El zar de los franceses

Vladimir Putin lo ha conseguido por fin. Rusia lleva siglos pugnando por lograr el aprecio de Occidente y la aprobación de los franceses, premio anhelado desde la época de Pedro el Grande, es la más codiciada, pero, pese a la derrota de Napoleón y a la alianza en la primera guerra mundial, Rusia nunca consiguió obtener respeto alguno de Francia. De hecho, las Cartas de Rusia del Marqués de Custine sugerían que la civilización rusa equivalía a poco más que mímica de monos.

Pero ahora parece haber recibido el sello aprobatorio francés, ¡y qué sello pantagruélico es, al encarnarse en la corpulenta constitución del actor Gérard Depardieu, quien solicitó –y ya ha recibido– la ciudadanía rusa! Junto con un pasaporte, se le ofrece un piso gratuito en la región de Mordovia (que sigue siendo un emplazamiento del Gulag) e incluso un cargo: el de ministro de Cultura local. Dos siglos después de que las tropas francesas fueran expulsadas de Moscú en 1812, Putin ha logrado que un ídolo popular francés quiera ser ruso.

En Rusia y en otros países, existe la opinión de que los franceses se sienten superiores y actúan como tales. ¿Y quién podría reprochárselo? La belleza artística francesa no tiene parangón. Los franceses son los árbitros de la cultura europea y desde hace mucho los más expertos observadores de los usos y costumbres de otros países. De hecho, en el decenio de 1830 dos franceses, Alexis de Tocqueville y Custine, fueron a los márgenes de la civilización a describir las futuras superpotencias rivales: los Estados Unidos y Rusia.

Hasta 1861, Rusia era un atrasado país de siervos en el que las familias reales y aristocráticas envidiaban las últimas modas francesas. Desde los poemas de Alexander Pushkin hasta las novelas de Tolstói, la influencia francesa impregna las impresionantes alturas de la cultura rusa. El único museo que supera la colección de arte francés del museo más famoso de Rusia, el Hermitage, es el Louvre. Pedro el Grande, con su empeño dieciochesco de occidentalizar a Rusia, invitó a Jean-Baptiste Le Blond para que fuera el arquitecto jefe de su nueva capital, San Petersburgo.

Pero olvidemos a Pedro el Grande: ahora “Vova el Pequeño” –o Lili-Putin, como el mordaz Presidente de Georgia, Mijeil Saakashvili, apodó en cierta ocasión al Presidente de Rusia– puede haber logrado un golpe aún mayor. Cuando Depardieu estaba pensando cruzar la frontera hasta la pequeña y aburrida Bélgica para librarse de los impuestos franceses, los rusos le hicieron una oferta que no podía rechazar: no sólo un tipo único de impuesto sobre la renta de 13 por ciento, sino también la posibilidad de meter un dedo en el ojo al Presidente de Francia, François Hollande.

El siempre vanidoso Depardieu (¿y qué actor no es vanidoso?) será un dios en Rusia. Nosotros amamos a los franceses en general, pero lo adoramos a él en particular. Al fin y al cabo, fue el protagonista de la película de 2011 sobre la vida del monje loco Grigory Rasputín. Fue el corpulento Porthos en la novela clásica Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas (en El hombre de la máscara de hierro en 1998) y fue el protagonista de la versión cinematográfica de Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand (1990), que es casi tan popular entre los rusos como Eugenio Onieguin de Pushkin.

Como todos los dirigentes rusos, Putin finge un profundo amor a la cultura. A falta de elecciones justas, los ocupantes del Kremlin buscan tradicionalmente la legitimidad atrayendo a artistas a su lado: si un actor, escritor, escultor o músico adorado ama a Putin, ¿cómo podría nadie dejar de compartir ese sentimiento?

Yo misma presencié a Putin cortejar la cultura. Era la Nochevieja de 2003, durante un concierto en la recién inaugurada Casa de la Música de Moscú. Al otro lado del pasillo y en la misma fila de mi butaca estaba Putin, sentado entre el violonchelista y director Mstislav Rostropóvich, en tiempos disidente, y su igualmente famosa esposa, la diva de la ópera Galina Vishnevskaya. El dirigente de Rusia parecía un niño en una confitería, encantado de estar rodeado por aquellos símbolos culturales y nada menos que antiguos exiliados. Y los símbolos se sentían, evidentemente, halagados por la adoración de Putin (y por su proximidad al poder).

Putin ha demostrado por fin que es capaz de lograr hazañas que ningún zar consiguió. Toda esa dura retórica antioccidental en nombre de la nación –la equitación con el torso denudo, los besos a tigres y el vuelo con grullas– ha valido la pena: los distantes franceses han reconocido por fin la superioridad rusa y van a enviar a uno de sus mayores representantes a compartirla.

De hecho, poco después del cambio de lealtad nacional de Depardieu, un símbolo francés de mayor solera, Brigitte Bardot, sugirió que también ella podría abrazarse a Rusia. Dicho con sus propias palabras, “decidió solicitar la nacionalidad rusa para huir de su país, que no es otra cosa que un cementerio de animales”, porque tiene “la cobardía y la desvergüenza” de examinar la posibilidad de someter a eutanasia a dos elefantes en el zoológico de Lyon.

Putin comparte, en efecto, con Bardot el amor a los animales: no sólo sus mascotas (en particular, su perro Koni, a cuyo consuelo recurre cuando se siente afligido), sino también los coprotagonistas de sus trucos publicitarios centrados en los animales. Con personas menos obedientes es con los que tiene problemas: por ejemplo, Mijail Jodorkovsky, encarcelado desde hace más de diez años desde que apoyó a los oponentes políticos de Putin; Anna Politkovskaya, brutalmente asesinada en 2006 por sus investigaciones sobre las fechorías de su régimen en Chechenia; y Sergei Magnitsky, un abogado denunciador de ilegalidades y corruptelas que murió en la cárcel en 2009, después de que le denegaran tratamiento médico. El más crítico de los enemigos actuales de Putin, el abogado Alexei Navalny, ha sido investigado en tres ocasiones supuestamente por haber robado millones de dólares.

Pero hay que apreciar el absurdo histórico. Después de más de un decenio en el poder, Putin ha perdido el apoyo de sus habitualmente pasivos ciudadanos, que han tenido una experiencia bastante limitada de la democracia, y han sido los franceses, encarnaciones de la Ilustración y los Derechos del Hombre, quienes han acudido a dar una pátina de legitimidad a su ocaso político.

Nina L. Khrushcheva is a professor in the Graduate Program of International Affairs at the New School in New York, and a senior fellow at the World Policy Institute, where she directs the Russia Project. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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