El vuelo del AVE

Cuando en vísperas de las elecciones generales de 1982 le preguntaron a Felipe González en qué consistía el lema “Por el cambio” que el PSOE había escogido para su campaña electoral, éste respondió lacónicamente: “El cambio es que España funcione”. El resultado de esas elecciones supuso para el PSOE la más amplia mayoría absoluta que hemos conocido hasta ahora en democracia, lo que significaba, por tanto, que el pueblo español daba un cheque en blanco para que se realizase ese cambio que descansaba esencialmente en tres pilares: la modernización de España, la consolidación de un régimen democrático y la adhesión de nuestro país a la Comunidad Económica Europea.

En la primera y segunda legislaturas socialistas esos objetivos se consiguieron en gran medida, antes de que la corrupción política y económica se fuese extendiendo como una mancha de aceite. Sea lo que fuere, lo que me interesa analizar aquí es que el objetivo del cambio -es decir, el que España funcionase- se logró en muchos sectores, mientras que en otros fracasaría rotundamente. Así las cosas, el mayor de los fracasos, a mi entender, consistió en que no se logró imbuir a toda la sociedad la idea de que para que las cosas funcionen hay que hacerlas no sólo con la competencia indispensable, sino también con el deseo asumido de que salgan bien. En tal sentido, habría que imitar lo que dijo el dramaturgo francés, Jean Anouilh: “Yo sólo amo una cosa: hacer bien lo que tengo que hacer”.

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Por supuesto, en la España de hoy semejante desiderátum no es seguido por demasiadas personas. Por el contrario, en todos los sectores de la sociedad, es decir, en la política, en la empresa, en la universidad, en la judicatura, en los comercios, en las oficinas, lo que abunda es un ingente ejército de personas que no son competentes para el trabajo que realizan o, aun siéndolo, lo hacen desganadas, sin ningún deseo de que las cosas funcionen razonablemente bien. En otros términos, las cosas salen mal porque pocos son los que tienen interés en que salgan bien. Naturalmente esta situación es mucho más grave en el terreno de la política, como, por ejemplo, ha puesto de manifiesto Carles Casajuana, en su sugestivo libro ‘Las leyes del castillo’: “Hay que haber visto el poder muy de cerca para llegar a imaginarse la cantidad de acciones que la historia atribuye a propósitos malvados o maquiavélicos y que son solo fruto de la incompetencia”. De ahí que cuando en España hay algo que funcione realmente bien, se deberían echar las campanas al vuelo para que todo el mundo se entere del prodigio y siga el ejemplo de algo que resulta tan insólito en un país en donde, en cambio, se ha inventado la chapuza como método y solución.

Por eso me sorprende que últimamente haya surgido un sector de opinión que ha puesto en entredicho la existencia del AVE en España, cuando hay que anticipar desde ahora que el tren español de alta velocidad es uno de los escasos ejemplos en la España actual de algo que funciona extraordinariamente bien, al margen de otras valoraciones que luego veremos. Por lo demás, el AVE se gestó en la época precisamente de Felipe González. A su llegada al poder en 1982, España, aun habiendo mejorado su desastrosa red de ferrocarriles, estaba a años luz de las que existían en la mayor parte de los países europeos. Es más: ni siquiera nuestros trenes podían transitar por las vías férreas de los países vecinos, a causa de que nuestro ancho de vía era diferente del normal en Europa. En principio, hay que señalar que el ferrocarril llega a España con un retraso de 20 años con respecto, por ejemplo, a Gran Bretaña, aunque es cierto que fue en Cuba, todavía posesión española, donde se inauguró ya una línea férrea en 1837, esto es, siendo el segundo país en América -después de Estado Unidos- que dispondría del ferrocarril. Pero en la península hubo que esperar hasta después de 1848 para ver circular un tren. Poco antes, una Comisión de varios expertos, convocada por Narváez y presidida por el ingeniero Juan Subencase, nos condujo a un absurdo aislacionismo que ha durado más de un siglo, a causa de que escogieron un ancho de vía diferente del que sería el común de Europa. La razón que se esgrimió para esa opción fue que el ancho de la vía española, en principio mayor que la de otros países, lograría una mayor estabilidad, permitiendo asimismo una mayor potencia adecuada a la tortuosa orografía española. Lo cual, aunque fuese cierto, era ir contracorriente y meter absurdamente a España en un callejón sin salida con respecto al resto de Europa. En consecuencia, se inauguró el primer tren peninsular con la línea Barcelona-Mataró y se siguieron creando nuevas líneas en diferentes partes del territorio español. La idea de la excepcionalidad de nuestro ancho de vía era tan aberrante que algunos la justificaron diciendo que de esta forma Francia no podría invadir nuestro territorio, como si los ejércitos invadiesen los territorios al igual que los alegres turistas. En definitiva, esta interpretación demostraba una escasa perspicacia con respecto al futuro, pues aun siendo comprensible ese error inicial, no se entiende cómo no se modificó enseguida semejante obstáculo que nos impidió transitar por Europa hasta nuestros días, ya que hacia 1850 se acabó unificando la medida standard de 1.435 milímetros en toda Europa, en lugar de los 1.672 milímetros de la vía española. Una vez más se había impuesto la incompetencia en estas tierras.

Por supuesto, el ferrocarril, antes que el automóvil y el avión, ha sido durante un siglo el medio más adecuado para acercar los países, para que las ideas y los hombres circularan por Europa. Sin embargo, en España nos empeñamos en levantar otros Pirineos adoptando ese ancho de vía diferente que dificultaban esta circulación. El hecho es que el tren, a pesar de todo, ha representado en España la idea del progreso, de la cultura, del desarrollo económico. Pero desgraciadamente la situación en que se encontraban nuestros ferrocarriles hasta hace muy poco era lamentable. Por ejemplo, José Luis Sampedro describe así en una de sus obras cómo lo veía él: “Aquel tren de hace medio siglo, con sus traqueteantes vagones de tercera es difícil hoy de imaginar. Sucio, incomodo, lento, de horarios imprevisibles y atestado de gentes heteróclitas que hasta en los pasillos se hacinaban de pie o sentado sobre sus propias maletas de madera, recelosos los paisanos de los soldados, regresando unos al hogar de donde les desterró la guerra y preguntándose otros por lo que podía esperarles al llegar a su destino”.

Cualquiera que por motivos de estudios o de trabajo se vio obligado a abandonar España en los años del franquismo, recordará con pavor el traslado de la estación de Irún a la de Hendaya, cargado de bultos y maletas, porque los trenes españoles no podían continuar por el territorio francés. Entretanto se había logrado la conexión desde París hasta Estambul, en el mítico Oriente Express, gracias al mismo ancho de vía en toda Europa.

La modernización de España pasaba, por tanto, por superar estos errores, creando una buena vertebración ferroviaria entre las diferentes provincias y logrando la conexión con Europa. A ello iba a responder la adopción del AVE, aunque es cierto que por razones conocidas la primera línea no fue, como era lógico, la de Madrid con Barcelona o con Irún, para facilitar cuanto antes la circulación normalizada con Europa. Pero es igual, se comenzó con la línea Madrid-Sevilla, inaugurada en 1992, y desde entonces han ido creciendo otras por toda España. El impacto socioeconómico que comporta el AVE ha sido ya impresionante, como se puede comprobar en ciudades como Valencia, Ciudad Real, Córdoba o Zaragoza, aunque muchos no lo quieran ver. Por el contrario, se imputa al tren de alta velocidad que ha supuesto un derroche que no nos podemos permitir, que no tiene rentabilidad o que está infrautilizado. Hace poco el Premio Nobel de Economía Paul Krugman sostenía en un artículo que las cosas que hace el Estado, aunque sean costosas, merece que se hagan si funcionan bien, porque en definitiva en esto consiste el éxito de toda política.

Dentro de poco es posible que se pueda ir en el AVE -o trenes similares- desde Madrid o Barcelona hasta París en pocas horas, algo que parecía un sueño hace solo unas décadas, al mismo tiempo que las grandes ciudades españolas se hallen mejor comunicadas entre sí, con todo lo que eso significa. Para ello es necesario que el AVE siga funcionando tan bien como hasta ahora y para conseguirlo es indispensable que se racionalice el trazado de lo que queda por hacer, que se reduzcan en lo posible los costos, que se evite cualquier tipo de corrupción en sus obras y, especialmente, que se siga mejorando aún más el plan de abaratamiento de sus tarifas, a fin de que todos puedan disfrutar de un medio de transporte que es envidiable para muchos extranjeros que lo utilizan. No dejemos, pues, que los incompetentes obtengan otro triunfo logrando el fracaso de algo que sigue funcionando bien hasta ahora en este país.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho constitucional y presidente del Consejo editorial de EL MUNDO.

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