El valor estético de la monarquía

Por Juan Antonio Herrero Brasas, profesor de Etica en la Universidad del Estado de California (EL MUNDO, 24/11/03):

La institución monárquica carece de fundamento racional, al menos en lo que se refiere al tipo de racionalidad dominante en el mundo occidental a partir del siglo XVIII. No pretende ser esta afirmación, ni las que siguen, un ataque a la monarquía ni una defensa implícita del sistema republicano, sino la base descriptiva de una mera indagación sobre el auténtico sentido de esa institución en un país occidental del siglo XXI.

Que la monarquía carece de fundamento racional no es un juicio de valor, sino meramente la cándida constatación de una realidad, sólo susceptible de ser rebatida mediante los más tortuosos razonamientos. La monarquía es, a fin de cuentas, una Presidencia vitalicia y hereditaria. Imaginemos a modo experimental que, por un insospechado proceso, Aznar fuera elevado a la Jefatura del Estado con carácter vitalicio y derecho a sucesión permanente. No sólo eso, sino que además su esposa y sus hijos, por ese mismo proceso extraordinario, adquirieran un papel constitucional preeminente, y que el Estado cargara con todos los gastos familiares. Pues bien, en esencia eso es la monarquía, una institución cuya razón de ser se aparta de toda racionalidad política, en lo que se entiende por racionalidad y por política aquí y ahora.

La cuestión que debemos plantearnos es, por tanto, la siguiente: ¿qué es lo que hace posible que se mantenga una institución cuyo origen histórico y estructura propia parece contradecir la racionalidad democrática? Ya sabemos que, en el caso de España, por parte de las fuerzas democráticas, el respeto a la monarquía, que en sus primeros momentos representaba la legalidad franquista, fue lo que permitió una Transición no violenta a la democracia. Es decir, fue el hilo último que sujetó a un Ejército franquista que asistía pasmado al derrumbamiento del Régimen. O al menos esa es la teoría oficial que se nos ha metido a todos con biberón.Esta teoría, que podríamos denominar del compromiso, no alcanza, sin embargo, a dar respuesta satisfactoria a la cuestión planteada.Mi pregunta sobre la permanencia de la monarquía no se limita únicamente al caso de España, aunque efectivamente adquiere resonancia especial en el caso de nuestro país, dado lo convulsivo de nuestra reciente Historia y lo particularmente poco complaciente de nuestro carácter, en comparación, por ejemplo, con el de los nórdicos o británicos.

Permítaseme proponer una tesis que, a primera vista, a unos parecerá audaz y a otros descabellada: la monarquía cumple un papel fundamentalmente decorativo. Y por ello cuanto más decorativa sea mejor cumplirá su función. Aun a riesgo de resultar pedante, me atrevo a decir que la tesis es irrefutable. El valor de la monarquía es puramente estético.

Si al Rey en vez de llamarle «Rey» le llamáramos «presidente», la monarquía perdería toda la gracia y hasta me arriesgo a augurar que caería en cuestión de días o semanas. Algo en nuestra mentalidad democrática chocaría frontalmente con el hecho de que alguien a quien nos dirigimos pública y oficialmente como «señor presidente» -y no como Vuestra Majestad- poseyera los extraordinarios privilegios que posee ahora el monarca. Como digo, ya esa mera cuestión de lenguaje le quitaría toda la gracia a la monarquía. Lo peor es que parte de la gracia se la quitaron los padres de la Constitución cuando decidieron que el Rey de España ya no lo sería «por la gracia de Dios», como tradicionalmente lo había sido. Menudo error táctico, porque sin la gracia de Dios la monarquía se queda sin la ultimísima justificación que le queda, por puramente formal que sea, y que además constituye un excelente adorno, pues le añade una aura sobrenatural y mágica. Y la monarquía, a fin de cuentas, está para satisfacer nuestras aspiraciones mágicas, nuestras inconfesables fantasías infantiles.

La soberana británica sigue siéndolo Dei Gratia, como vemos, de modo resumido en las monedas y billetes de ese país, con las iniciales DG. Es reina por la gracia de Dios. Se dirá, claro, que a fin de cuentas Gran Bretaña es un Estado confesional, donde incluso una reforma del misal tiene que votarse en el Parlamento, del que además forman parte los obispos. Pero sinceramente no creo que radique ahí la auténtica razón, sino más bien en lo estético. Y es que los ingleses tienen una gran sensibilidad estética, que saben combinar muy bien con su también magnífica capacidad calculadora, con lo cual producen inmejorables cálculos estéticos. Por eso cultivan exquisitamente todo lo referente a la monarquía. Para empezar, tienen una ceremonia de coronación, propiamente dicha, no un mero juramento y proclamación, como en España.

Aunque la Iglesia católica ya no corone a los reyes, alguien le podría haber puesto la corona sobre la cabeza a Don Juan Carlos en la ceremonia de coronación. Eso, sin duda, habría aumentado la fascinación popular con la monarquía. Y si, según la versión oficial, la monarquía es garantía de estabilidad, pues el cálculo es bien simple: con un poquito más de cuidado en lo estético habríamos ganado más estabilidad política. Total nada. Los británicos, como digo, saben mucho mas de esto: carroza, capa de armiño, corona sobre la cabeza…

Otra cosa. Sin la monarquía, las revistas del corazón tendrían menos éxito. O sea, que el asunto también afecta a la economía.Un poco más en serio diremos que efectivamente la monarquía como efecto decorativo atrae turistas. En Gran Bretaña, la monarquía constituye una auténtica atracción turística, y de hecho hay estudios que contabilizan al detalle los importantes ingresos que supone para el país la masiva entrada de un turismo fascinado, casi hipnotizado, por la realeza británica. Y es que, claro, no es lo mismo ver en los quioscos tarjetas de la Reina en todo su esplendor monárquico, con corona, cetro y capa de armiño sentada en su trono, como en los cuentos de hadas, que ver a diario en las noticias a un señor con pinta de seductor en pantalón corto y haciendo vela. La verdad, produce un efecto muy diferente.

La monarquía española ha preferido decantarse por actitudes democráticas, manteniendo un perfil bajo y poco ostentoso. Ha preferido, por así decir, ser una monarquía más ética que estética. El Rey se comporta como cualquiera de sus súbditos. Hasta viaja ocasionalmente en moto y recoge a autoestopistas, según se cuenta. La Reina, por su parte, como es bien sabido, es una persona de exquisita sensibilidad moral. Y, sin embargo, tan excelente Familia Real, que rehuye el protocolo y la ostentación, no logra hacer de la institución que representa algo más comprensible y racional.El problema está en la naturaleza y estructura misma de la institución, no en su contenido circunstancial.

Una vez eliminada la justificación teológica en que se apoyaba tradicionalmente, no queda justificación racional alguna para la institución monárquica. Su justificación, no obstante, es otra, igual de válida y de poderosa si se entiende y se decide aceptar. Se trata de una justificación estética, mitológica, de algo que apela no a la razón sino a otros niveles más profundos de la psique humana. El monarca representa un paso intermedio entre lo humano y lo divino, o lo fantástico, el poder de lo milagroso o lo mágico. Pensemos en las ceremonias que tenían lugar aún en el siglo XIX, en que Isabel II imponía las manos sobre los enfermos que acudían al Palacio Real buscando la curación que milagrosamente produciría el mero contacto físico con la soberana.

El próximo 22 de mayo se nos casa el Príncipe. Una boda real es lo máximo en cuanto a elemento estético, mágico y generador de atracción turística, tan sólo superado por una ceremonia de coronación. Y esta boda producirá inevitablemente gran efecto hipnótico, casi alucinatorio, sobre las masas. Esa hipnosis nos hará olvidar, o casi olvidar, durante unos meses los problemas que nos acucian, los nuestros y los de los demás. La prensa y demás medios de comunicación se ocuparán -ya se están ocupando- de que así sea.