El verdadero mandato democrático

Después del giro del nacionalismo catalán hacia el independentismo en las elecciones de 2012 y de 2015, del referendum del ‘brexit’ en el Reino Unido en 2016, de la elección de Trump en Estados Unidos en el mismo año y, para no alargarme, de la emergencia de Vox en España, surgió una nueva sabiduría política que ha sostenido que habíamos entrado en una nueva era. En esta nueva etapa la política estaría dominada por los sentimientos de tribu y no por la convivencia pluralista; por la polarización partidista en vez de la centralidad política; y, por una democracia de los sentimientos y la indignación, basada en la hegemonía de los valores culturales e identitarios.

Esa misma nueva sabiduría política anunció la defunción de la socialdemocracia y del centrismo conservador. Y sostuvo que el eje derecha-izquierda, basado en la distinta prioridad otorgada a la igualdad social, había dejado de ser relevante a la hora de gobernar y que ahora el eje determinante sería el del nacionalismo identitario frente a al cosmopolitismo.

Ruptura del orden constitucional y estatutario

En el caso de Catalunya, esa nueva orientación se encarnó en el independentismo unilateral impulsado por la Asamblea Nacional Catalana (ANC), que logró arrastrar a los partidos nacionalistas. Para los dirigentes políticos más radicales del “procés”, el régimen constitucional del 78 era una farsa, y el Estado de derecho español un sistema opresivo que a decir de algunos no se diferenciaba del de países totalitarios como Turquía. Movidos por la democracia de los sentimientos y la indignación, buscaron en los “referéndums” ilegales un “mandato democrático” que legitimara decisiones parlamentarias y gubernamentales autoritarias de ruptura del orden constitucional y estatutario. Decisiones que imponían a los catalanes no independentistas, que son la mayoría, opciones políticas que no compartían.

En el resto de España esa nueva era de la política basada en las emociones identitarias y la indignación vino de la mano de Vox.  Como había ocurrido con la ANC, Vox logró arrastrar a la derecha democrática del PP y, en menor medida, a Ciudadanos hacia posiciones de nacionalismo extremo. Pablo Casado y Albert Rivera creían tener también un mandato democrático que legitimaba su posición dura respecto a Cataluña.

Las elecciones del pasado domingo cuestionan esta nueva sabiduría. Los resultados serán relevantes para Catalunya, España y también para la Unión Europea. Puede ser una percepción personal, pero viendo el interés que medios internacionales del prestigio e influencia de “The Economist”, “Financial Times” o “The New York Times” han dedicado a las elecciones españolas y el confort que han mostrado con los resultados en sus editoriales, si el nuevo Gobierno de Pedro Sánchez sabe hacer las cosas, España puede ganar respeto e influencia tanto en la UE como en el plano internacional.

Las elecciones han traído algunas nuevas verdades. Los votantes han rechazado la polarización política extrema, premiando la moderación del PSOE de Pedro Sánchez y castigando la polarización de Pablo Casado. Han mostrado el techo que presumiblemente tendrá Vox. Han moderado el miedo al nacionalismo en las próximas europeas de mayo. Han puesto de manifiesto que los epitafios sobre la muerte de la socialdemocracia eran apresurados y que el eje izquierda-derecha a la hora de orientar las políticas sociales y económicas sigue siendo determinante. Y que las democracias parlamentarias son más resilientes de lo que se suponía.

Los resultados en Catalunya también son relevantes. Los catalanes han premiado la moderación y el pragmatismo, el diálogo y la convivencia. El problema catalán requerirá, sin embargo, tiempo, sosiego, cesiones mutuas e inteligencia política. No dependerá sólo de la actitud del Gobierno de Pedro Sánchez. El conflicto catalán no es solo un enfrentamiento con el Estado español, sino también, y ahora de forma prioritaria, un problema de convivencia pluralista interna. Habrá que ver que hace ERC con la nueva hegemonía política que ha logrado dentro del bloque soberanista. Es decir, si sus dirigentes tendrán el coraje necesario para utilizar ese nuevo poder en la línea de moderación y pragmatismo que han mostrado en estas elecciones. Probablemente habrá que esperar a ver si esta hegemonía se consolida en las siguientes municipales y europeas de mayo, y, especialmente, en las autonómicas de otoño que seguirán a la sentencia del “procés”. Pero, en todo caso, ahora hay dos factores nuevos. Por un lado, un sentimiento de alivio, esperanza y realismo político que antes no había. Y, por otro, un verdadero mandato democrático, consistente en la preservación de la convivencia interna y la búsqueda de una salida consensuada.

Antón Costas, Catedrático de Política Económica (UB).

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