El voto amigo en Podemos

La edad aproximada del universo es de 430 petasegundos. Un Ps son 32 millones de años (1015 segundos). La nada, comparado con el tiempo que necesitaríamos para dedicar un segundo a cada una de las distintas maneras en las que se pueden ordenar los 62 nombres del Consejo Ciudadano de Podemos (3,15*1085). Elegir a tantos de una vez, por su nombre y, además, por orden de preferencia, es un método amoldado a la hegemonía interna: el desenlace se decide, en la práctica, al confeccionar la lista que se propone a los votantes. Es una ilusión que se vote por personas. Incluso esta se desvanece cuando hay una oposición significativa que no se integra: gana un grupo y barre. En el caso de Podemos, se han reservado lotes de dos a cuatro asientos para los perdedores.

El procedimiento aprobado para designar al Consejo Ciudadano —llamado recuento de Borda, pero ideado por Nicolás de Cusa en el siglo XV— es un sistema de voto por puntos: al primero de mi lista de doy 80 puntos, al segundo 79… se suman, y ganan los que tengan más. Parece inocente, pero no lo es. Cuando los votos tienen pesos distintos, un grupito con preferencias muy polarizadas puede subvertir la decisión del resto. Técnicamente, esto se llama incumplir con la independencia de las alternativas irrelevantes. Significa que los que prefieren, sin más, A sobre B, cuentan menos que los que dicen que antes que a B preferirían al primero que pase por la puerta. Apelando a una alternativa irrelevante se les permite mostrar un rechazo especial, y que su voto cuente más.

Por ejemplo, supongamos que hay una lista integradora y que votan algo más de 180.000 personas, como la última vez, divididas así: 85.000 votan por el candidato A en primer lugar y por el candidato B en segundo lugar, mientras que 95.000 lo hacen justo al revés. Pese a que B es el preferido por la mayoría, puede quedar segundo. Para ello es suficiente con que unos 170 inscritos sitúen al candidato A el primero de su lista y a B el último, con 61 puntos menos. No va a pasar en Podemos, pero la manipulación es una posibilidad real.

Además, cuando el voto consiste en ordenar una larga lista abierta, la votación es corruptible. Basta jugar con el orden de las 8 últimas plazas para obtener más de 50.000 permutaciones, secuencias únicas que pueden funcionar como códigos de barras. Cualquier persona, o un grupo, puede convenir que una de ellas sea la “firma” de su voto para pactar algún intercambio. Nunca sucederá en Podemos, pero la historia universal de las votaciones está llena de ese tipo de infamias.

La democracia interna de una organización es algo para lo que no hay arreglos óptimos. Cuando los miembros de un grupo se parecen, el problema puede tener buenas soluciones comunitarias, como son las decisiones por consenso, la rotación en los cargos o los sorteos. Estos son los métodos de la democracia directa, pero no están muy ensayados por la historia. Las soluciones comunitarias más frecuentes no son esas, sino facilitar el funcionamiento de las jerarquías reconocidas. En el pasado también se votaba (abades, rectores, procuradores, alcaldes, generales…) pero para confirmar a alguna autoridad natural.

Los métodos de votación de Podemos guardan semejanza con los viejos métodos comunitarios. De hecho, seleccionar personas de una lista larga es, posiblemente, el método de votación más antiguo. Hasta hace poco, sobrevivía en las elecciones al claustro universitario, tal vez el sistema contemporáneo más cercano a la Edad Media. Funciona mejor cuanto más consenso haya sobre el resultado, que es lo que está llamado a reflejar. No es que no pueda haber conflicto, pero la costumbre de quemar las papeletas tras elegir al Papa nos recuerda que algunas organizaciones prefieren olvidarlo pronto.

Cuando el conflicto no se esfuma, es necesario un compromiso entre la centralización y la fragmentación. Las soluciones más comunes son centralizadoras. Las más democráticas insisten en la rendición de cuentas para equilibrarlo. La formalización de mecanismos internos de proporcionalidad, que da lugar a facciones organizadas, no es imposible, pero admitamos que no tiene muy buen nombre. La solución de Podemos es máximamente centralizadora, bajo las ropas de un vetusto método para elegir entre personas. Esto podría hacer que los contrapesos aparezcan en los territorios, no sería nuevo. Debemos aguardar la evolución con curiosidad científica y democrática. No va a ser solo un debate de ideas.

Alberto Penadés es profesor de Sociología de la Universidad de Salamanca.

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