiento de su misión, nadie desautorizó a Washington ni le recordó que el objetivo era el desarme y no derrocar regímenes. Durante 12 años se ha observado pasivamente cómo, en contra de lo establecido por la ONU, EE UU bloqueaba sistemáticamente cualquier aligeramiento de las sanciones condicionándolo a la desaparición de Sadam Husein, lo cual no sólo debilitaba la cooperación del Gobierno iraquí, sino que mostraba claramente que Estados Unidos tenía más interés en conseguir que éste no cumpliese, para utilizarlo como casus belli, que en la buena marcha del desarme (de ahí el ejercicio continuado de provocaciones, bombardeos que violan la ley internacional, de exigencias cada vez más draconianas, de la utilización del equipo de inspectores de la Unscom como servicio de espionaje norteamericano e israelí, del menosprecio de los informes de los inspectores que indicaban progresos en el desarme…). Se ha consentido que EE UU, con el Reino Unido a su lado, violase la ley internacional, tanto imponiendo zonas de exclusión aérea en el norte y sur de Irak como llevando a cabo una campaña sistemática de bombardeos en esas zonas que fueron la causa de que desde 1999 el Gobierno iraquí rechazase la vuelta de los inspectores. Asimismo, Washington ha estado financiando y apoyando a la oposición política y armada iraquí al margen del Consejo de Seguridad. Ese mismo Consejo de Seguridad ha mostrado un comportamiento inhumano ante la contemplación de la catástrofe humana de dimensiones genocidas que la imposición norteamericana de mantener las sanciones más severas de la historia reciente han provocado entre la población civil iraquí. Y mientras sabía esto, ha permitido que se difundiese sin crítica el guión fabricado por Washington para imponer su criterio en el mundo a base de deshumanizar la cuestión iraquí, marginando de la información los efectos de las sanciones sobre la población civil e identificando todo Irak con la persona de Sadam Husein. La pasividad de las opiniones públicas occidentales durante los años pasados ha estado profundamente relacionada con la creación de un subconsciente que, a través de una información que sobre todo se ha inspirado en fuentes oficiales norteamericanas, ha identificado a Irak con 23 millones de Sadam Husein. Todo lo que se hiciese a Irak se le hacía a él.

Y, finalmente, pero de extrema importancia, se ha consentido el incumplimiento del párrafo 14 de la resolución 687 del Consejo de Seguridad que vincula claramente el desarme de Irak a la necesidad de hacer de Oriente Próximo “una zona libre de armas nucleares y de destrucción masiva”. La contravención de este principio, establecido por la ONU, ha llegado a tal punto que se ha permitido que, por el contrario, EE UU convirtiese esa región desde 1991 en la más armada del planeta, para gran beneficio de su industria armamentística y su expansión militar en Oriente Próximo. Y mientras protegía a su aliado israelí para que quedase al margen de los controles del Tratado de No Proliferación Nuclear, lo que inevitablemente alimenta, por un lado, la carrera armamentista de los países de la región buscando el equilibrio estratégico con Israel; y, por otro, su reticencia a asumir la prohibición de armas no convencionales definiéndolas como el arma nuclear del pobre.

De ahí que sea pueril tratar de defender que el desarme de Sadam Husein es un antídoto para el problema de las armas de destrucción masiva. Como tampoco el tan cacareado “cambio de régimen” en Irak resolverá dicho problema. Aquellos que dicen que ningún régimen iraquí haría lo mismo que Sadam Husein e incluso pretenden creerse que lo que va a venir va a ser un régimen democrático bajo palio norteamericano, deberían reconsiderar su opinión, porque la cuestión de las armas en Oriente Próximo sobrepasa la divisoria entre dictadura o democracia. ¿Por qué un Irak democrático iba a tener menos necesidad de armas de destrucción masiva que un Gobierno elegido democráticamente en Israel?

Que no ofendan nuestra inteligencia. Si de veras se trata de resolver los trágicos problemas del Oriente Próximo, lo que hay que hacer es acabar con lo que exactamente ha estado haciendo EE UU en estos 12 últimos años: la lógica armamentística que caracteriza esta turbulenta región y que alimenta las amenazas, y, en respuesta, los riesgos de acción militar. Y comenzar a modificar esa situación exige la resolución del conflicto palestino-israelí de acuerdo con los criterios que establece la ley internacional en lo relativo a la ocupación ilegal e ilegítima de tipo colonial que ha impuesto Israel desde hace décadas, violando toda la normativa mundial. Sin embargo, la incompetencia y pusilanimidad de la comunidad internacional al respecto ha sido vergonzosa e inmoral, mientras concentraba toda su capacidad de coerción en Irak. Sobre todas estas determinantes cuestiones el nuevo proyecto americano de Oriente Próximo no ha dicho absolutamente nada. ¿Cómo va a resolver ese proyecto americano de paz, desarrollo y democracia la contradicción que existe en todos esos países de la región que, lastrados por ingentes presupuestos militares, están reduciendo drásticamente sus presupuestos sociales cuando la situación precaria de su sanidad, vivienda, empleo, sistema educativo lo que exige es una cantidad inmensa de miles de millones de dólares para sacar a sus sociedades del elevado índice de subdesarrollo que padecen?

Por otro lado, la política americana con respecto a la democracia y los derechos humanos en Irak y Oriente Próximo carece de toda credibilidad: EE UU continuó dando apoyo militar, económico y diplomático a Sadam Husein en los momentos en que cometió las peores violaciones de derechos humanos (quizá por eso se sintió más libre para usar brutalmente la represión); y la actual política norteamericana se basa en reprochar al régimen iraquí sus violaciones mientras apoya a otros regímenes de la región que violan de manera intensiva los derechos humanos (y no piensen sólo en las dictaduras árabes, sino también en Israel). Todo ello pone profundamente en duda la existencia de un plan convincente sobre lo que EE UU va a hacer tras la invasión militar.

La situación actual es el resultado de la relación de fuerzas entre quien ha decidido alcanzar definitivamente su objetivo de dominación sobre Irak a través de la fuerza indiscriminada y la agresión, para su exclusivo beneficio y el de Israel, y quienes se dan cuenta, con un dramático retraso, de que la política norteamericana en esta región les ha excluido y ha potenciado la globalización de la violencia y la inestabilidad a través de la lógica armamentística, la protección de regímenes dictatoriales (con la sola excepción de Irak) y la instalación de protectorados militares.

Pero lo que va a ser un éxito militar inmediato, a medio plazo será un fracaso político de gran alcance regional y mundial. En el fondo, la política norteamericana en Oriente Próximo es una historia de fracasos: fracasó con el Egipto de Naser, fracasó en Líbano, fracasó en Irán, ha fracasado en el proceso de paz palestino-israelí y ahora va a fracasar en Irak. Y cada uno de esos fracasos ha abierto las puertas a la violencia.

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