El valor del buen uso del lenguaje

Me cuesta confesarlo (porque habrá quien diga que no merezco el salario que se me paga) pero mi trabajo es fácil. Mis alumnos de la Universidad de Notre Dame son hábiles y bien dispuestos, y colaboran con responsabilidad y hasta con entusiasmo en su propia educación. Dominan lecturas extensas y aprenden enormes cantidades de datos sin reparos. El único problema que tengo es que llegan a la universidad sin saber manejar el lexicón. El lenguaje es un arma brillante que debe empuñarse con confianza y blandirse con audacia, lo que exige al que se defiende con palabras la misma destreza que a uno que se defiende con la violencia, pero en este caso, con un conocimiento perfecto de cada palabra, de su significado normal, de sus perspectivas de convertirse en metáfora, y de lo que la distingue de otras palabras semejantes.

Si mis estudiantes se equivocan, no es por falta de inteligencia, sino por la influencia funesta de la sociedad que les rodea. La vida política y el equilibrio social vienen amenazadas por falta de claridad en el uso del lenguaje. En el aula, los mal entendidos más frecuentes son por el uso de las palabras «factor» – que quiere decir algo que determina un resultado ineludible, pero que a menudo se emplea erróneamente para expresar lo que realmente es una simple influencia o condición- y «evolución», que es un proceso científico que lleva hacia un destino predecible o progresivo.

En el contexto social, el vocabulario más confuso es el relativo al término «sexo». Sexo es una cosa, y género otra. Una persona que quiere cambiar los términos con los que se define a sí misma, sustituyendo a los masculinos por los femeninos o al revés, queda dentro de su sexo natural y objetivo, sin tener ningún derecho a abandonar las responsabilidades que le corresponden. Un semental puede ser femenino sin dejar de ser macho si nos referimos a él, por ejemplo, como a una bestia. «Una persona» es femenina, pero puede ser hembra o varón. Una mujer puede ser simultáneamente un detective masculino, digamos, y una esposa femenina. Es por olvidar o desconocer tales distinciones que en EEUU hemos terminado enredados en controversias ridículas sobre si un hombre que se califica de femenino debe usar los baños de mujeres. Por supuesto, debido a la destreza de la cirugía moderna, podemos cambiar incluso de sexo -lo que es más que un cambio de género y conlleva una orientación nueva-. No lo recomiendo en absoluto, porque conozco casos que han acabado mal sin aportar felicidad, ni fortuna, y espero de todas formas que una persona transexual tenga la humildad de darse cuenta de que ella no es ni típica ni representativa de su nuevo sexo. Pero si a alguien le atrae la idea de someterse a las operaciones precisas y en principio poco apetecibles, no tengo la menor duda en reconocer la transformación y acordar con él, con cortesía y respeto, el trato correspondiente. Si hubiésemos mantenido el valor real de las palabras no hubiéramos abordado el debate absurdo que ahora estamos sufriendo en Reino Unido sobre quiénes pueden admitirse en los puestos y privilegios propios de cada sexo.

Los cambios de moda en la vida sexual han dado lugar a mal entendidos inquietantes que son peligrosos para los hombres acusados -a veces injustamente- de ofensas graves contra la libertad e integridad personal de mujeres. Hay que insistir en el hecho de que «violación» no quiere decir «seducción posteriormente arrepentida». Un piropo puede ser de mal gusto pero, a menos que no se diga para insultar ni ofender, no es acoso sexual. Las proposiciones sexuales, si los que las lanzan admiten el rechazo sincero sin recelo, son parte de las relaciones normales entre los sexos. El derecho de las mujeres al rechazo puramente ritual también es sagrado. Es por falta de sentido crítico que en EEUU la canción popular de Frank Loessing de 1944, Baby, Its Cold Outside, en la que se trata de la colaboración entre seductor y seducida bajo el pretexto de que el tiempo frío exige que ésta se quede en el piso de aquél, está al punto de perderse del repertorio bajo un bombardeo de calumnias que la denuncian por inducir a violación.

En política, es cada vez más evidente que vamos olvidando el significado de palabras clave como «democracia», «derecho» o «nación». Para ayudar a los que se dejan engañar por la retórica nacionalista, les ofrezco las mismas definiciones que suelo compartir en mi aula.

Nación: es un grupo que se califica de «nación», ni más ni menos. El término no tiene ningún valor objetivo. Hay buenos motivos para calificarse así -experiencias históricas (siempre que no sean míticas, que normalmente lo son), idioma común, tradiciones culturales peculiares- y otros malos: interés político, materia genética, supuestos rasgos físicos o mentales (que seguramente no existen y que suelen inventarse para excluir a minorías despreciadas), presunto espíritu u otra herencia metafísica y engañosa. El hecho de ser una nación no confiere ningún derecho a tener Estado ni instituciones propias; pensar lo contrario es nacionalismo -una doctrina decimonónica que persiste entre los desperdicios de una época de sangre y odios que debemos trascender-. Los catalanes, gallegos, bretones, escoceses… y españoles incluso somos naciones. Pero ¿qué más da? Nuestros futuros dependen de la capacidad de renunciar el nacionalismo y trabajar con nuestros vecinos y compadres históricos en marcos políticos cada vez más flexibles y consensuales.

Democracia: la democracia propiamente dicha es un sistema de Gobierno de acuerdo con la voluntad del pueblo, según un asesoramiento racional e imparcial -no de una parte, ni de un sector del pueblo, por grande y poderoso que sea-. No es la tiranía de la mayoría, ni mucho menos, en el caso catalán, la de una minoría de un 40 o 47%. Hay distintos métodos, todos imperfectos, de calcular la voluntad del pueblo; normalmente remitimos a las elecciones de representantes. Pero lo que importa es que el Gobierno respete e intente sinceramente incorporar los intereses y deseos de todos. Es por eso que la democracia auténtica se somete al mando de las leyes y constituciones para proteger las minorías. Socavar una constitución democrática o descartar leyes democráticamente promulgadas no es democracia, aunque sea por parte de un Gobierno democráticamente elegido, sino golpismo, demagogia, o despotismo.

Derecho: un derecho es una capacidad o facultad inviolable, que se ejerce sin contraer responsabilidad ninguna. Los derechos no se conceden, ya que lo que se concede puede revocarse. Se justifican por una doctrina sencilla y práctica: si quiero que mis derechos se respeten, debo respetar los de los demás. De ahí surgen obligaciones mutuas, que no son parte ni precondición de los derechos, sino sus consecuencias. El derecho básico es el derecho a la vida, porque los demás derechos no le valen a un muerto y porque si queremos que no se nos aborte, ni ejecute, ni gasee, ni masacree, ni aplique la eutanasia cabe extender la misma cortesía a los que odiamos o menospreciamos. Solemos confundir derechos con privilegios o protecciones o bienes públicos o convenios bajo garantía. Se puede hablar, por ejemplo, de un derecho a educarse, pero no a educarse a costa de los conciudadanos. La enseñanza gratuita es un bien precioso y necesario, pero no es un derecho. La libertad de pensar o creer lo que nos dé la gana es inviolable y, por tanto, es un derecho. La libertad de decirlo en voz alta es condicional y la ejercemos sólo por acuerdo recíproco. Les droits de lhomme son distintos a los sedicientes droits du citoyen. Aquellos son derechos auténticos por ser universales; éstos son más bien privilegios acordados entre miembros de una comunidad concreta para excluir a los demás.

¿Existe un derecho a la autodeterminación de una comunidad política? Por supuesto que no: se trata de un principio de gran valor que conduce a la coexistencia pacífica de todos. Pero no puede ser un derecho por no poder ser inviolable. Un supuesto derecho a la autodeterminación catalana, por ejemplo, podía resultar incompatible con la autodeterminación de los españoles en su conjunto. Evidentemente ambas son comunidades políticas. Los demás españoles podrían permitírsela a cualquier grupo español, pero por pura magnanimidad, no por ser un derecho.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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