El voto de Don Pelayo

Andalucía registró ayer un terremoto político de enorme intensidad con hipocentro localizado en las más profundas placas tectónicas del electorado de la derecha. La irrupción de Vox en el nuevo Parlamento autonómico con mucha más potencia de la que vaticinaban las encuestas augura nuevas sacudidas de repetición cuyas ondas alcanzarán, con toda probabilidad, como mínimo a las próximas elecciones locales, regionales y europeas. El temblor afectó de lleno a los cimientos del Palacio de San Telmo con un fuerte zarandeo de la Presidencia, desplomada en un retroceso histórico para una comunidad que lleva 36 años gobernada por la izquierda. El Partido Popular, pese a sufrir una significativa hemorragia en votos y escaños, se puede ver catapultado al poder por una alianza de las tres fuerzas beneficiadas por el inesperado corrimiento de tierras. La expectativa de continuidad que había rodeado estas elecciones ha desembocado en una descomunal convulsión por sorpresa.

El voto a Vox, sin duda la gran novedad de la jornada, ha estremecido un escenario que la mayor parte de los andaluces consideraban estabilizado en una suerte de conformismo pragmático. Existen muchas explicaciones concomitantes para este estallido de hartazgo que ha empujado a casi 400.000 votantes a dar su respaldo a un partido que se presenta a sí mismo con la pujanza reconquistadora del Cid Campeador y la retórica refundacional de Don Pelayo. Desde la tibieza marianista ante el desafío catalán hasta los excesos de un modelo territorial cada vez más cuestionado; desde la connivencia de Pedro Sánchez con el separatismo hasta la agresividad y el descaro con que Podemos combate la Constitución e impugna el régimen monárquico. El surgimiento de este voto «iliberal», como le llaman los americanos, constituye una evidente manifestación de protesta de muchos ciudadanos que se han sentido legitimados, ante la arrogancia de la izquierda, para dar rienda suelta a su rechazo.

La posibilidad de un vuelco de poder en el latifundio socialista ha entrado por la gatera de un clima de opinión pública rutinario. La idea de un triunfo relativamente fácil de «los de siempre» ha desmovilizado a gran parte de su electorado clásico. La participación ha bajado entre ocho y cinco puntos en los distritos y municipios donde el PSOE cimentaba su liderazgo, y ha subido en territorios tradicionalmente reacios. La estrategia de campaña de Susana Díaz, agrandando el fantasma de Vox para dividir a sus adversarios, ha terminado rebotando sobre su propio tejado. Su victoria en mayoría relativa, con notable pérdida de diputados y sufragios, tiene un indiscutible sabor amargo. Su prometedor futuro se nubla seriamente tras recibir dos descalabros -éste y el de las primarias- en poco más de un año. El argumento de la lista más votada pierde todo su sentido después de que la moción de censura de Sánchez haya despenalizado las alianzas de perdedores como método de asalto. También el de la radicalidad de Vox como aliado: el actual Gobierno de España lo es gracias al sostén de los autores de un golpe contra el Estado, los extremistas antisistema y hasta los herederos del posterrorismo vasco.

El presidente del Gobierno sale también descalabrado de estos comicios. Su calendario se viene abajo. El desmoronamiento en su mayor feudo no es sólo un fracaso de Díaz sino un severo castigo a la estrategia monclovita de alianza con el nacionalismo. Tanto Ciudadanos como el PP, y por supuesto Vox, que propone incluso la abolición del Estado de las autonomías, han puesto máximo énfasis en la fortaleza frente al desafío. Las elecciones de ayer eran el primer examen ante las urnas del sanchismo, y lo ha suspendido. Quedan por saber las consecuencias que tendrá a escala española este verdadero estremecimiento sísmico, un voto claramente adverso a la toma del poder con ayuda de los populistas y del independentismo. La derecha se ha rebelado en el lugar y en el momento más imprevistos.

No será fácil, en cualquier caso, articular un acuerdo tripartito para sustituir a la longeva socialdemocracia en el Gobierno. CS y PP lo tienen más o menos hablado, y existe un acuerdo implícito entre sus candidatos Juan Marín y Juan Manuel Moreno para, en caso de sumar la masa crítica necesaria, hacer presidente al que de los dos quedase primero. Pero la determinante presencia de Vox en el Parlamento deja interrogantes que vuelven ese pacto más incierto. Su programa es abrupto, escarpado, y contiene premisas muy arriscadas que pueden resultar inasumibles para una formación de línea moderada como Ciudadanos. Sensu contrario, el partido de Albert Rivera tendrá muy complicado vender, dentro y fuera de Andalucía, una eventual resistencia a la oportunidad de un cambio. Esperan meses de negociación e incertidumbre, de un tira y afloja problemático en el que se reflejará la pugna por la primogenitura del centro-derecha que vienen manteniendo Rivera y Pablo Casado, pero la mayoría de sus electores presentes y potenciales no entenderían que los naranjas permitiesen al PSOE continuar gobernando.

Para el nuevo líder nacional del PP, el resultado es un paradójico alivio. La situación consolida su liderazgo en un momento en que empezaba a hallarse comprometido, pese a que se ha dejado una importante porción de votos y que, objetivamente, ha retrocedido. Su principal objetivo consistía en evitar que lo superase C´s, y ahora se halla ante la posibilidad de gobernar un territorio emblemático para el socialismo. Sin embargo, el alto porcentaje de Vox le obliga a una profunda reflexión para recuperar el bloque unitario que Rajoy recibió y que ha quedado, más que fragmentado, molido. Y caso de gobernar Andalucía, su candidato Moreno se va a enfrentar a una inmensa maquinaria de poder encastrada en el formidable aparato institucional de la Junta y sus mecanismos administrativos. Suficiente reto para contener la euforia desatada en este día crítico.

Con todo, el momentum de Vox es el gran acontecimiento, la novedad indiscutible del día. La escena política va a tener grandes dificultades para digerir el inevitable protagonismo de esta presencia disruptiva, cuyos perfiles pedregosos, incluso anticonstitucionales, ofrecen numerosas aristas. Casi todos los movimientos tectónicos, de la vida pública nacional han comenzado por Andalucía. Los próximos meses dirán si ayer empezó también otro cambio de paradigma.

Ignacio Camacho es periodista.

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