El veredicto de Harvey Weinstein es un parteaguas, pero también una advertencia

Ambra Gutiérrez, modelo y sobreviviente de agresión sexual, abraza a Gloria Allred, abogada de los derechos de la mujer, en la Corte Suprema Estatal de Manhattan después del veredicto a Harvey Weinstein. Credit Desiree Rios para The New York Times
Ambra Gutiérrez, modelo y sobreviviente de agresión sexual, abraza a Gloria Allred, abogada de los derechos de la mujer, en la Corte Suprema Estatal de Manhattan después del veredicto a Harvey Weinstein. Credit Desiree Rios para The New York Times

Cuando era joven no tenía palabras. Leía vorazmente. Me encantaban los libros, las historias y el lenguaje. Trataba de convertirme en escritora, así que vivía por las palabras y mediante ellas. Derramaba mis ideas y algunas de las esperanzas y los temores que empezaban a formarse en largas conversaciones con amigos. Pero las palabras me faltaban cuando más las necesitaba.

Era una joven en la década de 1980, mucho antes de que se sostuvieran todas las conversaciones contemporáneas sobre el consentimiento y sobre creerles a las víctimas, antes de que términos como “violación cometida por un conocido” y “acoso sexual en el lugar de trabajo” se divulgaran de manera constante. Vivía en una época en la que parecía tan poco probable que los hombres que me acechaban en la calle y a veces en otras partes respetaran mis palabras si les decía “no”, “déjenme en paz” y “no estoy interesada”, que me daba por vencida de antemano y en cambio trataba de escabullirme, de evadirlos, de sortearlos, de encogerme, de desaparecer.

En esos momentos estaba muda. Sabía que era más probable que hablar empeorara las cosas en vez de mejorarlas, aunque a las mujeres que se encontraban en las mismas situaciones que yo a menudo las reprendían por no alzar la voz. La idea detrás de esa reprimenda era que todos éramos seres racionales e iguales, que todos teníamos el poder del lenguaje a nuestra disposición y que quien no lo aprovechara sería por decisión propia, y entonces todo sería su culpa.

Eso era una mentira. No teníamos el mismo poder. A veces decir “no” o “detente” no funcionaba. A veces alzar la voz enfurecía aún más al hombre del que tratábamos de escapar. Algunas de nosotras, muchas de nosotras, millones de nosotras sufrimos abusos sexuales y después nos dijeron mentirosas cuando hablamos de lo ocurrido, de modo que nuestra sociedad pudo fingir que le importaban el acoso y el abuso sexual mientras se rehusaba a reconocer su omnipresencia.

Logramos cosas con las palabras cuando estas tienen poder: establecemos límites, hacemos juramentos, nos convertimos en testigos. Pero si tus palabras no tienen poder es casi peor pronunciarlas que no hacerlo, verlas fallar que no usarlas.

Los hechos circulan de manera libre si hay una democracia de información que nace de una democracia de voces. Pero nuestra realidad es distinta, desde la vida personal hasta la política: una jerarquía de audibilidad y credibilidad, una jerarquía brutal en la que las personas con hechos a menudo no pueden convencer debido a que los más poderosos expulsan esos hechos de la conversación y los convierten en silencio o hacen que el costo de declararlos sea peligrosamente alto. Así fue como la industria petrolera convirtió la ciencia del cambio climático en un falso debate lleno de incertidumbres falsas. Así fue como el proceso de destitución se convirtió en una exhibición de cómo ignorar los hechos y saltarse las leyes.

Y así fue como Harvey Weinstein había formado un ejército para proteger su poder de manosear, tocar y violar con impunidad. Hasta ahora. El abuso sexual quizás es el ejemplo más sórdido y claro de cómo el poder desigual genera crímenes y después protege a los delincuentes, pero no es el único.

La historia de Weinstein, que comenzó a revelarse hace dos años y medio, y su ejército de protectores agresivos ha sido un ejemplo de esta situación. Más de 90 mujeres han informado que las acosó o abusó de ellas, pero Weinstein tenía lo que el dinero puede comprar: un batallón internacional de abogados, espías, influentes y otros individuos que luchaban por controlar el relato y mantener sus secretos. Es decir, silenciar y desacreditar a las mujeres que atacó, lo cual implica que muchas de ellas sufrieron un doble silenciamiento.

La primera vez fue cuando abusó sexualmente de ellas, un acto que se trata de ignorar el derecho que alguien tiene de determinar lo que ocurre o no con su persona, de tener voz en lo que le sucede. (“Para él, escuchar la palabra ‘no’ era un detonador”, dijo una de las mujeres que testificó haber sido violada). El segundo silenciamiento fue cuando las intimidaron para que no hablaran, cuando les pagaron para quedarse calladas, cuando las amenazaron o cumplieron el ultimátum de acabar con su reputación y su carrera, o alguna combinación de estos factores.

El juicio de Weinstein tuvo una cobertura muy grande, así que finalmente escuchamos a algunas de las víctimas, pero esto no solo se trata de hombres excepcionalmente poderosos y mujeres jóvenes en una industria que llega a los encabezados de los medios. Hay un sinfín de historias de silenciamiento en todas partes y todos los días, pero solo algunas se vuelven noticia: por ejemplo, la de Tiffany Marie Lazon de Albany, Oregon, cuyo esposo fue acusado de haberla asesinado después de que el ADN de ella fue hallado en una sierra circular. Cuatro años atrás, le había dicho a un juez que su esposo estaba tratando de asesinarla, y el juez le dijo que no era una testigo creíble.

La mayoría de estas historias no llegan a ser noticia jamás. En otras ocasiones, las noticias se saturan con estos casos: el otro día, Trump, Julian Assange, Weinstein, Leslie Wexner (defensor de Jeffrey Epstein y propietario de Victoria’s Secret) y Michael Bloomberg (el de los múltiples acuerdos de confidencialidad) estaban en la primera página de un importante diario, junto con el perpetrador alemán de un tiroteo masivo que también había asesinado a su madre. Nada indicaba que la mayoría de estos personajes y algunas de esas historias se trataban de lo mismo: violencia de género y silencio de género.

El presidente estadounidense, Donald Trump, compró el silencio de Stormy Daniels justo antes de las elecciones de 2016; ella recibió algo de dinero a cambio de convertirse en una persona que jamás tendría palabras y nunca contaría su historia (después, como lo han hecho muchas mujeres desde 2017, finalmente lo hizo). El mandatario ha pedido un aplazamiento del proceso de E. Jean Carroll en su contra por difamación —porque la llamó mentirosa cuando dijo que la violó— para poder encargarse de otra demanda de otra mujer a la que también le dijo mentirosa cuando dijo que la manoseó.

Hay una coincidencia esclarecedora en el hecho de que Alan Dershowitz era amigo y proveedor de servicios legales tanto de Jeffrey Epstein como de Trump; al primero le prestó sus servicios por acusaciones de abuso sexual y al segundo durante su juicio político. La historiadora Heather Cox Richardson escribió acerca del juicio lo siguiente: “Para Trump y quienes lo ayudaron, este juicio no se trata de la verdad; jamás ha sido así. Se trata del dominio y el poder. Obligar a alguien a aceptar algo que sabe que no es cierto refuerza el dominio de la persona que dice las mentiras”.

No tener poder significa que tus hechos y verdades pueden ser aplastados por los poderosos, quienes prefieren que esos datos, voces o historias no se escuchen. Y lo que esto implica al final es que la verdad, los hechos y las pruebas —ya sean ciencia o historias personales— solo pueden prevalecer en una democracia. No me refiero a una democracia solo en el sentido electoral, sino a un mundo en el que las diferencias de poder no decidan qué historias se cuentan, un mundo en el que esa decisión no dependa del estatus de quien alza la voz sino de la fuerza de los hechos.

Imaginemos que Weinstein hubiera cometido su primer abuso sexual en un mundo en el que su víctima tuviera la audibilidad, credibilidad, valor y recursos que él tenía. Seguramente no habría habido una segunda mujer, ni seis más testificando en un juicio, ni 90 mujeres con historias para las que nadie hizo espacio antes de 2017, cuando algo cambió. Y seguramente ni siquiera habría habido una primera sobreviviente en un mundo donde él supiera que, aunque podría dominarla físicamente, no podría acallar sus hechos y su voz con poder. Cuando escucho estas historias, pienso en mi propia juventud como una persona sin voz, no porque no pudiera hablar, sino porque no me escuchaban. Yo, como muchas otras, entonces y ahora.

Yo quería que encontraran culpable a Weinstein y lo encarcelaran, no como venganza —aunque lo tiene bien merecido— sino como una advertencia para que los hombres como él sepan que la era de la impunidad se acabó, que hay personas dispuestas a escuchar a las mujeres y que a veces lo que decimos tiene consecuencias.

El cambio más importante se encontrará en lo que no podemos medir: todos los delitos que no ocurran porque los posibles perpetradores temen las consecuencias, ahora que las hay. Todas las posibles víctimas que saben que, si alzan la voz, alguien podría escucharlas y apoyarlas. Sin embargo, quiero más que eso: quiero una sociedad en la que se acabe el deseo de cometer violencia sexual y en la que nadie se sienta con derecho a perpetrarla, no por miedo, sino por respeto a los derechos y la humanidad de las víctimas.

Sin embargo, incluso la idea de que la sentencia de Weinstein es un parteaguas resulta optimista: desde las oficinas hasta los campos agrícolas y los campus universitarios, la violencia sexual todavía está dañando a millones de personas y provoca que la sobrevivencia sea un esfuerzo adicional que demasiadas mujeres deben realizar a diario. Hemos democratizado las narraciones y la verdad a tal grado que ahora a veces oímos hablar de las consecuencias de la desigualdad, pero no lo suficiente para terminar con esas historias. Nosotras —bueno, algunos de nosotros— hemos comenzado un proceso que importa más que nada. Lo que acaba de ocurrir con Weinstein tal vez fue un paso hacia adelante, pero aún hay kilómetros por recorrer.

Rebecca Solnit ha publicado, entre otros libros, Los hombres me explican cosas. Su nuevo título, Recollections of My Nonexistence, unas memorias sobre sus encuentros juveniles con el silencio y la violencia, aparecerá próximamente.

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