El viernes de gloria de Sánchez

Más allá de las responsabilidades penales del delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco Pardo, por la autorización imprudente de la manifestación central feminista del 8-M cuando había certeza de que podría propagar el Covid-19, el sobreseimiento provisional de esta pieza por la magistrada Rodríguez-Medel, al ponderar que no hay indicios suficientes de la comisión de un delito de prevaricación, ha sido clarificador de cómo el Gobierno Sáncheztein está dispuesto a valerse de todos los medios a su alcance para salir indemne de aquellos atolladeros que entienda que le comprometen.

No en vano la incumbencia última del 8-M no es de un delegado del Gobierno, sino de un Ejecutivo que demoró la adopción de medidas drásticas para contener una pandemia que ya habitaba en España con el fin de preservar, por intereses ideológicos y propagandísticos, la marcha feminista. Con el agravante de no poder suspender tampoco otras muchas citas de aquel trágico fin de semana.

Lejos de eso, el Gobierno sostuvo que ni había problema ni eran necesarias las mascarillas, sino contraproducentes, según Simón El Embustero, puesto al servicio de la política, que no de la ciencia y del conocimiento, como blasona Sánchez y su ministro IIla usándolo de escudo humano. En vez de camisetas con su imagen, debieran fabricarse mascarillas con su gesto burlón parodiando la broma que Einstein gastó a un fotógrafo sacándole la lengua.

Por ello, desde primera hora, Sánchez se lo ha tomado como cosa propia. Si no la paraba de arranque, podía ser una bola de nieve que, al crecer, lo arrollara teniendo en cuenta que el Tribunal Supremo deberá pronunciarse sobre la vulneración del Código Penal por parte del Consejo de Ministros. En Italia, la Fiscalía, en las antípodas de la española, ya ha obligado a declarar como testigo al presidente Conte. Por eso, Moncloa apremió al ministro Marlaska a que se pusiera las pilas con las diligencias judiciales ordenadas a la Guardia Civil. Ello le forzó a devolverle a la juez del 8-M la trastada que a él le infligió su antecesor Rubalcaba, a las órdenes de Zapatero cuando él instruía, en la Audiencia Nacional, el caso Faisán contra la red de extorsión de ETA. Un chivatazo policial que dejó al hoy titular del Interior, como el gallo de Morón: sin plumas y cacareando.

Una vez superado su noviciado, se puede concluir con Marlaska lo que con Rinconete y Cortadillo antes de doctorarse en el sevillano Patio de Monipodio. Después de ser acogidos como unos ahijados más de su cofradía delictuosa de la Sevilla rufianesca del siglo XVI y disculparse estos por no estar muy cursados en fechorías, don Monipodio le indicaría, como Sánchez pudo haberle aseverado a su ministro, que no se afligieran por ello. «A puerto y escuela habéis llegado –les persuadió– donde ni os anegaréis, ni dejaréis de salir muy bien aprovechado en todo aquello que más os conviniere». Aunque a Marlaska se le ve bien anegado en su escaño cada vez que se enfrenta a las interpelaciones de la oposición sobre su purga de la Guardia Civil, parece haber aprovechado aquello que le conviene como para ser abrazado en Moncloa como uno de los suyos (por el momento).

Al Ejecutivo no le ha temblado el pulso a la hora de abusar de la Fiscalía General y de la Abogacía del Estado, así como sabotear la labor de la Guardia Civil como Policía Judicial y forzar el cambio de testimonio de funcionarios de la Delegación del Gobierno. Al tiempo, sus portavoces oficiosos denigraban al forense que mantuvo su criterio y a la magistrada con el concurso –no impagable, desde luego– de medios de comunicación que se han empleado con la saña y el denuedo de quienes temen perder el pan que se llevan a la boca.

La cohabitación PSOE-Podemos se guía por la máxima de que la mayoría gubernamental del momento puede imponerse en todos los ámbitos. Incluido auspiciar un cambio de régimen. Como parece apuntar el lapsus del ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, hablando de «crisis constituyente» en respuesta a una diputada independentista. De hecho, en la Alemania nazi, un tratadista como Carl Schmitt logró desbaratar la llamada Constitución de la República de Weimar de julio de 1919 tras proclamar al Estado como fuente absoluta de toda decisión legal. Invocando el concepto de «dictadura soberana» y anulando la voluntad soberana del Parlamento como expresión de la Nación, reemplazó un orden jurídico por otro. Más recientemente han secundado esa vía regímenes bolivarianos en Venezuela o Ecuador.

Atendiendo a la instrucción de la juez Rodríguez-Medel, a muchos servidores públicos ya no habrá que decirles lo que deben hacer en episodios que involucren al Gobierno. Al revés de antaño, cuando, con el ojo indiscreto de alguna cámara perdida, hubieron de explicitarlo Felipe González con el presidente de la Audiencia Nacional, su amigo Clemente Auger, o la vicepresidenta De la Vega con la presidenta del TC, María Emilia Casas. Arrugada a su lado, parecía la amiga minusválida de Heidi siendo regañada por la señora Rottenmeier, su déspota institutriz.

Así fue igualmente con la juez Alaya en el fraude millonario de los ERE. El otrora presidente del Consejo General del Poder Judicial, Gonzalo Moliner, la censuró en público antes de irse a almorzar plácidamente con el luego condenado Griñán al Palacio de San Telmo.

Después de este aviso a navegantes, y de que la juez no se tomara ni la molestia de esclarecer el cese del coronel Pérez de los Cobos por negarse a quebrantar el secreto impuesto por ella sobre las pesquisas encargadas a la Benemérita, el cumplimiento del deber por parte de cualquier funcionario público supondrá un acto de heroísmo a la altura casi de los mártires de la Iglesias primitiva arrojados al coso romano para ser alimento de los leones. Es verdad que la juez Rodríguez-Medel ha salvado la negra honrilla al reprochar al delegado del Gobierno su actuación imprudente «dictando resoluciones de toma de conocimiento de concentraciones o manifestaciones sin exigir que se adoptara medida de precaución alguna».

A la luz de cómo se deserta del deber que concierne a cada cual, y más después del mal pago a quienes dieron la cara frente al golpe de Estado independentista en Cataluña, cobra actualidad y es digna de rescatarse de la cinemateca la película Serpico. Como los amantes del género saben, esta obra maestra de Sidney Lumet, a la que Al Pacino aportó su talento interpretativo, narra la historia de un policía, Serpico, que es testigo de cargo en la investigación judicial abierta sobre la corrupción en el Departamento de Policía de Nueva York.

En medio de un ambiente de putrefacción en el que sus compañeros se repartían sobresueldos con las mordidas de los delincuentes a cambio de carta blanca a sus fechorías, este desaliñado agente de origen italiano y fuertes convicciones se granjeó la enemistad corporativa al negarse a engrosar la cadena de los enjuagues. Ello aisló a este llanero solitario desestabilizado anímicamente.

A cuenta de su empecinamiento en navegar a contracorriente como un salmón, su pareja le contará –casi como último intento para no abandonarlo– la historia del reino que vio cómo una bruja envenenó el pozo del que se bebía en aquellos dominios reales. Con la excepción del monarca, todos los súbditos fueron víctimas del fatal hechizo contrayendo automáticamente la locura. Con el juicio perdido, los siervos se echaron a la calle dispuestos a deshacerse de un rey que parecía un enajenado a ojos de aquella perturbada muchedumbre.

El cuerdo soberano, viendo que el destino le deparaba la muerte más horrible, aprovechó la oscuridad de la noche para beber del aljibe embrujado y enloquecer como sus vasallos. Al percatarse estos de que Su Señor había recobrado la razón, el contento fue general en aquel reino del revés en el que la demencia se había apoderado, del rey abajo, todos.

Oído el relato de su cónyuge con la consiguiente admonición de que cejara en su quijotesca batalla contra la corrupción policial, el rebelde con causa que era Serpico declinó, empero, ingerir aquel agua que le hiciera partícipe del gatuperio y le evitara ser contemplado como un paranoico por sus colegas. Su condición de héroe sin recompensa probaba el desistimiento ante una lacra que carcome la democracia, pero que se asimila como si fuera la basura natural del sistema tras digerir pesadamente aquello que deglute.

A la par que doblaba el pulso a la Justicia en un asunto de su primordial interés, Sánchez solidificaba su entente con Ciudadanos al recibir en La Moncloa a una comisión de estos encabezada por su portavoz adjunto, Edmundo Bal, con una de sus vicepresidentas, Carmen Calvo, como anfitriona. En cierta forma, supone la cuadratura del círculo para sus intereses, pues le permite seguir con sus planes de legislatura con sus socios independentistas, mientras se sube Cs al pescante del coche oficial. Nacidos para combatir a estos, no halla ahora inconveniente en sumarse a tan heterogéneo séquito presidencial.

Más allá de lo que le aporten los escaños de Cs, el acercamiento perseguido por Inés Arrimadas tiene el inmenso valor de reducir a la oposición a la impotencia al posibilitar a Sánchez arrinconar al PP presentándolo como anejo a Vox e instrumentalizar, a su vez, a la formación de Abascal para cohesionar y movilizar al votante de izquierdas al grito de que «¡Viene el lobo!». Como en el cuento que tiene como protagonista al mentiroso del mismo nombre y semejante capacidad que Sánchez sin granjearle, por ahora, el general desengaño, como terminó por ocurrirle al émulo de la fábula.

Ello puede obrar que, tras perder la guerra del coronavirus con sus más de 45.000 muertos reducidos a pura estadística y que se podían haber aminorado si no se hubiera supeditado el estado de alarma al 8-M, pueda ganar la postguerra a diferencia de Churchill. Como diagnostica Ortega en El error Berenguer, el ser humano es demasiado estúpido para agradecer que alguien le evite un mal. Precisa retorcerse de dolor para corresponderle a quien lo sana. «Pero así, en seco, sin martirio previo, el hombre –remacha el gran filósofo– es profundamente ingrato».

Aunque Sánchez, cual Narciso satisfecho al contemplar su imagen, crea merecer lo que tiene, cuando debiera estar agradecido por tener más de lo que merece, puede sentirse dichoso tras este viernes de gloria, aunque ésta sea pasajera, cual flor de primavera.

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