El valor de la ciencia

Decir que los recursos destinados a mejorar nuestro sistema de ciencia no son un gasto sino una inversión se ha convertido en una frase hecha. Aunque no hay nadie que no mantenga esta idea en público o en privado, algo pasa, porque los hechos no terminan de reflejar este teórico acuerdo.

La realidad es tozuda: según el Observatorio Español de I+D, Eurostat y el Banco Mundial, España dedica a la I+D un 1,24% del PIB, frente al 2,02% de la media europea, el 2,79% de EE.UU. o el 3,39% de Japón. Son cifras que deben hacernos reflexionar.

Será que no nos acabamos de convencer de que la ciencia tiene valor, de que verdaderamente vale. Si, como decía Ortega, «las ideas se tienen, en las creencias se está», la sociedad española no acaba de estar en la creencia de que invertir más en ciencia es bueno, necesario y urgente. Pero no se trata sólo de invertir más, antes incluso hay que invertir mejor: dedicando más recursos a mejorar nuestra capacidad de transferencia, y atreviéndonos a priorizar en las áreas más estratégicas. Más dinero es necesario, pero con más dinero no basta.

El valor de la cienciaLa Ciencia española, y muy especialmente su biomedicina, que es el ámbito que desde la Fundación Botín mejor conocemos, tiene un magnífico nivel. Según SCImago Journal & Country Rank, Nature Index y el Observatorio Español de I+D, ocupamos el quinto lugar de Europa y el décimo del mundo en producción científica, tanto en cantidad como en calidad. Y tenemos que estar muy orgullosos de ello, porque trabajo nos ha costado y porque esta realidad contribuye de una forma muy significativa a mejorar nuestra imagen en el mundo.

Pero en lo que aún tenemos mucho por hacer es en aprender a convertir esa cantidad y calidad de ciencia en desarrollo social y económico. No sólo podríamos hacer más, sino que nos debería preocupar más, porque este reto ni siquiera suele formar parte del debate público sobre la ciencia. Nos preocupamos mucho (y está muy bien que lo hagamos) sobre si nuestros científicos se quedan en España o se van, pero no por la riqueza que son capaces de crear si se quedan, o cuando se quedan.

En eso, en transferencia tecnológica, en lograr convertir la ciencia en valor social y económico, nos queda mucho camino por delante. Hemos avanzado mucho y muy rápido en los últimos años, y ya estamos pudiendo comprobar que cuando las cosas se hacen bien los resultados llegan. Ahora hay que continuar en esa línea.

Pero no se trata de echar balones fuera. Buena parte de la culpa la tenemos quienes, desde el propio sistema de ciencia de nuestro país, ni hemos logrado extraer todo el valor que nuestra ciencia puede llegar a tener ni hemos sabido comunicar el valor que sí hemos extraído. Y digo «hemos» porque las instituciones de la sociedad civil somos también parte de este sistema de Ciencia.

Es el momento de dar un paso más y profundizar en nuevos modelos de acción, que ya están mostrando un éxito considerable, para sacar el máximo partido a la calidad de nuestros científicos. Porque las soluciones ya no pueden venir sólo de la Administración pública, ni del sector privado ni del social; esta crisis nos ha enseñado que lograremos responder a los retos sólo si somos capaces de olvidarnos de definiciones y categorías que han perdido buena parte de su significado e imaginamos nuevos modelos de colaboración mutua que nos permitan explorar nuevas formas de convertir el talento en riqueza y desarrollo social. En este caso, para apoyar más a nuestros mejores científicos no sólo para que hagan más y mejor ciencia, sino para que logren –que logremos– convertirla en inversión, en actividad económica y en empleo de calidad.

Pero, además de apostar de verdad por la transferencia tecnológica, tenemos que atrevernos a invertir más en las áreas más estratégicas, en las que somos mejores y que tienen más capacidad de generar riqueza y servir de palanca para transformar el modelo. Y la biomedicina es sin duda una de estas áreas estratégicas que tenemos que priorizar.

The Economist aseguraba ya en 2007 que la Biomedicina será para el siglo XXI lo que la Física representó para el siglo XX. Aunque es demasiado pronto para asegurar si el hecho distintivo de nuestro siglo será el desarrollo biomédico o no, ya es una realidad que esta industria es más rentable que la automoción o que la industria farmacéutica clásica y que, por tanto, merece la pena apostar por ella. Debe ser una apuesta a largo plazo, una apuesta inteligente y una apuesta de todos los actores, públicos y privados, del sistema ciencia y tecnología: universidades, organismos públicos de investigación, parques científico-tecnológicos, fundaciones, empresas, entidades financieras e inversores.

Toca demostrar, por la vía de los hechos, que de verdad nos creemos que merece la pena invertir mejor y más en Ciencia. Que nos creemos que la Ciencia y la I+D son elementos clave para la generación de riqueza y desarrollo social, y que hoy son más importantes para nuestra prosperidad, seguridad, salud, medioambiente o calidad de vida de lo que jamás lo fueron; tenemos que dedicarles más recursos y además seguir trabajando para lograr sacar el máximo partido a cada hora de trabajo y a cada euro invertido en ella: porque es nuestra obligación y porque es una forma muy concreta de contribuir a crear un nuevo modelo productivo sostenible, pero también porque será la manera de convencer a la sociedad de que la inversión que ya se está realizando tiene y genera valor.

Mientras tanto, no dejemos pasar la oportunidad de agradecer el esfuerzo de nuestros científicos y de reconocer su enorme contribución al desarrollo de nuestra sociedad. Sus biografías personales son historias apasionantes de valentía, compromiso y superación de dificultades. Sus vidas deberían servirnos de ejemplo, y aprovechar así el enorme valor didáctico que tienen. Porque, aunque a veces parezca que nos faltan modelos para las nuevas generaciones, en realidad nos sobran.

Javier Botín, presidente de la Fundación Botín.

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