El valor de Ciudadanos: el gozne, la cuña y un decálogo para salvar España

Valor se puede tener por valiente o por valioso. Ciudadanos demostró que puede ser por ambos a la vez cuando logró atraer y dar esperanza a muchísimos españoles por su firmeza y acierto en dos grandes causas: combatir el nacionalismo y ofrecer una agenda reformista. Ambas exigían romper el marco conservador de un bipartidismo acostumbrado a desempatar recurriendo al nacionalismo.

El 10-N, la nostalgia franquista volvió azuzada tanto por quienes anhelan al dictador como por aquellos de “contra Franco vivíamos mejor”. Se exacerbó la polarización y dos millones de votos se alejaron de Ciudadanos, que bajó a 1.640.000 votos –el doble que los de Esquerra– que la ley electoral transforma en solo diez escaños pero que pueden seguir siendo determinantes.

Ciudadanos solo podría votar afirmativamente en una investidura de un gobierno que apostase y diese garantías para las dos grandes causas indicadas. Por eso, lo más deseable, tal como ha propuesto Arrimadas, es construir la gobernabilidad con los 221 escaños de los partidos que hasta ahora no habían cuestionado los valores constitucionales ni por un extremo ni por otro. Ciudadanos no tendría ninguna palanca para reclamar cuota de poder porque los escaños de PSOE y PP bastarían pero se ofrece responsablemente para servir de gozne.

Sin embargo, Sánchez como Casado han reiterado no tener ninguna intención de explorarla. El PP está intimidado por la pujanza de Vox, aunque eso se debe precisamente a que desde 2015 hay un gobierno pactando con los independentistas. Y el PSOE porque en su carrera por competir en todo con Podemos ha terminado de convertirse en el PSC para toda la España plurinacional.

Sánchez demostró en la moción de censura que mentía cuando decía no estar dispuesto a llegar a la Moncloa con los votos del independentismo incluso el filoetarra, pero luego el tacticismo de las luchas internas entre unos independentistas en pleno juicio al procés ofrecieron a Sánchez la oportunidad de convocar unas elecciones invocando su voluntad de no depender de los separatistas.

Sin embargo, tras el 28-A el PSOE no hizo ni un gesto hacia el entendimiento con Ciudadanos. Mientras que Rivera demostró su honor asumiendo su importante bajada (porque su gesto tardío hacia el PSOE no había sido entendido por los votantes), Sánchez e Iglesias que también habían perdido apoyo se abrazaron como boxeadores noqueados en una nueva vuelta del cinismo del socialista y la falta de autocrítica del podemita.

Sánchez aún pretende que preferiría no tener que recurrir a los independentistas, pero su apelación a que otros le regalen la investidura es una negación del parlamentarismo. Es una gran falacia decir que de otra manera “no tendría más remedio” que pactar con Esquerra y normalizar a Bildu. Nadie le obliga, podría dejar paso a otro candidato de su partido o apostar por terceras elecciones antes que ceder ni un centímetro a un independentismo que sí deja claro que no facilitará la investidura a cambio de nada.

Así que a nadie le quepa duda: (1) Sánchez prefiere al independentismo y empieza a sacar del PSOE del consenso de 1978, (2) no se trata solo de una intención sino que la investidura supondría ya avanzar en ese sentido. La rápida degradación que se avecina se observa ya en los gestos de buena voluntad con los que intentan animar a Esquerra a negociar: expulsar a la Policía Nacional del centro de Barcelona, no interponer recursos contra los pronunciamientos anticonstitucionales en el Parlamento de Cataluña, el silencio ante la condena por corrupción del PNV… y llegar incluso a humillar a las víctimas de ETA blanqueando a quienes todavía solo condenan aquella violencia “que no era necesaria”.

Permitir a Sánchez gobernar sin ninguna condición a cambio es hacerse cómplice de abrirle la puerta para ir hacia donde ya ha demostrado querer ir. Ciudadanos acierta pues exponiendo la vía 221 como la preferente y rechazando la estafa que plantea Sánchez de que le regalen la investidura (recordemos que Ciudadanos sí condicionó la investidura a Rajoy en 2016 mientras que el PSOE –que no Sánchez, que dimitió por no atreverse a tomar posición– se abstuvo gratis porque lo único que le importaba era una caída electoral).

Pero si PSOE y PP persisten en rechazar la vía 221 –y sin duda muchos españoles tomarán nota–, Ciudadanos aún puede usar útilmente a sus diez diputados como una cuña para intentar romper ese bloque que Sánchez intenta formar con la pseudoizquierda y todos los nacionalismos. Efectivamente, aunque esa sea la voluntad de la dirección socialista y de la amplia mayoría de su militancia, es indudable que hay millones de votantes del PSOE –e incluso una parte de los de Podemos– que la observan con inquietud y que se sienten estafados con lo prometido en campaña de no acercarse al independentismo.

Lo único que realmente puede frenar a Sánchez e Iglesias (también Errejón se refiere a pactar con independentistas como “que las cosas salgan bien”) es un paso al frente (sin los dos p’atrás de los lambanes, varas o pages, que hacen declaraciones gruesas pero luego callan en los órganos del PSOE) de personas significadas de la genuina izquierda que no acepta convertirse en una pseudoizquierda plurinacional. Muchos de ellos están muy intoxicados por décadas de bipartidismo como para aceptar una gran coalición que incluya al PP pero sí se atreverían a expresar su preferencia por otras posibilidades que permitan arrinconar al separatismo, y ahí es donde entra la cuña de Ciudadanos con dos posibles resultados.

El primero es ofrecer un gobierno de coalición entre PSOE y Ciudadanos, tomando como programa el Pacto del Abrazo que firmaron en 2016. A los 130 votos de ambos partidos les bastaría con la abstención del PP y Navarra Suma y podrían tener en contra a todos los nacionalismos, regionalismos y populismos de ambos signos.

En este caso, el PP podría argumentar frente a Vox que su abstención ha facilitado cambiar a Podemos por Ciudadanos en el gobierno. Cierto es que la investidura consiste solo en elegir un presidente del gobierno –ni un programa ni los ministros que lo acompañarán– y que Sánchez bien podría volverse una vez más sobre sus promesas, pero esto le sería mucho más difícil si ya se hubiera movilizado esa parte del PSOE hoy asustada pero inactiva.

Por último, es posible que el síndrome de Estocolmo del actual PSOE con el podemismo (lo único sueco que tienen, de socialdemócratas casi no queda nada) les haga preferir tirar a España por la ventana, a ver si hay suerte y no se mata, antes que renunciar a un programa cuasicomunista. Ese gobierno de coalición que buscan no sería de progreso sino de retroceso porque vendría a empobrecer nuestro Estado del bienestar con medidas que lo harían menos sostenible a corto plazo y más aún para las generaciones futuras. La agenda reformista tendría pues que esperar aunque para los veinte millones de españoles para los que Ciudadanos gobierna en diversas comunidades autónomas se podría seguir trabajando por ofrecer los mejores servicios públicos, luchando por la igualdad de oportunidades y favoreciendo el desarrollo económico.

No obstante, incluso en esas condiciones aún podría Ciudadanos meter una cuña para evitar el bloque Frankenstein, priorizando el combate contra el nacionalismo frente a la agenda reformista, al tratarse de una causa más importante (sin unidad de España no hay igualdad entre españoles), más urgente (dado lo cerca del precipicio que Sánchez ha puesto ya la Constitución de 1978) y donde los daños pueden ser irreversibles.

Ciudadanos podría ofrecer una abstención a un gobierno de coalición entre PSOE y Podemos si aceptaran unas rigurosas condiciones de respeto a los fundamentos constitucionales. Obviamente, esas condiciones serían papel mojado si solo fueran Sánchez e Iglesias quienes tuvieran que comprometerse, pero una vez más se trata de ver si el PSOE de siempre es capaz de resucitar y ejercer un contrapoder efectivo en un partido reducido hoy a una plataforma electoralista.

Las condiciones que con valentía y valía podría exponer Ciudadanos para esa abstención podrían tomar la forma del siguiente decálogo:

1. Respetar a las Cortes y los parlamentos autonómicos, sin usurpar sus funciones con mesas ni relatores.

2. Reconocer el esfuerzo extraordinario de jueces, fiscales, policías, guardias civiles y otros funcionarios en Cataluña que defienden el Estado de Derecho y las libertades públicas en un clima de presión intolerable desde las instituciones autonómicas.

3. Asegurar que todos los españoles puedan cumplir con su deber de conocer el castellano y su derecho a usarlo: refuerzo de la Alta Inspección Educativa y libertad para elegir la lengua vehicular en la escuela.

4. Recurrir las normas e impedir las vías de hecho que pretenden imponer una lengua autonómica como única oficial.

5. Preservar la neutralidad de las instituciones y la pluralidad política y lingüística en los medios de comunicación públicos.

6. Reforzar la presencia del gobierno de España en todo el territorio: delegaciones del Gobierno, fuerzas de seguridad, RTVE, instituciones culturales…

7. Asegurar el orden público y los derechos individuales, denunciando a quienes desvirtúan el derecho de manifestación impidiendo la libertad de circulación de otros ciudadanos.

8. Prohibir el uso de fondos públicos y la creación de instituciones que promuevan la propaganda independentista en el extranjero. Reforzar el programa de la España Global.

9. Restablecer el tipo penal de convocatoria de referendos ilegales.

10. Establecer la inelegibilidad para cualquier cargo público y la prohibición de percepción de dinero público para los prófugos de la Justicia.

Este ofrecimiento de abstención a PSOE y Podemos si aceptan este decálogo constitucional o condiciones similares forzaría a estos partidos a demostrar si su supuesto programa “social” no es una excusa para desmontar también la Constitución de 1978. En el –ciertamente improbable– supuesto de que aceptaran, no basta con las abstenciones de Ciudadanos, pero la presión se trasladaría entonces al PP, que tendría que explicar por qué preferiría que se hundiera todo en lugar de aceptar un retroceso económico reversible pero salvaguardar al menos las bases constitucionales.

Completando su preferencia por la vía gozne de los 221 (que alcanza incluso los tres quintos de ambas cámaras para ciertas reformas constitucionales) con la disposición a las dos variantes de cuña con las que separar la izquierda constitucional de la pseudoizquierda plurinacional, Ciudadanos demostraría su firmeza y utilidad para evitar a toda costa las cesiones al separatismo que prepara Sánchez. Aunque no lograran romper España, sí podrían hacer desaparecer prácticamente el Estado de ciertas partes del territorio, acabando con la solidaridad territorial y abandonando a su suerte a nuestros compatriotas no nacionalistas que son tratados como ciudadanos de segunda.

La reacción también temible podría ser que la ultraderecha se convirtiera en la fuerza hegemónica en nuestro país. En este momento tan peligroso para España, Ciudadanos sigue teniendo la oportunidad y la obligación de seguir siendo tan valiente como valioso.

Víctor Gómez Frías es afiliado de Ciudadanos y consejero de EL ESPAÑOL.

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