El viento nacionalista

Las nociones de derecha e izquierda, que nacieron en Francia en 1789, acaban de desaparecer en este país durante las elecciones presidenciales. En el origen de esta larga historia, en Versalles, se sentaron a la derecha los partidarios electos de la monarquía absoluta y conservadora, y a la izquierda, los partidarios de una monarquía limitada por una Constitución, bajo la égida de la filosofía de la Ilustración. Esta división política y filosófica ha regido la historia de Francia, y después la de todo Occidente, casi ininterrumpidamente durante dos siglos. Con el tiempo, la derecha se fue imbuyendo de la filosofía liberal y la economía de mercado, mientras que la izquierda se inspiraba en el socialismo. La división era clara, igual que la opción electoral. Parece que esta larga historia se ha hecho añicos.

Las elecciones presidenciales francesas, con una primera vuelta el pasado día 10 y una segunda vuelta el próximo domingo, así lo atestiguan: su enseñanza enlaza con la experiencia estadounidense de Donald Trump, que hoy aparece como un precursor, la británica de Boris Johnson, paladín del Brexit, la húngara de Víktor Orbán, orgulloso de ser antiliberal, y de muchos otros.

La división derecha/izquierda ha sido sustituida por un debate sobre la identidad nacional. ‘¿Quiénes somos?’ ha reemplazado al enfrentamiento anterior entre la eficiencia económica y el orden en la derecha y la justicia social en la izquierda. Para los nuevos nacionalistas -Trump, Orbán, Johnson, Le Pen- la nación es una comunidad inmutable, enraizada en una historia idealizada y una visión casi étnica que rechaza al otro, al inmigrante, a la globalización, a las organizaciones supranacionales. Este neonacionalismo es contrario a la evolución de las costumbres y de las prácticas sociales y sexuales, en nombre de la preservación de la identidad. ¿Quién define esta identidad, con qué derecho? Es en gran parte ficción, una narración nacional generalmente escrita por hombres en el poder. ¿Pero no es también una ficción la justicia social, tan querida por la izquierda? En política es difícil distinguir claramente lo real de lo mítico y hay que aceptar que lo mítico es una forma de realidad política. «Los mitos son objetos reales», afirma con acierto lapidario el sociólogo Edgar Morin.

Si nuestra hipótesis se confirma y las recientes elecciones francesas dan testimonio de ello, la democracia girará de ahora en adelante en torno a este eje identitario y opondrá dos conceptos de nación: la nación ‘abierta’ a los demás y al cambio, encarnada esta vez en Francia por Emmanuel Macron y su partido La República en Marcha, contra la nación ‘cerrada’, o replegada sobre su pasado, idealizada por Marine Le Pen y su Agrupación Nacional. Aunque prefiero una nación abierta a una cerrada, debo señalar honestamente que la mitad de mis conciudadanos no comparten mi visión y son tan franceses como yo. Este análisis, por tanto, no trata de juzgar, de excluir, sino de comprender la importancia clave de esta concepción conservadora, incluso nostálgica, de la identidad nacional.

Es obligado admitir que, para la mitad de la población, tanto en Francia como en Estados Unidos, Hungría y otros lugares, la identidad se vive como una especie de herencia personal, un orgullo inalienable, el bien de aquellos que, a veces, no tienen nada más y sospechan que ‘el otro’ se lo quiere arrebatar. No creo que ofenda a los más feroces defensores de esta identidad conservadora señalar que generalmente provienen de entornos modestos, no tienen mucha formación y están confinados a profesiones obsoletas, amenazadas por el desarrollo técnico aún más que por la globalización. Son hechos sociológicos, comprobados con los votantes de Donald Trump o Marine Le Pen.

Nada sería más estúpido que despreciar a los que probablemente estaban menos dotados al principio y han tenido menos oportunidades, por su familia o por la suerte, que los partidarios de la identidad abierta. Preguntémonos más bien qué respuestas concretas podemos darles: cómo igualar mejor las oportunidades empezando por la escuela, cómo compensar las desigualdades a lo largo de la vida y quién es más capaz de aportar soluciones reales. ¿El Estado, el mercado, la filantropía? Los tres, sin duda, en una necesaria redefinición y recomposición de sus respectivos papeles. Sería megalomanía atribuir a uno u otro de estos actores sociales la respuesta para todo.

El economista estadounidense Francis Fukuyama escribió recientemente que el liberalismo derivado de la filosofía de la Ilustración está condenado si no deja espacio para la nación, la identidad nacional y el Estado. Comparto esta profecía. Pero será difícil eludirla, porque a los liberales, individualistas y optimistas por temperamento, les cuesta integrar el pesimismo y la mitología en su razonamiento. Por lo tanto, para sobrevivir y persuadir, los liberales deben dar cabida, en su visión racionalista de la humanidad, a la parte de irracionalidad que hay en ella. Aprendamos a escuchar lo que no entendemos, si queremos evitar la desglobalización y el antiliberalismo, portadores de densos nubarrones.

Guy Sorman

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