El vínculo entre recortes y revueltas

Hemos estudiado un siglo de inestabilidad social y los datos invitan a concluir que las medidas de austeridad conducen a la violencia. Cuando Londres dejó de arder, empezó a calentarse el debate político sobre las causas de los disturbios. En un extremo del espectro, el ex alcalde de la ciudad Ken Livingstone echó la culpa a los recortes del gasto público y, en el otro, David Cameron atribuyó las reyertas pura y simplemente a conductas delictivas. Muchos de los recortes anunciados por el Gobierno de coalición no se han aplicado todavía; sin embargo, no es menos cierto que existen carencias reales en muchas zonas de Londres y que los servicios locales se han reducido ya en algunas áreas. Así pues, ¿dónde está el origen de conflagraciones repentinas como las ocurridas recientemente en Londres?

Una aproximación constructiva a la hora de abordar una cuestión tan compleja consiste en distinguir entre los hechos que hacen estallar el descontento y las causas subyacentes que hacen que éste sea más probable. Cuando se incendia una gasolinera, no se trata tan solo de saber quién arrojó la colilla; se trata también de saber por qué se produjo un escape de los gases del combustible. Los disturbios y la inestabilidad sociales suelen ser difíciles de explicar. En la mayoría de los años no pasa nada; luego, de repente, estalla la violencia.

Los estudiosos han tratado de entender qué factores están presentes en la creación de ambientes sociales potencialmente explosivos. Según un trabajo del economista Ed Glaeser sobre disturbios raciales en Estados Unidos, por ejemplo, la heterogeneidad racial de un barrio aumenta la probabilidad de disturbios. Lo mismo sucede con el desempleo. La pobreza, por el contrario, parece que juega un papel menos importante.

En un estudio reciente, nosotros nos centramos en la relación entre medidas de austeridad y malestar social. Analizamos un gran número de países a lo largo de casi un siglo para descubrir algunas constantes empíricas. En dos estudios acometimos el análisis de disturbios en 28 países europeos desde 1919 hasta 2009 y en 11 países de América Latina desde 1937. Lo que encontramos es una asociación estadística clara y efectiva entre los recortes de gastos sociales y el nivel de malestar social.

Para elaborar una medida del malestar, nos fijamos en cinco indicadores: disturbios, manifestaciones contra Gobiernos, huelgas generales, asesinatos políticos e intentonas revolucionarias. En un año y en un país cualesquiera, hay aproximadamente un incidente y medio de este tipo. Cuantos más recortes sociales se aplican, más incidentes se cosechan.

En el momento en que las medidas de austeridad golpean al 3% o más de la población, el número de incidentes se multiplica por dos. Resulta interesante el dato de que, en el caso del Reino Unido, esa pauta se agudiza todavía más: por cada punto porcentual de recortes, se produce inestabilidad en un promedio superior al de los demás países. Es importante asimismo destacar que estos efectos se suman a la bien conocida relación entre un menor crecimiento (asociado a un mayor desempleo) y una mayor inestabilidad.

Si bien este patrón se mantiene a lo largo de la muestra, la relación no es determinista; la posibilidad de disturbios aumenta a medida que los Gobiernos aplican recortes de gastos sociales, pero no está garantizada. Hay una gran diversidad de incidentes, entre los que se pueden mencionar la brutalidad de la policía, como en el caso de Rodney King en Los Ángeles, o el asesinato de Mark Duggan en Londres, que pueden proporcionar la chispa que da lugar a una conflagración. Una de las razones por las que los tiempos de austeridad posiblemente crean el ambiente adecuado para el descontento generalizado es, en nuestra opinión, que los recortes sociales afectan por lo general a determinados sectores de la sociedad desproporcionadamente más que a otros.

No deja de ser curioso que las subidas de impuestos no tengan el mismo efecto. Por más que también estén asociadas a una mayor inestabilidad, sus efectos son escasos y el vínculo, débil, lo cual invita a pensar que los Gobiernos que quieran economizar pero estén preocupados por la inestabilidad social deberían considerar los aumentos de impuestos como primera y principal medida.

Estos descubrimientos ponen en duda las verdades comúnmente aceptadas. Hasta la crisis de la deuda soberana de 2010, el consenso entre los economistas era inequívoco: los recortes de gastos sociales pueden funcionar como un estímulo del crecimiento económico. Además, estaba generalmente aceptada la opinión de que no hay castigo en las urnas a los recortes de gastos sociales. Los Gobiernos que ponen en práctica programas de austeridad extrema tienen exactamente las mismas probabilidades de ganar que los que no hacen nada. Mientras que una investigación reciente del FMI (Fondo Monetario Internacional) arroja ciertas dudas sobre los beneficios económicos, nuestros resultados cuestionan la vertiente de economía política de este relato: es posible que los recortes sociales no pongan en peligro una reelección, pero crean riesgos de una inestabilidad social y política importante.

Nadie sabe dónde y cuándo se va a producir de nuevo malestar social ni el grado que alcanzará. Sin embargo, la historia induce a pensar que no debemos subestimar las consecuencias del caos social. Los alemanes recuerdan incluso a día de hoy a Heinrich Bruning, conocido como el canciller del hambre, que dirigió el país desde 1929 hasta 1932. Gobernó con un programa de austeridad que no tenía precedentes. Al mismo tiempo, la República de Weimar, el primer ensayo de democracia en Alemania, se desintegró en medio de una ola de agitación social y violencia política.

Jacopo Ponticelli y Hans-Joachim Voth, investigadores de la Universidad Pompeu Fabra y autores de Austerity and Anarchy.

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