El vuelo del moscardón

No basta proclamar que el presentismo distorsiona la memoria histórica. Hay que luchar activamente contra ello. Y aplicarse el cuento, al afeitarse, cada mañana, ante el espejo.

La noche que murió Franco yo era el tercer imaginaria en la compañía de Plana Mayor del Batallón de Tropas del Ministerio del Ejército. Así es como se denominaba al soldado que estaba de guardia en el dormitorio, velando el sueño de los demás. Poco después de las cinco de la mañana, entró un joven capitán y, a falta de otro interlocutor, se abrazó a mí entre sollozos. «¡Ha muerto el Caudillo! ¡Ha muerto el Caudillo!».

Nadie te preguntó nunca en el 64, 65 o 66 dónde estabas, que hacías y qué sentiste el día del asesinato de Kennedy. Sólo con el paso de al menos diez, veinte o treinta años esa curiosidad, no exenta del morbo de lo cotidiano, se vuelve relevante. Y con la muerte de Franco, lo mismo.

El vuelo del moscardónHace tiempo que, siempre que un medio español o extranjero, me ha preguntado sobre ese 20-N, he venido contestando lo mismo que, espontáneamente, le diría ahora a cualquier amigo que saque la conversación. «Sentí que mil campanas sonaban en mi corazón porque ya nada iba a ser igual en España».

Falso. Yo no podía haber sentido exactamente eso, porque la canción de Alaska y Dinarama, Ni tú ni nadie, que incluye las famosas y pegadizas líneas «mil campanas suenan en mi corazón, qué difícil es pedir perdón», fue escrita, producida y difundida como parte de su segundo LP en 1984. O sea, nueve años después. Lo máximo que yo podría decir, a partir de esa fecha, es que la noche que murió Franco me sentí «como si» mil campanas sonaran en mi corazón.

He puesto al burro delante para que ningún lector se espante, cuando se dé cuenta de que a él o ella también le pasa o le ha pasado lo mismo, al aplicar su memoria histórica a cualquier vivencia, con la distorsión de las últimas gafas que lleva puestas. Nadie debe avergonzarse. Ese presentismo involuntario no tiene nada que ver con el del mentiroso sistemático que termina creyéndose sus propias mentiras, como por ejemplo el Judas Iscariote que, tras usurpar el poder en El Mundo, conspirando incansablemente para echar a cualquiera que le estorbara y borrarnos a los fundadores hasta de la celebración de su último redondo aniversario, acaba de incluir la caída del Muro de Berlín entre los «momentos emocionantes» que dice que vivió «en la redacción», cuando faltaban meses para que llegara el día nefasto en que la pisó por primera vez. Menudo farsante.

Pero no me estoy refiriendo a los profesionales de la impostura que, desde luego, abundan entre los políticos, historiadores y comentaristas que han aprovechado la exhumación de Franco para llevar hasta el paroxismo su visión maniquea de la España del siglo XX. Apelo, más bien, al ciudadano de buena voluntad que resbala en la cáscara de plátano del ahora, cuando, en vez de caminar cautelosamente, de espaldas, pisando huevos hacia atrás, esprinta, a través de cualquier atajo que enhebra en la radio o la televisión, desdeñando documentos, memorias o manuales, para ahorrarse el máximo de tiempo, en esa carrera hacia la verificación de que el pasado se ajusta a sus prejuicios.

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La primera vez que me ocupé de la muerte del dictador fue al reconstruir, en mi libro El año que murió Franco los últimos meses de dos de los miembros del FRAP ejecutados, «al alba, al alba», en Hoyo de Manzanares el 27 de septiembre de 1975. Mi segundo epílogo de entonces comenzaba diciendo que «si Franco hubiera muerto dos meses antes, ‘Hidalgo’, ‘Pito’ y los otros tres ejecutados todavía estarían vivos» porque la primera decisión del primer gobierno de la Monarquía fue derogar los artículos del Decreto-Ley Antiterrorista que regulaban el procedimiento sumarísimo por el que se les “juzgó”; y en España nunca más volvió a aplicarse la pena de muerte, abolida expresamente por la Constitución del 78.

Pero también añadí que «si Franco hubiera muerto cinco meses antes, el teniente Pose y el policía Lucio Rodríguez -asesinados por los ejecutados- todavía estarían vivos» porque el FRAP no volvió a cometer ningún atentado mortal y pronto encauzó su actividad, exclusivamente política, a través de una de las hijuelas del PCE. Dos avances y no pequeños –dejar de matar en nombre de la ley o del “pueblo”- para aquella España en convulsión.

Es verdad que este ejercicio de historia alternativa -que hubiera pasado si…- permitiría remontarnos hasta los orígenes de la Guerra Civil y la Dictadura. De hecho, uno de los aspectos más fascinantes de la película de Amenábar sobre Unamuno es la reproducción de los debates entre los generales sublevados contra el gobierno del Frente Popular. Todo habría sido distinto si aquel pulso lo hubiera ganado Cabanellas, el masón republicano de barba florida, o Kindelán, el asténico juanista o, no digamos Mola, el frío reaccionario a quien, por cierto, Unamuno culpaba casi en exclusiva de todas las atrocidades circundantes -eso no sale en la película-, en lugar de «Franquito, el Cuquito», astutamente aupado por su hermano Nicolás.

Ese hermano mayor, fielmente retratado en 1936 con su traje y sombrero negro de alto funcionario, derivado luego hacia la diplomacia, sería el mismo que 39 años después escribiría con letra trémula: «Querido Paco. No firmes esa sentencia. No conviene, te lo digo porque te quiero. Tú eres buen cristiano, después te arrepentirías. Ya estamos viejos, escucha mi consejo, ya sabes lo mucho que te quiero». Pero «Paco» firmó, firmó.

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En el intervalo de esos 39 años, de oscuros límites angostos, transcurrió la vida adulta de mis padres y la vida adulta de los abuelos de la mayoría de los españoles de hoy. Es cierto, como acaba de recordar Fernando del Rey, que toda la primera mitad del siglo XX enmarca, a escala planetaria, la definida por Niall Ferguson como «Edad del Odio», en la que las dos guerras mundiales sepultan a la civilización humana hasta lo más hondo y hediondo de sus letrinas morales. Pero discrepo de la brillante última columna de Pedro Insua -sigan a este autor en EL ESPAÑOL- que resumía la mirada dominante hacia el pasado como «el cuentecillo infantil» de juzgar «salvo raras excepciones, a cualquier sociedad anterior como totalitaria».

Si aquella noche del otoño del 75 yo me sentí personal y, sobre todo, políticamente feliz no de que se hubiera muerto Franco, sino de que desapareciera un dictador, fue porque, pese a las restricciones imperantes, ya había leído y viajado lo suficiente como para haberme dado cuenta de que en el mundo desarrollado de entonces, que era el único que podía servir de referencia a alguien de mi edad con aspiraciones de progreso, la «rara excepción» era España.

La perduración del franquismo nos había arrojado al basurero de la Historia e impedido, por tanto, acceder a las organizaciones internacionales que, como la UE y la OTAN, coordinaban a las democracias liberales. La mutilación que había supuesto la pérdida de la España del exilio y la castración intelectual impuesta por la censura habían engendrado taras congénitas, que no padecían los franceses, suecos o norteamericanos, de las que sólo hemos ido liberándonos de forma paulatina.

De forma paulatina; pero también a través de una evolución constante y acumulativa. Esa ha sido la clave del éxito de la Transición. Fuimos pasando «de la ley a la ley» como querían los franquistas reformadores, encabezados por Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez o un Rodolfo Martín Villa, al que no quiero dejar de mencionar a modo de desagravio frente a recientes vilezas. Pero, al cabo de una calle que ha durado ya otras cuatro décadas, a aquella España «no la reconoce ni la madre que la parió», como postulaba Alfonso Guerra para expresar el anhelo tanto de la izquierda como del centro liberal.

Ni al final de uno solo de los años transcurridos han dejado de sonar en mi corazón, con las uvas, esas mil campanas de la satisfacción y el legítimo orgullo. En la continuidad institucional con la que, a veces con más prisa, a veces con más pausa, la democracia ha ido resolviendo los problemas de la democracia, está la explicación de que España sea hoy uno de los países del mundo con mayor calidad y esperanza de vida, con mayores libertades públicas, con más autogobierno municipal y regional, con mejor medicina pública y privada, con mayor impulso a las políticas de igualdad, con mayor progresión de la mujer en todos los ámbitos desde el deporte a las Fuerzas Armadas, con mayor incremento de la sensibilidad hacia la preservación del medio ambiente y en definitiva con mayores posibilidades de cultivar el volteriano jardín de la felicidad individual.

Por mucho que la cuestión catalana haya sucedido ásperamente al terrorismo vasco, como expresión de los flecos, flequillos y flecazos mal torneados por la Constitución del 78 o que la política ejerza demasiadas veces de freno a la economía, con los recurrentes tropezones en el empobrecimiento, al hilo de los ciclos internacionales, lo que la historiografía bautizó como el «problema de España», ha dado paso a lo que hemos vivido y seguimos viviendo como el éxito de España. Y, por muy a contracorriente que pueda parecer decirlo, cada día estoy más convencido de que el arco de bóveda de ese éxito fue el método con que se ejecutó la Transición, como juego de transigencias recíprocas.

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Que Franco estuviera en el hiperbólico Valle de los Caídos, bajo la gigantesca cruz que para los vencidos fue espada clavada en su pecho de dragón agonizante, era parte de aquella sucesión de equilibrios y –por qué no decirlo- desmemorias, pero no era una pieza sustancial e inalterable. Habría dado igual si, de forma tal vez más acorde con su propia voluntad, el sepelio del que entonces era el Jefe del Estado hubiera tenido lugar, en 1975, en el cementerio privado en el que desde el jueves reposan sus restos.

Ningún entusiasmo, pues, pero ninguna objeción, tampoco, ante el traslado del cadáver. Era una opción legal, amparada por una resolución del Parlamento, avalada por el Tribunal Supremo y ejecutada con pulcritud y respeto exquisitos por el Gobierno empeñado en llevarla a cabo. Sólo al bautizar a ese digno alto funcionario que es Félix Bolaños como la «lucecita de la Moncloa» nos hemos permitido en EL ESPAÑOL una leve alusión irónica a Carlos Arias Navarro, desde el recuerdo de aquellos recurrentes paseos por los alrededores de El Pardo, con la intriga de si sería aquella noche, o la siguiente, o la siguiente de la siguiente cuando ocurriría el apagón tan esperado como inevitable.

Ya he dicho que los únicos aspavientos gubernamentales en la exhumación, traslado y nuevo entierro de Franco fueron los de las hélices del helicóptero empleado. Y algunos gestos protagonizados por la familia que acababa de perder el pleito sobre el destino de los restos deberían quedar amortizados, con comprensión humana, como la natural expresión de una impotencia vehemente.

¿Por qué se están magnificando ese par de voces y algún que otro brazo en alto como si representaran la pervivencia de una España franquista aún pendiente de domesticar? Pues porque una parte de la clase política y periodística, además de mover el cadáver de Franco, lo que quiere, en feliz expresión de Cristian Campos, es «menearlo».

Sánchez se equivocó gravemente al intentar convertir el acotado vuelo del moscardón del Superpuma blanco en «una gran victoria de la democracia». Como si, en vez de despegar de Cuelgamuros, lo hubiera hecho de Cabo Cañaveral y, en vez de aterrizar en Mingorrubio, lo hubiera hecho en la Luna.

Y todavía se equivocó más, al intentar prolongar y significar ese zumbido, mediante su inmediato homenaje a las Trece Rosas socialistas, como el torero que brinda una faena y acude después a la barrera a recoger la montera y entregar los trofeos cosechados. Va por vosotras, compañeras. Ahí es donde sí, dicho sea con todo respeto a la memoria de aquellas muchachas inicuamente fusiladas y soezmente difamadas, irrumpe por omisión el «cuentecillo infantil» de Insua.

¿O acaso no merecerían el mismo homenaje, precisamente ese mismo día, las víctimas de las checas y «paseos» en el definido como «invierno ruso» de Madrid, los asesinados en Paracuellos o durante las sacas de la Modelo, con Melquiades Alvárez a la cabeza? E insisto una vez más en Melquiades porque si no lo hubieran asesinado los hunos, lo habrían asesinado los hotros. ¿Por qué los periodistas no honramos de igual manera a Javier Bueno, ejecutado por ser de izquierdas, y al director de Gracia y Justicia, Delgado Barreto, asesinado por ser de derechas?

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La esencia del maniqueísmo guerracivilista español radica en negar la concatenación de los horrores que abrocharon la Segunda República, a la Guerra Civil y la Dictadura. No seré yo quien promueva ni la supresión de la imagen de Largo Caballero del espacio público por su activa participación en el sangriento golpe de Estado del 34, ni un juicio a título póstumo de Santiago Carrillo por su papel en los sucesos de Paracuellos. Tampoco digo que sean cuestiones estrictamente equivalentes a la exhumación de los restos de Franco para privarle adecuadamente de todo atisbo de reconocimiento honorífico. Pero será imposible «menear» un cadáver sin que se muevan todos los demás.

Y no sólo hablo de los más notorios. La anterior mención a Fernando del Rey viene a cuento de la recentísima publicación de su documentado libro Retaguardia roja que, aplicando la técnica microscópica que Le Roy Ladurie empleó para explicar la represión de los cátaros en la aldea occitana de Montaillou, reconstruye los asesinatos y demás violencias que las autoridades revolucionarias de la localidad manchega de La Solana practicaron sistemáticamente contra sus convecinos.

Son estampas de «terror y miedo», de «gritos y amenazas», de «disparos y cadáveres». Y «los vaticinios que entonces se hacían -recuerda uno de los supervivientes-, siempre que fuesen en el sentido de la maldad, resultaban acertados». Según el autor, «los principales responsables de la violencia revolucionaria en este rincón de La Mancha fueron los socialistas».

¿En cuántos lugares de España no podría decirse lo mismo, o lo contrario, rastreando la estirpe política de Vox, o incluso de sectores del PP, hasta la Falange? ¿Qué pasaría si las familias de cada una de las 8.800 víctimas del «terror rojo y negro» -por los comunistas y los anarquistas- aniquiladas en Madrid o de los miles y miles de religiosos, masacrados por el mero hecho de serlo, especialmente en la Cataluña del a su vez asesinado, bajo apariencia legal, Lluís Companys, empezaran a «menear», de repente, a cada uno de sus muertos?

No trato de trasladar el foco de uno a otro bando. En el prólogo de ese libro de Fernando del Rey aparece una extensa cita de Santos Juliá, tristemente reforzada esta semana como argumento de autoridad, por la actualidad de su fallecimiento. La tesis es que «los militares con su rebelión provocaron una guerra civil, pero los crímenes cometidos en territorio de la República no pueden pasarse por alto o despacharse como simples desmanes, actos de incontrolados o de cualquier otra excusa por el simple hecho de que, si los militares no se hubieran sublevado, esos crímenes nunca se hubieran producido».

Una sociedad democrática, a diferencia de una dictadura, continúa Santos Juliá, «debe cargar con todos los muertos y dar libre curso a todas las Memorias y un Estado democrático, al afrontar una guerra civil con más muertos en las cunetas que en las trincheras, no puede cultivar una determinada memoria sino garantizar el derecho a la expresión de todas las memorias»… Por eso, un Estado democrático «no puede recordar a unos y olvidar o volver invisibles y excluir a otros, como fue el caso de la dictadura, por la simple razón de que una dictadura no es una democracia vuelta del revés».

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Quizá no todos los lectores sepan que el tantísimas veces reproducido interludio del Vuelo del moscardón forma parte de la ópera de Rimsky Korsakov, El cuento de zar Saltán, y representa el momento en que un personaje al que se daba por muerto reaparece transformado en insecto. Vuelvan a escucharlo –son poco más de tres minutos- y fíjense en la metamorfosis de su tempo, sólo equiparable a la mutación visual que acontece en Los pájaros de Hitchcock. Lo que al principio queda reflejado melódicamente como fuente de anheladas venturas se transforma sin embargo, en una frenética, desaforada e incontrolable sucesión orquestal de estragos.

La tentación de «menear» el cadáver de Franco, con fines electorales, no es nueva. Felipe González ganó en el 93, tapando la corrupción y el crimen de Estado, al grito de «¡no pasarán!». Y los hechos han demostrado que Aznar fue un ingenuo cuando la noche de su mayoría absoluta del 2000 me confesó que eso significaba que «la guerra civil se había acabado como argumento político».

Pero dudo que esta vez le funcione a Sánchez, por mucho que quepa reconocer la perseverancia y claridad de ideas con que ha ejecutado su plan. Han pasado otros veinte años desde entonces y tengo la impresión de que existe ya el suficiente número de españoles, con la suficiente distancia de los hechos y la suficiente información contrastada, como para que cada vez que oigan a alguien alegar, a plena «vox podemita», que «el infierno fueron los otros», piensen para sí que, como bien dice el mejor título del gran hispanista Bartolomé Bennassar, «el infierno fuimos nosotros».

Se dice, se escribe, se lee pronto: “¡Más muertos en las cunetas que en las trincheras!”. Estremezcámonos por última vez y apaguemos para siempre los amplificadores del zumbido del vuelo del moscardón. La Transición debe culminar, tras las elecciones, en un gran pacto transversal que concrete en un gobierno constitucional, estable y eficaz, el abrazo del nunca más.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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