El veneno del nacionalismo

Decía María Zambrano con su ironía certera y humor negro tan español y verdadero, que nuestro país, su país tan amado y en el cual había vivido tan poco tiempo, pues gran parte de su existencia transcurrió en el exilio, había superado a Kafka. Es decir, que había sido más kafkiano que el propio Kafka. Había sido y, desgraciadamente, sigue siéndolo. Los tristes y terribles acontecimientos de este pasado mes de agosto en Barcelona, seguidos de su descarada utilización partidista sin la más mínima piedad hacia las víctimas, así lo confirman de nuevo. El motivo que aducía María Zambrano se basaba en que hemos superado a la imaginación del autor praguense en la creación de pesadillas infernales. Y no sólo eso, apuntaba nuestra gran pensadora, sino que teníamos siempre a mano una gran lista de “infiernos inéditos” que ofrecemos a quiénes quieran comprárnoslos en muy buenas condiciones.

Una de esas pesadillas, que también ella padeció en su época, es la cuestión nacionalista. Una cuestión que, en estos últimos tiempos, ha estado centrada en Cataluña. Parece inconcebible que pueblos que han convivido permanentemente a lo largo de milenios sean ahora incapaces de dialogar. El diálogo resulta hoy más necesario que nunca. Los seres humanos de cualquier parte de nuestro globo terráqueo, no pueden ya ignorarse entre sí, en un mundo que se ha vuelto cada vez más estrecho a medida que se expanden los conocimientos y las nuevas tecnologías. Los seres humanos no tienen otra elección que el diálogo civilizado o la violencia incontrolable.

El dilema, escribía Norberto Bobbio, es tajante: hablar o volver a combatir. El gran maestro italiano de la filosofía de la política fue un apologista del diálogo. Uno de sus mayores evangelistas en nuestro mundo contemporáneo. Él mismo había sufrido las dos Primeras Guerras Mundiales y comprobado cómo los sistemas totalitarios se impusieron a sangre y fuego. Para restaurar la democracia en parte de Europa hubo que sacrificar a varios millones de jóvenes combatientes. Bobbio vivió directamente el fascismo que se ensañó con alguno de sus amigos intelectuales que habían tenido la convicción de que se podía dialogar con este monstruo.

El diálogo es aquello totalmente opuesto a la ostentación de las opiniones de cada uno. El diálogo es el rechazo del protagonismo, del deseo de ser el único monologuista. Nada entorpece más el diálogo que el excesivo aprecio de sí mismo. Nada entorpece más el diálogo que el creerse que una parte se crea superior a la otra. Nada entorpece más el diálogo que el tener la convicción de que sus razones son notablemente superiores en mucho a las del otro y estas inconmovibles e inalterables a lo largo de ese tiempo de tregua.

Siglos de civilización y cultura deberían habernos conducido a la mesura, a la moderación, a la ponderación, a la circunspección, a la cautela y a la sabiduría. Cultura y diálogo significan valorar todos los argumentos antes de pronunciarse, revisar todos los testimonios antes de decidir. Y no pronunciarse y no decidir nunca como se haría en un antro sibilino, con un oráculo del que dependieran, irrevocablemente, decisiones perentorias y definitivas.

Pero la mayor parte de los nacionalismos, al menos los más cercanos, los que condujeron al siglo XX a algunos de los momentos más insidiosos de la historia de la humanidad, fueron siempre oraculares. Alguien habla poseído por una voz suprema irreductible que impide el diálogo. La mayoría de los grandes conflictos históricos se han resuelto de manera violenta. Por el contrario, los menos se han paliado con paciencia y tolerancia. Valorar todos los argumentos antes de pronunciarse, revisar todos los testimonios antes de decidir, y no pronunciarse y no decidir oracularmente.

El diálogo puede no producirse o puede llevarse a cabo de las siguientes formas improductivas: diálogo de sordos, diálogo de mala fe, diálogo de falso diálogo o, entre otros, diálogo inconducente. Es decir, cada parte anclada en su idea y ambas se consuelan concluyendo que el diálogo ha sido particularmente útil porque se han aclarado las ideas que finalmente conducirán al inicio sin fin del diálogo. ¿Cuál de estas fórmulas han sido empleadas por la Generalitat y el Gobierno central? Creo que todas. Quizás porque ese diálogo sólo ha estado en manos únicamente de políticos, cuando también habría que propiciar un diálogo entre gentes de cultura ajenos a los meros intereses partidistas. Hay que dejar atrás el enfrentamiento crónico propiciando el diálogo entre otras capas sociales.

De una política de la cultura hablaba Bobbio. Aquella que los intelectuales, hoy tan injustamente marginados y vilipendiados, estaban llamados a hacer en una sociedad tan dividida como la nuestra, y que no es la política de los políticos. La invitación al diálogo y la participación en el mismo tiene que partir de todos los estamentos de la sociedad, de uno y otro lado. La falta de esta participación, la falta de diálogo, los enfrentamientos cada vez más llamativos e irracionales sólo destapan de nuevo los viejos fanatismos incontrolables. Dogmatismos, sectarismos. Pensamos que los habíamos educado a través de la democracia. Pensábamos que la democracia había traído consigo la tolerancia y la templanza.

Pero el fanatismo es una planta venenosa e inmortal. En aquellos lugares donde no pueden convivir y coexistir pacíficamente las ideologías democráticamente constituidas ¿qué sucede? La democracia es lo más resistente contra el fanatismo y los nacionalismos son, fundamentalmente, fanáticos. Nada está por encima de su fin y, para cumplir sus fines todo vale. Los fanatismos están contra la libertad de la razón ilustrada.

El nacionalismo, una vez más, ha envenenado y enfermado gravemente a nuestra sociedad y ha tomado como incauto rehén a parte de una izquierda que siempre tuvo como emblema la tolerancia. En nuestras cada vez más frágiles democracias occidentales sólo es posible una izquierda progresista y reformista, socialdemócrata, alejada como de la peste de populismos recién llegados y de rancios nacionalismos. El veneno nacionalista no debería inocular y hacer saltar por los aires a un partido de una historia ejemplar de más de un siglo. Un partido federalista, pero nunca soporte del separatismo bélico al cual siempre rechazó. En vez de dejarse fascinar por palabras mágicas que alimentan falsas esperanzas, debe desenmascararlas, como ya hizo lealmente en otras épocas.

La democracia en nuestro país se levantó también con el prestigio de nuestros artistas e intelectuales que pagaron como cualquier otro civil su ansia de libertad. Hoy cuando la política se ha embrutecido, qué importa el haber leído o no a María Zambrano, a Bobbio o al referente de todos ellos Erasmo, uno de los espíritus más democráticos y ecuánimes que han existido. Pero a pesar de todo hay que insistir en la invitación al diálogo. Las sociedades más resistentes a la mentalidad irracional son las sociedades democráticas que se basan en el principio de la multiplicidad de las vías de acceso a la verdad y, por tanto, como decía Bobbio, en el rechazo de una ideología que no sea la de una coexistencia pacífica entre todas las filosofías e ideologías.

César Antonio Molina ha sido ministro de Cultura.

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