Elecciones apáticas, ciudadanos desengañados

Los próximos 4, 5, 6 y 7 de junio volveremos a constatar, una vez más, la falta de interés de los ciudadanos de la Unión por el proyecto comunitario. Las elecciones al Parlamento europeo coinciden con el treinta aniversario de las primeras elecciones europeas celebradas por sufragio universal directo y serán un paradigma de la apatía, de la desilusión, del conformismo, de la comodidad, de la falta de compromiso y del rechazo que el actual proyecto y sus carencias generan en los ciudadanos comunitarios. El desmoralizador panorama contrasta con la trascendencia de las reformas institucionales que plantea el Tratado de Lisboa y que el Parlamento tendrá que poner en marcha y las medidas que deberá promocionar para batallar con la crisis económica y el desempleo que ésta ha generado y genera.

El aumento de competencias y poderes de la Eurocámara desde 1979 ha ido acompañado de una caída en picado de la participación ciudadana; lo que se explica, entre otras causas, por la falta de transparencia y publicidad en los procesos decisorios y en el propio funcionamiento de las instituciones comunitarias. Sólo el Parlamento ‘funciona’ bajo el supuesto ‘control’ de la opinión pública, pero, como desempeña un papel menor, la transparencia se restringe excesivamente. El organismo que mayor protagonismo político tiene en la Unión está constreñido por su escaso peso institucional. No está de más recordar que en los últimos años la Eurocámara se ha enfrentado directamente a los dos principales actores de la estructura institucional, la tecnocrática Comisión y el displicente Consejo, en asuntos como el cambio climático, la inmigración, las cuestiones sociales, etcétera, aunque dichas actuaciones no hayan pasado de una ligera filípica entre desiguales. Tampoco carece de interés resaltar la capacidad legisladora de un Parlamento que puede elegir al presidente de la Comisión y en el que se aprueban las directivas que impregnan el 80% de la legislación de los diferentes países miembros.

Las elecciones europeas son parte de un entramado jurídico-legislativo indescifrable que necesita cambios inmediatos, a la par que una información exhaustiva y asequible, para que dejen de percibirse por los ciudadanos como una continuación de los enfrentamientos electorales nacionales. El interés ciudadano por las instituciones europeas tiene que acompañarse de la propia información de los diferentes partidos nacionales sobre ellas, sobre el propio proyecto comunitario y sobre las medidas aprobadas por una Eurocámara que en el último año incluyen un sistema de regulación bancaria más controlado y claro, medidas para paliar los efectos de la recesión, ampliación del Fondo Europeo de Adaptación a la Globalización, ayudas para los países de la Unión que no forman parte de la zona euro, etcétera. Final del formulario.

La opacidad, turbiedad y ocultamiento en que se mueven las instituciones europeas generan la enorme abstención en los comicios que conocemos. Y ello es así por la sensación ciudadana de que la capacidad para influir en dichas instituciones no existe; por la convicción de que deben oponerse a las políticas neoliberales de los partidos en los gobiernos lideradas por el Consejo, la Comisión y el Banco Central y al clientelismo político que impregna el proyecto comunitario; por la consideración del evento electoral como unas ‘elecciones menores’, y por la desmotivación y apatía de unos ciudadanos desencantados con la mayor iniciativa transnacional de la Historia de la Humanidad, que tiene que variar su rumbo y los parámetros ideológicos que actualmente la guían. La Europa construida en base a criterios mercantiles y empresariales debe transformarse en la Europa preocupada por solucionar los problemas de los ciudadanos. Menos beneficios, lucro y riqueza y más políticas sociales y defensa de los principios y derechos fundamentales, de los valores de la solidaridad, la libertad, el imperio de la ley y el bien común y de la conciliación entre la igualdad de derechos y oportunidades con las necesarias obligaciones e intereses de la Unión en el mundo.
La adhesión incondicional a Europa tal y como es, es decir, reducida a un Banco y una moneda única, y sometida al imperio de la competencia y el mercado sin límites, fomenta el nihilismo ciudadano respecto al proyecto europeo. Para superar esta realidad no es suficiente con invocar una ‘Europa social’ bajo cuyo amparo y en nombre de la estabilidad y del rigor presupuestario está eliminando las principales conquistas de las luchas sociales de los dos últimos siglos. Igualitarismo, internacionalismo y universalismo se encuentran pisoteados por la tiranía de las fuerzas económicas. La gravedad de este panorama radica en que los principios, los procedimientos, los derechos, etcétera, que permitieron conseguir un poder democrático, acompañado de un espacio de derechos y de reglas que delimitaban claramente el interés ciudadano y los intereses de los poderes privados, están siendo subyugados. Así lo certifican la Carta de los Derechos Fundamentales (Consejo Europeo de Niza, 2000), el Libro Blanco para la gobernanza europea y el Libro Verde sobre la responsabilidad social de las empresas que simbolizan la quimérica Europa social, la simplificación parlamentaria a lo más básico y la cesión de una parte de la norma a las empresas, o lo que es lo mismo, un ‘bluf’ en pro de finiquitar el principio de universalidad de derechos.

Un panorama como el descrito provoca múltiples dudas, recelos y preguntas, entre las que cabe destacar la de ¿qué Europa construyen elecciones como las de los primeros días de junio? Una somera reflexión nos da la respuesta. La Europa de las élites, la Europa del Banco Central convertido en dios omnipresente de las instituciones comunitarias, la Europa del mercado, la Europa que ha demolido el Estado social, la Europa del éxodo del sistema productivo, la Europa de los grupos políticos que sólo buscan su cuota de poder, la Europa sumisa y complaciente con EE UU, la Europa de la utopía neoliberal. Obviamente, ésta no es la Europa que quieren los ciudadanos y de ahí el abstencionismo que impregnará el proceso electoral europeo.

Daniel Reboredo, historiador.