El veraneo en la memoria y al norte

El veraneo en el norte, con mar, no está subordinado al sol. El tiempo, bueno o malo, es un accidente que se asume con estoicismo si es lluvioso, o con alborozo si anuncia un día de playa o de excursión para asar sardinas. Es normal que el buen pronóstico muchas veces se desvanezca a las pocas horas. En ese supuesto, se alargan las horas de lectura, de dominó y de tertulia.

Aún no existía el turismo en busca del sol, de sociedad, del golf y de las fiestas (glamurosas o no) nocturnas. Santander y San Sebastián, como antes Biarritz con la emperatriz Eugenia, habían conservado el prestigio del veraneo real, y en julio y agosto seguían congregando a los notables de la política, de la sociedad y de los negocios. Con esta excepción, el lugar de veraneo, de los que podían permitírselo, venía definido casi siempre por una vinculación familiar. Yo la tenía con Cedeira. Vinculación antigua y bien arraigada. Mi presencia en Cedeira no era una excentricidad, ni una cuestión de gusto, que ciertamente también lo era. Se trataba de una necesidad biológica. Uno de mis tatarabuelos por vía paterna había comprado las tierras del señorío de Villarrube. Estaban en la ladera del monte, al sur de la ría, con el pequeño pazo de San Martín y la iglesia anexa. Aunque la mayoría de los señoríos en Galicia eran eclesiásticos, este no lo era. Mi tatarabuelo lo remedió en cierta manera: después de enviudar recibió las órdenes menores, las mayores y se convirtió en el cura del lugar.

En Galicia la influencia que la Iglesia irradiaba desde Santiago de Compostela era inmensa. Por otra parte, a mediados del pasado siglo, era razonable dudar de que en la Galicia rural, profunda y aislada de la que formaba parte Villarrube, hubiera llegado noticia de la supresión de los señoríos por las Cortes de Cádiz. En estas circunstancias mi ascendencia debería haberme atribuido una notable preeminencia, por más que mi tatarabuelo hubiera sido, por así decirlo con lenguaje militar, cura «de complemento», y que el señorío no se apoyara en título nobiliario heredado, sino en una transacción comercial. Pero en Cedeira no hay más señorío que el del mar. Y mis antecedentes eclesiásticos me daban, como mucho, una presunción de buen jugador de tresillo, de tute y de chamelo. Aunque fuera presunción de las que admiten prueba en contrario, no era poco.

Cedeira era un destino lejano. A los llamados «accesos a Galicia» les pasaba como a la revolución pendiente, que nunca acababan de realizarse del todo. Había que atravesar los temibles puertos del Manzanal y de Piedrafita del Cebrero y seguir una carretera eterna de mil curvas. Era preciso una paciencia franciscana. El ferrocarril no mejoraba las cosas: más de 15 horas duraba el trayecto hasta Ferrol. En estricta justicia Cedeira merecería el título de Finisterre: está un poco más al Este que el Finisterre oficial, pero más al Norte. Los prados y terrenos que dan a la costa dejaban constancia en el Registro de la Propiedad de esta condición de límite de la tierra firme: «Linda… y al Norte con Inglaterra, mar por medio».

Se dice que Cedeira viene de «cetaira». Y es verdad que desde antiguo había tres cetáreas a pleno rendimiento en la ría. Hoy solo queda una. La etimología en general, y desde luego la aplicada a la toponimia, es una de mis muchas lagunas. Pero lo que puedo aportar al debate es el dato de que en la sala de mapas del museo vaticano hay uno del siglo XII en el que aparece la designación del lugar como «Condoira».

Cedeira es mucho más que una villa marinera. Es una prolongación esencial del mar. Solo cuando la pleamar invade el cauce del río Condomiñas en su desembocadura por el muelle viejo, adquiere Cedeira por unas horas la apariencia de una villa fluvial con sus amplias galerías acristaladas de gran ciudad, tan elegantes o más que las del Cantón en La Coruña.

En la ría, el azul marino se tiñe, umbrío y misterioso, con el reflejo de los eucaliptos que llegan hasta la orilla. Su contribución a la belleza de la ría es atenuante del pecado de haber sustituido con ellos los viejos bosques de castaños y nogales. El azul verdoso del mar de Cedeira es contraposición radical del azul del cielo castellano, según lo describía poéticamente José Antonio Primo de Rivera, cuyos discursos estudiábamos en la asignatura de Formación del Espíritu Nacional: «Libre del reflejo verdoso de frondas terrenas, tan azul que diríase que es blanco de puro azul». Ahora en las diferentes nacionalidades del Estado español se forma el espíritu de los alumnos con una pueblerina y sectaria visión de la historia y de la realidad española.

Algunas mañanas de playa solitaria y tardes de tertulia y dominó. Los más viejos presumían de haber jugado el dominó cubano de ochenta y una fichas, más difícil obviamente que el reglamentario de cuarenta y nueve. Lo recordaban mirando con desdén cuando ganaban una mano. La tertulia, por su parte, ofrecía un amplio abanico de posibilidades. Autoridades locales, cura, médico, práctico del puerto; o bien percebeiros que se arriesgaban en los acantilados bajo San Andrés de Teixido; o algún patrón regresado de faenar «a la merluza» en el Gran Sol; o un brillante plantel de universitarios –prodigio en una ciudad pequeña como Cedeira– de los que han salido catedráticos, presidentes del Tribunal Constitucional, cirujanos, directores de grandes periódicos nacionales…

Cedeira ya no es un lugar alejado. Sus playas están llenas. Es difícil aparcar y es preciso reservar con tiempo para poder comer en alguno de sus numerosos restaurantes. La homilía en la misa la dicta el párroco en gallego «preceptivo», no en castellano ni en el amistoso gallego familiar y aldeano de siempre.

Pero el día 15 de agosto, como entonces, en la procesión de la Virgen del Mar, se seguirá oyendo la Salve marinera mejor cantada del mundo. Y por un momento el azul del mar en la ría será blanco de puro azul.

Daniel García-Pita Pemán, jurista.

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