El VIH y los ODS

Hace treinta años, cuando la comunidad internacional ofició el primer Día Mundial del SIDA, creíamos que jamás le ganaríamos la batalla al VIH. Pero tras millones de muertes y años de temor, ahora tenemos estrategias eficaces para prevenir la transmisión y poner métodos de diagnóstico y tratamiento al alcance de quienes los necesitan.

Sin embargo, pese al notable progreso de las últimas tres décadas (o tal vez, precisamente por él) debemos evitar la tentación de declarar que la lucha contra el SIDA está casi terminada. En muchas partes del mundo, la tarea más ardua apenas comienza.

Desde el inicio del siglo, muchos avances contra el VIH fueron posibles gracias a los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), un plan de políticas de 15 años que puso como alta prioridad reducir la transmisión del virus. Esto llevó a una inédita expansión de los servicios de prevención y tratamiento, particularmente en los países en desarrollo. El progreso fue rápido, y cuando en 2015 los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) reemplazaron a los ODM, poner fin al SIDA dejó de ser un objetivo independiente: continuar el avance es una de 169 metas que los ODS proponen alcanzar de aquí a 2030.

Pero la transición de “objetivos” a “metas”, combinada con una marcada reducción de las muertes por SIDA, nos ha sumido en una falsa sensación de tarea alcanzada. Hoy muchos sostienen que el fin del SIDA está próximo. Por desgracia, la verdad es muy distinta.

El VIH es una cuestión compleja. Las respuestas biomédicas son vitales para el control de la enfermedad, pero hasta las iniciativas mejor diseñadas fracasarán si la gente no tiene acceso a medicamentos o servicios preventivos. Además, los obstáculos al tratamiento no están en general relacionados con la atención médica, sino con la marginación política, económica y social. Por ejemplo, puede ser difícil reducir las tasas de infección en países donde la desigualdad de género impide a las mujeres tomar decisiones respecto de cuándo, dónde e incluso con quién tener relaciones sexuales.

Es verdad que en muchas partes del mundo al VIH ya se lo considera una enfermedad crónica que es manejable con medicación y cambios de estilo de vida; un hecho que por sí solo es digno de celebración. Sin embargo, millones de personas todavía no conocen su situación respecto del VIH y no pueden obtener el apoyo que necesitan en caso de recibir un diagnóstico positivo. Para que el mundo pueda vencer al VIH/SIDA, debemos hallar modos de resolver estas falencias.

Sobre todo, eso implica una mayor integración del combate al VIH dentro de la planificación para el desarrollo sostenible. Cuando los gobiernos trabajan para implementar los ODS en áreas tales como la protección social, la seguridad alimentaria y la violencia de género, deben incluir en sus planes las respuestas al VIH. Sólo vinculando las estrategias para el VIH con las cuestiones que predisponen a la gente a la infección (por ejemplo la pobreza, la educación y la discriminación de género) podremos esperar un futuro libre de SIDA para todos y en todo el mundo.

Tenemos mucho camino que recorrer antes de lograrlo. Por ejemplo, hace apenas un mes en Tanzania, cientos de personas lesbianas, gays, bisexuales y transgénero (LGBT) tuvieron que esconderse después de que la autoridad municipal de Dar es Salaam advirtió que se estaba creando un grupo de tareas para identificar y castigar a homosexuales. Como las organizaciones LGBT están en la primera línea de la prevención del VIH en Tanzania, cualquier amenaza a los derechos humanos de sus miembros es también una amenaza a la respuesta al VIH.

Y Tanzania no es la excepción. Por el contrario, como señala un informe reciente de la organización a la que represento, la situación es particularmente grave en Medio Oriente y el norte de África, donde son muy comunes las relaciones sexuales forzadas dentro y fuera del matrimonio. Estos encuentros coercitivos y a menudo violentos aumentan el riesgo de exposición de las mujeres al VIH.

Los vanguardistas de la respuesta al SIDA siempre han sabido que la victoria sobre la enfermedad no puede darse aislada, sino que implica enfrentar un conjunto interconectado de desafíos sociales, culturales, económicos y legales. Por eso los activistas llevan años trabajando para que se deroguen leyes discriminatorias, se desarrollen programas educativos para la mejora de la salud sexual y reproductiva, y se creen redes de apoyo con personas que comprenden que el VIH no discrimina por nacionalidad, sexualidad o situación económica. En nuestra futura lucha contra la enfermedad no debemos olvidarnos que llegamos hasta aquí aplicando una estrategia inclusiva.

La consigna de los ODS es “que nadie quede atrás”. Pero por el momento, muchas de las personas más vulnerables al VIH están siendo olvidadas y quedarán atrás. Hoy, las tasas de infección con VIH más altas se encuentran entre las personas pobres y socialmente marginadas, lo que resalta el hecho de que mientras no se hayan alcanzado los ODS, el “objetivo” de poner fin al flagelo del VIH/SIDA seguirá siendo esquivo.

Christine Stegling is Executive Director of the International HIV/AIDS Alliance.

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