El verdadero desafío demográfico

Las últimas proyecciones de población de las Naciones Unidas sugieren que la cantidad de habitantes en Japón podría caer de los 127 millones actuales a 83 millones para 2100, con un 35 % de su población por encima de los 65 años de edad. Europa y otras economías desarrolladas también están envejeciendo, debido a sus bajas tasas de fertilidad y creciente longevidad.

Pero quienes advierten que se avecinan enormes problemas económicos para los países ricos que están envejeciendo, se centran en el problema equivocado. El envejecimiento de la población en las economías avanzadas es una consecuencia manejable de acontecimientos positivos. Por el contrario, el rápido crecimiento poblacional en muchos países más pobres aún presenta una grave amenaza para el bienestar humano.

En 2008, la ONU proyectó que la población mundial alcanzaría los 9,1 miles de millones para 2050 y llegaría a su máximo, cerca de los 10 mil millones, para 2100. Ahora prevé una población de 9,7 miles de millones para 2050 y de 11,2 miles de millones –que continuará aumentando– para 2100, debido a que las tasas de fertilidad en muchos países han caído más lentamente de lo esperado (en algunos, entre los que destacan Egipto y Argelia, la fertilidad incluso ha aumentado desde 2005). Mientras se estima que la población conjunta del este y el sudeste asiático, las Américas y Europa solo aumentará el 12 % para 2050 y luego comenzará a descender, la población del África subsahariana podría pasar de los 960 millones actuales a 2,1 miles de millones en 2050 y a casi 4 mil millones en 2100. La población del norte de África probablemente duplicará los 220 millones actuales.

Un crecimiento tan rápido, superior incluso a los más veloces incrementos en los últimos 50 años, constituye una gran barrera para el desarrollo económico. Entre 1950 y 2050, la población de Uganda se habrá multiplicado por 20, y la de Níger, por 30. Ni los países que en el siglo XIX se estaban industrializando ni las exitosas economías asiáticas que buscaban emular a las desarrolladas a fines del siglo XX experimentaron algo semejante a esas tasas de crecimiento poblacional.

Son tasas que tornan imposible el aumento del gasto de capital per cápita y de las habilidades de la fuerza de trabajo con suficiente velocidad como para acortar la brecha económica, o crear empleos con rapidez suficiente como para evitar el subempleo crónico. El este asiático se ha visto enormemente beneficiado gracias a las rápidas caídas en las tasas de fertilidad: en gran parte de África y Oriente Medio eso aún no ha ocurrido.

En algunos países, la mera densidad poblacional también impide el crecimiento. La población de la India puede estabilizarse en 50 años; pero, con 2,5 veces la cantidad de personas por kilómetro cuadrado de Europa Occidental y 11 veces la de los Estados Unidos continentales, las disputas por la adquisición de tierras para el desarrollo industrial generan graves barreras al crecimiento económico. En gran parte de África, la densidad no es un problema, pero en Ruanda, la competencia por el suelo –impulsada por una elevada y creciente densidad– estuvo entre las principales causas del genocidio de 1994. Para 2100, la densidad poblacional en Uganda podría más que duplicar el nivel actual de la India.

Frente a estos desafíos demográficos, los que enfrentan las economías avanzadas son nimiedades. Una mayor longevidad no presenta ninguna amenaza el crecimiento económico ni a la sostenibilidad del sistema de pensiones, siempre que la edad jubilatoria promedio aumente de manera coherente con ella. La estabilización de la población reduce la presión sobre los activos ambientales, como las campiñas que mantienen su belleza natural, más valoradas por la gente a medida que aumentan sus ingresos.

Ciertamente, una rápida disminución de la población crearía dificultades. Pero, si autores como Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee están en lo cierto cuando dicen que la tecnología de la información generará nuevas oportunidades para automatizar los trabajos, la reducción gradual de la población podría ayudar a contrarrestar la caída en la demanda de mano de obra, que de otra manera generaría desempleo y una creciente desigualdad.

Por otra parte, una mayor automatización podría implicar una enorme barrera al desarrollo económico para los países que aún enfrentan un rápido crecimiento poblacional. Al posibilitar la fabricación en empresas casi sin empleados en las economías avanzadas, la automatización podría eliminar la vía del crecimiento basado en las exportaciones que implementaron todas las economías exitosas del este asiático. El elevado desempleo resultante, en especial entre los hombres jóvenes, podría fomentar la inestabilidad política. La violencia radical de ISIS tiene su origen en muchos factores, pero la triplicación de la población en el norte de África y Oriente Medio durante los últimos 50 años es ciertamente uno de ellos.

El elevado desempleo sostenido en África y Oriente Medio, y la inestabilidad política en muchos países, pueden hacer que la proyección de la ONU sobre la caída de la población europea –de los 730 millones actuales a 640 en 2100– resulte poco realista. Con la probabilidad de que la población africana aumente en más de 3 mil millones durante los próximos 85 años, la Unión Europea podría enfrentar una oleada migratoria que haría que los debates actuales sobre la aceptación de cientos de miles de personas en busca de asilo parezcan irrelevantes. La ONU supone una migración neta desde África de solo 34 millones de personas durante el siglo: esto representa solo el 1 % del crecimiento poblacional. El número real podría ser muchas veces superior.

En consecuencia, la población europea –a diferencia, digamos, de la del este asiático o incluso de la americana– bien puede continuar aumentando a lo largo el siglo. Esto, dirán algunos, ayudará a solucionar «el problema del envejecimiento europeo». Pero, dado que el «problema» del envejecimiento ha sido exagerado y puede ser resuelto de otras maneras, la migración masiva puede terminar socavando la capacidad de Europa para cosechar los beneficios de una población estable o con una leve reducción.

Tanto la mayor longevidad como la caída de las tasas de fertilidad son eventos enormemente positivos para el bienestar humano. Incluso en los países con mayor fertilidad, las tasas han caído, de seis niños o más por mujer en 1960 a tres o cuatro en la actualidad. Cuanto antes lleguen las tasas de fertilidad a dos o menos, mejor será para la humanidad.

Lograr esta meta no requiere la inaceptable coerción de la política china de un solo hijo; simplemente requiere mayores niveles de educación de la mujer, la oferta sin restricciones de anticonceptivos y la libertad para que las mujeres tomen sus propias decisiones reproductivas, sin presiones morales de autoridades religiosas conservadoras ni de políticos que operan bajo la ilusión de que un rápido crecimiento poblacional impulsará el éxito económico de sus países. Cada vez que prevalecen estas condiciones, e independientemente de supuestas profundas diferencias culturales –en Irán y Brasil al igual que en Corea– la fertilidad se encuentra actualmente en los niveles de reemplazo o por debajo de ellos.

Desafortunadamente, esto no ocurre en muchos otros lugares. Garantizar que las mujeres sean libres y reciban educación es por lejos el desafío demográfico más importante que el mundo enfrenta en la actualidad. Preocuparse por la reducción de la población que se avecina en los países avanzados es una distracción carente de sentido.

Adair Turner, a former chairman of the United Kingdom’s Financial Services Authority and former member of the UK’s Financial Policy Committee, is Chairman of the Institute for New Economic Thinking. His book Between Debt and the Devil will be published by Princeton University Press in fall 2015. Traducción al español por Leopoldo Gurman.

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