El voto de las mujeres: la larga marcha

Por Begoña Muruga (EL CORREO DIGITAL, 01/10/06):

Este año se conmemora el 75 aniversario de la conquista del voto por parte de las mujeres. Fue precisamente un 1 de octubre cuando, tras un intenso debate en el Parlamento y con un escaso margen de votos (40), se aprobó el artículo que reconocía a las mujeres el derecho al voto en igualdad de condiciones con los varones.

No era la primera vez que el tema del sufragio femenino se debatía en el Parlamento. En 1877, varios diputados suscribieron la siguiente enmienda para que figurara en el texto del proyecto de ley para la elección de diputados a Cortes: «Las madres de familia, viudas o mayores de edad, a quienes corresponda el ejercicio de la patria potestad (…) gozarán de derecho electoral». Propuestas como ésa, de voto restringido para las mujeres, se habían planteado en el Parlamento británico en numerosas ocasiones. Y parecer ser que fueron el referente que se utilizó en nuestro país.

En el verano de 1907, con motivo del debate parlamentario sobre la reforma electoral, se presentaron dos enmiendas a favor del voto femenino. En la primera de ellas se pedía el voto para las mujeres viudas y aquellas que habían logrado la emancipación, y se restringía el derecho a las elecciones municipales. La otra enmienda recogía que sólo podían votar las viudas que pagaran una contribución no menor de cien pesetas anuales. Ni una ni otra se aprobaron. Un año después, tampoco se aprobaron unas enmiendas presentadas en el Parlamento en los mismos términos. El tema quedó en suspenso hasta 23 años después. En esa ocasión hubo una figura fundamental en el debate: Clara Campoamor.

Clara Campoamor nació en Madrid, en 1888. Hija de familia humilde, al morir su padre ayudó a su madre como costurera. Tras haber superado unas oposiciones, trabajó como telegrafista en San Sebastián. Más adelante, y también por oposición, consiguió una plaza de maestra en Madrid. Su afán por aprender le llevó posteriormente a matricularse en Derecho, y acabó la carrera con 36 años (no olvidemos que hasta 1910 las mujeres españolas no podían acceder a las carreras universitarias).

En 1922 entró a formar parte de la ANME (Asociación Nacional de Mujeres Españolas) y desde 1924 aparece como dirigente de la JUF (Juventud Universitaria Feminista). En 1928 creó, junto con otras compañeras, la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas. Miembro de la Academia de Jurisprudencia, pronunció innumerables conferencias y llevó a cabo numerosas intervenciones en las sesiones de la Academia. Aunque intervenía en temas variados, su mayor preocupación era la situación jurídica de las mujeres españolas.

Tras afiliarse al Partido Radical, salió elegida diputada en las elecciones de 1931. Nombrada miembro de la Comisión que iba a redactar la Constitución, Clara Campoamor defendió a ultranza la equiparación de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio, el divorcio y el sufragio universal. Los compiladores del anteproyecto habían sugerido la siguiente redacción en uno de los artículos: «No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: el nacimiento, la clase social, la riqueza, las ideas políticas y las creencias religiosas. Se reconoce en principio la igualdad de derechos de los dos sexos». Clara Campoamor protestó enérgicamente de que sólo se reconociese ‘en principio’ la igualdad de derechos, y consiguió que se incorporara el sexo a la lista mencionada. El anteproyecto, por otra parte, recogía el voto sólo para las mujeres solteras y viudas, argumentando que el sufragio de las mujeres casadas podía ser fuente de discordia en la familia.

En el debate que se realizó en septiembre en el Parlamento, Clara Campoamor tuvo que defender prácticamente sola el sufragio para las mujeres sin ninguna restricción, y escuchar frases como «a la mujer no la dominan la reflexión y el espíritu crítico, sino que se deja llevar siempre por la emoción» o «el histerismo no es una simple enfermedad, sino la propia estructura de la mujer».

El 1 de octubre de 1931 se aprobó el artículo que reconocía el sufragio femenino. El 40% de los diputados o no había votado o estaba ausente. Votaron a favor: el Partido Socialista (con alguna sonada excepción, como Indalecio Prieto), la derecha y pequeños núcleos republicanos; en contra: Acción Republicana, los Radical-Socialistas y el Partido Radical (con la excepción de Clara Campoamor y otros cuatro diputados). Todos los partidos de izquierda llevaban en su programa electoral el voto femenino, pero opinaban que había que esperar. El temor de todos ellos era que las mujeres estaban demasiado vinculadas a la iglesia. Victoria Kent propuso aplazar el voto, argumentando que no era cuestión de capacidad de la mujer, sino de oportunidad para la República. Azaña describió el debate como divertido. Y añadió: «dos mujeres solamente en la Cámara y ni por casualidad están de acuerdo».

A Clara Campoamor le costó muy cara su defensa del sufragio femenino. Cuando en las elecciones del año 1933 ganó la derecha, los partidos de izquierda culparon de la derrota al voto femenino. Campoamor, en un artículo en el que analizaba el resultado de las elecciones, explicaba claramente que la debacle de la izquierda se debió a tres factores: la abstención de los anarquistas, la división de la izquierda y los errores cometidos en los dos años de gobierno. Daba igual. Lo más fácil era buscar un chivo expiatorio. El año 1934 abandonó el Partido Radical, por discrepancias en la resolución de la revuelta de Asturias. El año 1936, cuando ganó la República, nadie habló del voto de las mujeres y nadie pidió disculpas a Clara Campoamor por sus manifestaciones anteriores. Al estallar la Guerra Civil, se trasladó a vivir a Laussanne. Allí falleció, en 1972.

Tanto en Estados Unidos como en la mayoría de los países europeos el debate parlamentario sobre el voto de las mujeres fue precedido por la movilización y el debate público, pero en España la situación fue distinta. Por ello, se ha afirmado en numerosas ocasiones que aquí la aprobación del voto se debió más a la situación política que a la lucha de las mujeres por el sufragio. Es cierto que en España no existió un movimiento feminista comparable al de esos países, pero estoy convencida de que sin la lucha decidida de las feministas españolas y sin la defensa de Clara Campoamor no se hubiera logrado el voto sin restricciones en 1931. En los años 1877, 1907 y 1908 el debate parlamentario no tuvo detrás a las sufragistas, pero, a partir de ahí, la situación cambió radicalmente: la Prensa recogía con frecuencia el tema, tanto en sus editoriales como en sus artículos de opinión; comenzaron a aparecer publicaciones editadas por mujeres; numerosas personas a título individual manifestaban su preocupación por el voto femenino, y surgió un movimiento organizado de mujeres. La ANME, asociación creada en 1918 por María Espinosa de los Monteros, fue referente fundamental del feminismo de la época y firme defensora del voto de las mujeres. Pero también hubo mujeres que contribuyeron al debate, entre ellas la periodista Carmen de Burgos y la maestra Benita Asas Manterola, fundadora del periódico ‘El pensamiento femenino’.

La larga marcha por el voto femenino que comenzó en el siglo XIX aún continúa, ya que existen países en los que las mujeres no tienen derecho a voto. Si analizamos el panorama internacional, comprobamos que la conquista del voto en España fue relativamente temprana, y a ello contribuyó, sin lugar a dudas, la situación política, pero sin Clara Campoamor, tanto en la Comisión Constitucional como en el Parlamento, sin sus argumentaciones, sin su defensa a ultranza de la igualdad, sin su confianza en las mujeres, el voto sin restricciones se hubiera aplazado en nuestro país. Estoy segura.