Elecciones en el País Vasco, ¿y qué?…

Los políticos españoles están dibujando, y no sólo por su incapacidad para los acuerdos, uno de los frescos más lamentables de nuestra historia reciente. El sectarismo de unos, la cerrazón de los otros y la incapacidad para ver por encima de sus campanarios respectivos los intereses más generales nos muestran una clase dirigente superficial y soberbia, egoísta y vanidosa; dispuesta a devolver a los ciudadanos la responsabilidad de solucionar armónicamente la voluntad plural de éstos, expresada repetidamente en las urnas. Los que en el futuro escriban sin pasión ni favoritos esta página de nuestra historia, verán en un primer plano una lucha grotesca con argumentos pueriles entre políticos profesionales, exclusivamente preocupados por dar argumentos, mejor diría munición, a los más cercanos, a los más convencidos, sin preocuparse por todo lo que no se pueda encerrar en las fronteras partidarias.

En un segundo plano de ese lamentable y vergonzoso punto central verán muy nítidamente a los políticos independentistas catalanes, dando pasos, probablemente irreversibles, hacia la independencia, sin ninguna oposición política de la envergadura que requiere el pulso. Mientras tanto, la sociedad, sin mucha esperanza y con un gran enfado que puede expresarse con la desesperanza del ¡todos son iguales!, se ocupa de satisfacer sus necesidades más cercanas e imperiosas, sin un proyecto nacional que les reclame y les tranquilice. Si todo lo que sucede, que vivimos con la apatía que impone la rutina y la desesperanza, no es la expresión de una crisis profunda y grave, sinceramente no sé a qué conflictos podemos calificar como tales (en realidad las crisis se definen por acumular problemas sin soluciones razonables, desistimiento de la sociedad o reacción violenta ante la falta de soluciones y una negación obstinada por desconocimiento, miedo o cálculo egoísta de los agentes encargados de enfrentarse a la situación y a sus consecuencias).

La falta de rumbo en la política española es tan evidente que algunos dirigentes nacionales, implícita o explícitamente, lo han expresado, y los líderes de los dos grandes partidos nacionales han terminado creyendo que la solución a la crisis política española la tienen los nacionalistas vascos. No niego que, apeados los nacionalistas vascos de sus posiciones más intransigentes, el pacto sea posible y hasta conveniente para la política nacional; pero de esta posibilidad, necesidad si quieren, a darles la llave de la solución a nuestros problemas y erigirles en el factor determinante y virtuoso de la crisis política española, va un abismo, que nuestros representantes han recorrido despreocupadamente. Es una expresión más de la ligereza y de la banalidad de nuestros representantes políticos. El nacionalismo vasco desea encontrar interlocutores en la política nacional para reflexionar sobre una nueva relación entre el País Vasco y el resto de España dentro de la Constitución del 78 y, por otro lado, pretende que se defina una nueva política penitenciaria para los presos de ETA, una vez derrotada la banda terrorista.

No me cabe duda de que ambas negociaciones son posibles y, según cómo se desarrollen, positivas para la sociedad española. “Dentro de la ley todo es posible”, hemos dicho a los independentistas catalanes y el PNV nos da la oportunidad de demostrarlo; pero el margen de posibilidad para el acuerdo es muy pequeño, las dificultades para encontrar un punto común entre los intereses de los nacionalistas vascos y las necesidades actuales de la sociedad española son tan escasas que el éxito de la negociación roza lo imposible. Sin embargo, creo que la situación que vivimos nos obliga a todos a un ejercicio de responsabilidad que impida que ambas partes terminen perdiendo; ahora bien, a una negociación de ese tipo no se puede ir sin tener solucionada la crisis política que vivimos y menos dando a los nacionalistas el papel de salvadores del entuerto nacional.

Algo parecido podemos decir sobre la pretensión de los nacionalistas sobre una nueva política penitenciaria para los presos de ETA. No me cabe duda que la política de dispersión de los presos de ETA fue exitosa y legítima, pero también excepcional, en tanto que era una acción provocada por la necesidad de defender la democracia española de los embates del terrorismo (sobre la legitimidad y excepcionalidad de los instrumentos para combatir al terrorismo remito a los diferentes escritos de Michael Ignatieff sobre los medios de las democracias para defenderse cuando son atacadas por el terrorismo, sea éste de naturaleza religiosa, ideológica o identitaria). Pero una vez derrotada ETA es razonable pensar en la conveniencia de otra política penitenciaria, dirigida ahora a evitar excepciones que siempre debilitan al derecho, aunque en ocasiones sean inevitables, y a crear un marco adecuado para que los reclusos de la banda terrorista, divididos entre los que quieren salir cuanto antes, aun aceptando la legislación del Estado que combatieron y los que se empecinan en convertirse en los zelotes de una herencia macabra, puedan contrastar sus diferencias. Pero ese cambio de política penitenciaria debe conllevar la confección de un relato histórico veraz de lo sucedido en el País Vasco en los últimos 50 años y no estaría de más que las nuevas políticas penitenciarias fueran acompañadas por la disolución completa de la banda terrorista. Si ellos pretenden que sus presos se beneficien de todas las garantías que la democracia ofrece, nosotros necesitamos la seguridad fehaciente y formal de que no queda rescoldo alguno que pueda reproducir el pasado. Sus pretensiones y nuestras necesidades pueden encontrar un punto común, pero para que esto suceda necesitamos no sólo un gobierno, necesitamos un gobierno con amplio apoyo parlamentario y con voluntad de enfrentarse a los nuevos tiempos, con ánimo positivo, sin complejos e interpretando los intereses generales.

Son posibles los acuerdos, pero hoy los políticos españoles no tienen la templanza y la inteligencia suficientes para enhebrarlos. Buen ejemplo de ello es cómo contemplan las elecciones autonómicas vascas; en vez de sentirse preocupados por el escaso papel que les reserva la ciudadanía vasca a los partidos nacionales de corte tradicional, esperan con angustia unos resultados que les permitan maniobrar en la política española. Sin embargo, el resultado adverso del PSOE y del PP en la Comunidad Autónoma Vasca, que no se puede achacar a dos meritorios candidatos, Idoia Mendía y Alfonso Alonso, pone en jaque la viabilidad de una futura negociación política con los nacionalistas en igualdad de condiciones, por lo menos.

En estas elecciones vascas el PP no debería tener como primer adversario al PSOE y lo mismo podemos decir al revés; en el País Vasco necesitamos expresiones de la política constitucional diversas y fuertes a la vez que recojan y mantengan el recuerdo veraz de lo que ha sucedido, desde luego sin un ímpetu vengativo para golpear al contrario, sino con la voluntad de que no vuelva a repetirse el pasado y también, razón de suma importancia, para cualquier negociación con los nacionalistas que será de política con mayúsculas. Cada uno de los muchos nombres que tenemos en el recuerdo y desgraciadamente no están con nosotros sería un motivo suficiente para apoyar, desde nuestras diferentes perspectivas, a los representantes del PSOE y del PP vasco en estas elecciones autonómicas y olvidarnos de las mezquinas diferencias que, originadas fundamentalmente en la política nacional, les han debilitado hasta situarles en una posición adjetiva en sus respectivas organizaciones (al fin y al cabo el número de diputados para el Congreso es muy reducido) y en una posición ancilar respecto al nacionalismo, primero en la comunidad autónoma y ahora en la política nacional.

La política positiva no existe en el campo de lo inevitable, sólo aparece cuando es posible tomar varias decisiones, unas mejores y otras peores según quien las juzgue, y corremos el peligro de que en el País Vasco, como está a punto de suceder en Cataluña, se nos planteen en el futuro situaciones en las que las posibilidades se reduzcan a la aplicación de la ley o a cesiones que hoy nos parecen muy lejanas. Por todo ello, tal vez hoy más que nunca, el PP vasco y los socialistas vascos merecen tener todo el apoyo que necesitan los que deberían ser protagonistas del futuro próximo, evitando que se conviertan en objeto de especulaciones, que sólo tienen que ver con la pequeña política y con ambiciones personales sin la grandeza que requieren los grandes retos. Creo que el situar al PP vasco y a los socialistas vascos exclusivamente como acompañantes acomodaticios del PNV ha sido el gran error de cálculo de esta campaña electoral. No era ni necesario, ni conveniente, ni se ajustaba a su noble trayectoria, pero cuando la crisis es de tal envergadura, se extiende a todos los ámbitos, también a aquellos que la valentía y la dignidad reservaban como las mejores referencias de una sociedad… ¡Es una pena!

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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