El viejo rock and roll de Ciudadanos

Reconozco que el sintagma “nueva política” no acaba de convencerme. Me resulta pueril. Nos referimos a la política como la práctica de gobernar y gestionar una comunidad determinada. El vocablo señala etimológicamente a los griegos, de ahí que sorprenda que algunos hablen de nuevas maneras de hacer política si no es que se refieren a un populismo más propio del paternalismo feudal o el totalitario que a una democracia liberal y madura.

Hay un no sé qué de pataleta de niños consentidos en la fórmula “nueva política”. Me sorprende, por eso, que un partido que se forjó en contra de la ñoñería de mimados como fue el caso de Ciudadanos se apunte al carro del adanismo. Entiendo que quieran desmarcarse de las corruptelas y los vicios adquiridos. Sin embargo, tampoco se puede negar la condición humana. A veces tengo la sensación de que los que esgrimen la bandera de la moralidad sin tacha deberían leer con mayor atención a los grandes novelistas decimonónicos. Y tener en cuenta la historia.

En cualquier caso, Ciudadanos lleva más de una década en activo. Considero que el balance supera el aprobado. Es más, podríamos situarlo en un notable alto, si obviamos deslices tan antipáticos como presentarse a unas elecciones europeas coligados con Libertas. Bien es cierto que asistiendo al auge del nuevo fascismo europeo, aquello fue una chiquillada inocua. Una metedura de pata propia del advenedizo con prisas. Y la ambición, gran cualidad de Albert Rivera, es muy de política de siempre. Desde antes del moderno Bruto. El rey del navajazo.

Al igual que me parece ridículo el estandarte de “nueva política”, aplaudo la labor de poner bridas a la corrupción y hacer más próxima al ciudadano la gestión de las cuestiones públicas. Tengamos en cuenta que algunos empezamos a votar (y éramos de izquierda) en pleno vertedero moral socialista. Los GAL, Filesa, el choriceo de los fondos reservados, el descubrimiento de un país llamado Laos, justo al lado de los pájaros de Bangkok de la poesía de Vázquez Montalbán, lo mejor de su ingente producción literaria. Ahí queden sus versos sin mentiras ideológicas ni adiposidades hipócritas. A Gil de Biedma le pasa lo mismo.

Y ya que tocamos la fibra izquierdosa, me sorprende que tipos como Pablo Iglesias o Gabriel Rufián apelen a sus abueletes sin concretar en qué columna y división lucharon en la Guerra Civil. Tal vez no lo conozcan o no lo hicieron. No pasa nada. Pero cansa la manipulación de una tragedia mediante las babas sentimentales. Yo sé muy bien dónde lucharon el murciano Pascual Bernal, teniente de fortificaciones en la batalla del Ebro, y el catalán Joan Durich, sanitario en el frente de Teruel. No fue fácil. Perdieron una guerra de manera injusta. Porque, pese a todo, tenían la razón. Y fue una experiencia que no querían recordar ni revivir. Todo lo contrario. Apostaron por que su familia progresara. Y viviera en un país mejor del que les había tocado vivir.

Pienso que Ciudadanos nunca ha caído en la manipulación sentimental de la historia reciente de España. Más bien ha criticado el victimismo imperante. Me parece muy higiénico. Teniendo en cuenta que existe un revanchismo pernicioso. A ello contribuyó una generación de nietos desinformados que, en los gobiernos de Zapatero, empezaron a contar una historia que no se ajustaba a la verdad. Ahí se forjó esa manía del revanchismo.

Por otra parte, Ciudadanos ya ha cumplido una década de existencia. Cuando un grupo de personas se planteó crear en 2006 un partido político en Cataluña las cosas no fueron fáciles. Enseguida se les acusó de traidores a la patria. Recuerdo, casi con cariño, que los indocumentados (¡periodistas!) dijeron que su único objetivo era combatir la cuestión lingüística.

El paso siguiente fue afirmar que iban en contra del catalán. Una mentira a la que se acogieron rápidamente los nacionalistas. Tan falso como que si así fuera yo nunca hubiera firmado el primer manifiesto. De hecho, entre los 15 promotores destacaban escritores/artistas que habían contribuido a la riqueza del idioma y la cultura catalana. La poesía ferretieriana del añorado Iván Tubau, los ensayos canónicos de Xavier Toutain y Ferran Pericay (permítanme la coña Gimferrer), el Pla más sicalíptico de Arcadi Espada, las obras de Albert Boadella y su impecable persona, los polvos de Teresa Giménez Barbat, la prosa higiénica de Ponç Puigdevall. Incluso firmaba Francesc de Carreras. ¡Del Barça!

Como no se sostenía el anticatalanismo, se inventaron un mantra. Son especialistas en marketing: “Auto-odio”. Luego han seguido con la pesadez: “judicialización de la política”, “derecho a decidir”, “expolio fiscal”, “robo arbitral, Guruzeta”. Un amplio abanico de afrentas por parte de Madrit hacia su integridad indentitaria. Es que los españoles no tenéis corazón, mon dieu.

A partir de ese momento, los catalanes que no comulgaban con el nacionalismo pasaron a auto-odiarse. Fue muy divertido. Sobre todo porque te jugabas la cara. Recuerdo la agresión a Arcadi Espada en Gerona. Estábamos ante veinte Maulets. Y nos tuvimos que defender. Lo peor fue la actuación de la policía autonómica. Como muy bien narró Victoria Prego, la única periodista que estuvo allí para contarlo, la inaudita capacidad de saltarse la ley por parte de los mimados. Como si la norma fuera desobedecer y saltarse las reglas de manera violenta.

En fin, la cuestión es simpática. Espero que Ciudadanos no baje la guardia y siga representando a buena parte de la población catalana que no está por la labor. Por el coñazo indepe. Eso sí, también pediría que su normal expansión no olvidara que sus orígenes se fundamentan en la autenticidad. Como el viejo rock and roll. Aquel que aparecía en pelotas y en el rumor de las calles. Así fue en el Palau de la Música de Barcelona hace casi diez años. Sin Millet.

Nada que ver con la falsaria “nueva política”, of course.

Jordi Bernal, periodista, es autor del libro ‘Viajando con Ciutadans’ (Triacastela, 2015).

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