El verdadero desafío de la reforma en China

Se suele dar por sentado que los niveles de vida de las economías emergentes van camino a converger con los de los países desarrollados. Sin embargo, dejando de lado algunos exportadores de petróleo y los estados-ciudades de Hong Kong y Singapur, sólo tres países -Japón, Corea del Sur y Taiwán- han avanzado desde muy atrás hasta alcanzar un PIB per capita de por lo menos el 70% del promedio de los países desarrollados en los últimos 60 años. China espera hacer lo mismo, pero enfrenta un desafío peculiar: su tamaño.

Japón, Corea del Sur y Taiwán dependían del crecimiento liderado por las exportaciones para ponerse a la par de las economías desarrolladas. Pero China -hogar de casi el 20% de la población mundial y responsable del 15% de la producción global- es lisa y llanamente muy grande como para depender exclusivamente de los mercados externos. Para alcanzar la próxima etapa de desarrollo, necesitará forjar un sendero de crecimiento diferente -y eso exigirá reformas más difíciles de aquellas en las que hoy se suele centrar la atención.

Sin duda, el crecimiento liderado por las exportaciones ha alimentado el ascenso económico de China hasta el momento. Su excedente de cuenta corriente creció al 10% del PIB en 2008. Pero este tipo de excedentes elevados son, en definitiva, imposibles de sostener. Simplemente no existe suficiente demanda de importaciones en el mundo como para absorber las exportaciones chinas en constante crecimiento.

La crisis financiera global expuso esa realidad. Antes de 2008, los enormes excedentes de China iban de la mano de déficits insostenibles alimentados por el crédito en las economías desarrolladas. Cuando la bonanza se transformó en colapso, la caída de la demanda global afectó al sector exportador de China, y amenazó con aumentar el desempleo.

En respuesta, China recurrió al motor de crecimiento doméstico de inversión financiada por el crédito, en infraestructura y bienes raíces. Desde 2008, el crédito se disparó del 125% del PIB a más del 210% del PIB, permitiendo que la inversión aumentara del 42% del PIB a casi el 48% el año pasado.

En toda China, se vertió concretoen edificios de departamentos, autopistas de varios carriles, centros de convenciones, estaciones de ferrocarriles y aeropuertos. La inversión en bienes raíces hoy representa el 15% del PIB de China, comparado con menos del 5% en 2000; cuando se toman en cuenta industrias relacionadas como la del acero y el cemento, esa cifra aumenta a un tercio del PIB de China. Casi 60 millones de trabajadores chinos hoy están empleados en la construcción, un incremento comparado con apenas 20 millones en 2007.

El camino de crecimiento actual de China está en marcado contraste con el que siguieron Japón, Corea del Sur y Taiwán. Cuando el PIB per capita de esos países estaba en los niveles actuales de China, el sector inmobiliario apenas representaba un papel menor en sus economías; de hecho, el sector muchas veces estaba deliberadamente privado de crédito.

El auge de la inversión hizo que el empleo urbano de China siguiera creciendo marcadamente. Pero un país no necesita tanta vivienda. Es verdad, el capital social total per capita en China sigue estando muy rezagado respecto del de los países desarrollados. Pero un informe reciente del Fondo Monetario Internacional revela el hecho llamativo de que China ya ha superado a Japón y Corea del Sur en metros cuadrados de vivienda per capita, habiendo alcanzado un nivel próximo al promedio europeo -o, en algunas ciudades más pequeñas, inclusive muy superior.

En tanto termina la locura de la construcción de China, la economía está experimentando una desaceleración importante. Según algunas estimaciones, el crecimiento de China se frenó casi por completo en el primer trimestre de este año. Inclusive las cifras oficiales indican que varias provincias fuera de las regiones costeras más dinámicas están en una franca recesión.

Esto deja a China frente a dos desafíos importantes. Uno es financiero: cómo lidiar con las deudas insostenibles en muchos gobiernos locales y empresas de propiedad del estado (SOE por su sigla en inglés). Afortunadamente, las soluciones aquí son obvias. Las deudas de los gobiernos locales se pueden transferir al gobierno central o se pueden dar por perdidos los préstamos bancarios y recapitalizar a los bancos.

El segundo desafío más profundo tiene que ver con la economía real: cómo reubicar a los trabajadores y al capital de los sectores industriales que enfrentan un exceso de capacidad y de las ciudades con el mayor nivel de edificación.

Muchas veces se niega este imperativo. Cientos de millones de personas, se dice, van a seguir migrando a las ciudades, donde exigirán viviendas. Pero, considerando que casi la mitad de los trabajadores rurales de China ya tienen más de 50 años, muchos tal vez nunca migren. Y la población total de China comenzará a declinar en los próximos 15 años. Lejos de estar en la cresta de una ola de urbanización, China está a 10 o 15 años de que este fenómeno se termine.

Aún si la urbanización se mantuviera en una tasa elevada, muchos trabajadores no migrarían a las ciudades de segundo y tercer nivel donde el exceso de capacidad es más extremo, sino a las ciudades costeras importantes. Aunque el gobierno pueda utilizar su sistema hukou (registro de residencia) para desacelerar esa migración, no puede dirigir a la gente a las ciudades específicas con el mayor exceso de capacidad.

¿Qué se puede hacer entonces? Una opción sería exportar experiencia y trabajadores de la construcción. De hecho, esta es una lógica para la iniciativa "un cinturón y un camino"de China, que apunta a recrear las antiguas Rutas de la Seda terrestres y marítimas que conectaban a China con Europa. Pero, como con cualquier estrategia basada en las exportaciones, el impacto de este enfoque estaría limitado por el tamaño de los potenciales mercados externos, en relación a la economía de China. Ningún nivel viable de exportaciones de construcción puede compensar plenamente la inversión interna tambaleante.

Por el contrario, el consumo interno, respaldado por un fuerte crecimiento salarial, debe ser la fuerza impulsora dominante del crecimiento. La buena noticia es que los salarios ya están creciendo más rápido que el PIB -una tendencia que probablemente continúe, en tanto el cambio demográfico restringe la oferta de nueva mano de obra-. En los próximos diez años, la cantidad de chinos entre 15 y 30 años caerá casi un 25%.

Sin embargo, también se necesitan reformas importantes en el terreno de las políticas. China debe tomar medidas para frenar la sobreinversión de las SOE, recortando el acceso de esas firmas a crédito subsidiado y obligándolas a pagarle dividendos mucho más altos al gobierno. Esos ingresos luego podrían utilizarse para mejorar los servicios de salud y fortalecer la red de seguridad social, eliminando así la necesidad de que los hogares chinos mantengan un alto nivel de ahorros preventivos.

Estas reformas se enfrentarían a poderosos intereses creados. Es mucho más fácil generar consenso en torno de los esfuerzos, digamos, por sumar el renminbi a la canasta de monedas que determina el valor del activo de reserva del FMI, el Derecho Especial de Giro -una medida que, si bien es apropiada, haría poco por el crecimiento a mediano plazo-. Pero si China quiere replicar el éxito de Japón, Corea y Taiwán, no hay otra alternativa que una reforma dura.

Adair Turner, a former chairman of the United Kingdom's Financial Services Authority and former member of the UK's Financial Policy Committee, is Chairman of the Institute for New Economic Thinking. His book Between Debt and the Devil will be published by Princeton University Press in fall 2015.

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