Elecciones presidenciales en Portugal: cavaquismo, sebastianismo e ilusiones colectivas

Antonio R. Rubio Plo, historiador y analista de relaciones internacionales (REAL INSTITUTO ELCANO, 24/01/06):

Tema: El ex primer ministro Aníbal Cavaco Silva ha sido elegido en primera vuelta presidente de la República Portuguesa. Su esperado triunfo responde a las expectativas de un electorado que, en estos momentos de crisis económica y social para Portugal, se aferra a la figura de un líder carismático, capaz de desempeñar una presidencia activa, y no protocolaria, con propuestas concretas para los problemas del país.

Resumen: La amplia victoria de Aníbal Cavaco Silva (50,59% de los votos) se inscribe en la tradición de los presidentes carismáticos portugueses, especie de monarcas elegidos por sufragio universal directo, aunque sus poderes correspondan a los de un jefe de Estado de una república semipresidencialista. El resultado electoral ha sido favorecido además por las divisiones de los candidatos de izquierda y por su obsesión en presentar a Cavaco Silva como una amenaza para la democracia. Por el contrario, el ahora presidente ha hecho una campaña sin descalificaciones, capaz de ilusionar a unos votantes que han buscado en él al especialista de reconocido prestigio en economía y al ex primer ministro del período de prosperidad y expectativas que caracterizó la entrada de Portugal en la UE. Cavaco Silva ha prometido una “cooperación estratégica” con el gobierno socialista de José Sócrates, pero su personalidad hará de él un presidente activo, capaz de expresar opiniones y ofrecer propuestas que entrarán en el ámbito de la acción de gobierno.

Análisis: Dicen los monárquicos que en Portugal pervive la tradición monárquica gracias a los presidentes de la República, y esto es particularmente cierto en las presidencias surgidas tras el 25 de abril –con Eanes, Soares, Sampaio y ahora Cavaco Silva–; mucho más desde luego que en el período dictatorial, cuando la sombra de Salazar o Caetano se imponía sobre la de los presidentes, exceptuando un tanto al mariscal Carmona. En cierto modo, esto ha sido una vuelta a la tradición de presidentes carismáticos –aunque efímeros por la inestabilidad política del momento– que durante la I República estuvo, por ejemplo, representada por Teófilo Braga o Sidonio Pais, al abrigo de los amplios poderes atribuidos a la presidencia por la Constitución de 1911.

Si el jefe del Estado portugués fuera designado por la Asamblea de la República, es muy posible que no tuviera el carisma del que parece estar investido cuando los ciudadanos le eligen cada cinco años. Para el ejercicio de sus funciones, el presidente dispone además de un marco casi “sacro”: el palacio de Belem, residencia de monarcas desde el siglo XVIII, aunque los dos últimos presidentes, Soares y Sampaio, quisieron distanciarse algo de dicha “sacralidad” –sin abdicar, por supuesto, del carisma–, al abandonar diariamente el palacio para pernoctar en sus domicilios particulares. No es seguro que todos sus sucesores continúen esta práctica. Por lo demás, no se nos antoja una exageración las afirmaciones que el candidato y ex presidente Mario Soares ponía en boca de un muchacho de doce años durante la pasada campaña: “Un presidente debe hacer casas nuevas y ayudar a las personas pobres”. Y es que el modelo político portugués hace del presidente una especie de “padre de la nación”, alguien que está por encima de los partidos –aunque milite en uno de ellos–, y que llega, gracias a la magia del sufragio universal, a convertirse en uno de los símbolos vivos de la identidad nacional. Portugal, un país tan rico en historia, parece enlazar así con su pasado histórico y mítico, y podría decirse que cada quinquenio se asiste al retorno –o a la confirmación– de un nuevo rey, Don Sebastián, aquel joven monarca desaparecido en una guerra en Marruecos en 1578 y del que muchos portugueses esperaban un improbable regreso. Podríamos afirmar que el sebastianismo no ha muerto del todo en Portugal, y con mayor motivo por las ansiedades sobre el futuro en la dimensión nacional y europea que hoy existen en la sociedad portuguesa, certeramente plasmadas por el filósofo José Gil en su libro de gran éxito, Portugal Hoje. O Medo de Existir. Pero ese sebastianismo no debe ser atribuido en exclusiva a la candidatura de Cavaco Silva, tal y como señalan algunos analistas, sino que forma parte de la naturaleza de la elección en la república semipresidencialista portuguesa. Ha habido también sebastianismo, ese sentimiento colectivo de poner grandes esperanzas en un político, en presidentes anteriores, en especial el general Ramalho Eanes, percibido como salvador de Portugal al detener el proceso de deriva radical de la revolución de los claveles. Y no nos engañemos: también hubieran creado expectativas sebastianistas, si las de Cavaco Silva no hubieran sido mucho mayores, los candidatos de izquierda, en particular Manuel Alegre y Mario Soares.

¿Cuál es la base constitucional para ese sebastianismo? El que Portugal no sea una república parlamentaria, aunque tampoco es presidencialista al estilo gaullista o norteamericano. De la enumeración de algunas de las competencias del presidente contenidas en la Constitución (art. 133), se podría deducir una lógica preponderancia del poder ejecutivo en lo que respecta al nombramiento y separación del primer ministro o de los ministros, o a la designación o cese de determinados altos cargos, incluyendo mandos militares. En estos casos, el primer ministro o el gobierno son los que hacen las correspondientes propuestas. Pero existen otras prerrogativas presidenciales, contenidas en el art. 133, que pueden dar al jefe del Estado un marcado protagonismo en la vida política: convocar a título extraordinario la Asamblea de la República; dirigir mensajes a esta Asamblea y a las Asambleas regionales de Azores y Madeira; y, sobre todo, disolver la Asamblea de la República, con observancia de lo dispuesto en el art. 172, oídos los partidos representados en ella y el Consejo de Estado. Todo esto supone que el presidente puede convocar reuniones extraordinarias de la Asamblea, para ocuparse de asuntos específicos (art. 174.4), en fechas fuera del período de su funcionamiento habitual (entre el 15 de junio y el 15 de septiembre). Puede también el presidente dirigir mensajes a la Asamblea para llamar así la atención de cualquier asunto que, en su opinión, reclame la intervención del Parlamento. Pero sobre todo, la prerrogativa más temida por todo aquel gobierno de distinto color político al del jefe del Estado, es que el presidente tenga la potestad de disolver la Asamblea. Sobre este particular, el art. 172 pone, entre otras, las limitaciones de no poder ser disuelta en los seis meses posteriores a su elección o en el último semestre del mandato presidencial, mas lo cierto es que el presidente puede hacerlo y fijar al mismo tiempo la fecha de las nuevas elecciones, con los requisitos previos de audiencia a los partidos representados y al Consejo de Estado, órgano político consultivo del presidente. El posible protagonismo del presidente queda también resaltado por la potestad de ejercer el derecho de veto sobre un decreto de la Asamblea que haya de ser promulgado como ley (art. 134.1) o sobre un decreto del gobierno (art. 134.4), por la competencia de pronunciarse sobre todas las incidencias graves para la vida de la República (art. 135.5), así como por poder recabar del Tribunal Constitucional examen preventivo de constitucionalidad o declaración de inconstitucionalidad (art. 135, 6 y 7). Por lo demás, los discursos, audiencias, mensajes o desplazamientos al extranjero siempre representarán para un presidente portugués una oportunidad de gran alcance para movilizar a la opinión pública de su país.

Hay quien ha tachado la campaña de Cavaco Silva de apocalíptica y populista, pero en realidad el ahora presidente ha desplegado un perfil tranquilo y sosegado, lo que no es incompatible con los baños de multitudes que le han acompañado. Antes bien, han sido sus rivales quienes se han mostrado apocalípticos al pronosticar que una victoria de Cavaco Silva supondría una amenaza para la democracia. Los candidatos de izquierda se han caracterizado, en la mayor parte de su campaña, por hacer un discurso en contra del ex primer ministro, fomentando el miedo al cavaquismo, imagen que en algunos casos agita los consabidos fantasmas de la globalización y el neoliberalismo, cuando es sabido que ni las prerrogativas ni las intenciones del nuevo presidente pretenden cuestionar radicalmente el modelo social portugués. Con el discurso anticavaquista, las propuestas específicas de los candidatos de izquierda se han tornado difusas, ya fueran las del comunista Jerónimo de Sousa (8,60% de los votos) o las del candidato del Bloque de Izquierda, Francisco Louça (5,31%). Han planteado el debate en los términos del clásico desafío entre la izquierda y la derecha, un modelo que no sirve para estos momentos de crisis económica y social. Han dado también ante el electorado una imagen de división, acentuada entre las dos opciones socialistas de Mario Soares y Manuel Alegre, donde primaba también el enfrentamiento personal. Lo pretendiera o no, el poeta y diputado Alegre, que ha obtenido un notable 20,72% de los sufragios, ha dado la impresión de ser un candidato “antipartidos”, lo que tenía el atractivo de la rebeldía o el inconformismo para unos votantes decepcionados de los políticos. Mas esto conllevaba una paradoja: la percepción por los electores de que al Palacio de Belem llegaba un outsider, que inevitablemente entraría en confrontación continua con el gobierno. Un socialista frente al ejecutivo socialista de José Sócrates. No menos paradójicas hubieran sido las consecuencias de hipotética victoria de Soares, que a sus 81 años sorprendió a todos con su candidatura por tercera vez a la presidencia, y que ahora ha alcanzado el 14,34% de los votos, resultado decepcionante para quien esperaba quedar segundo. Un Soares presidente podría haber traído complicaciones a corto plazo para Sócrates, calificado no hace tanto tiempo de “revisionista” por el ex presidente, aunque en la campaña electoral empleara expresiones más halagadoras y lograra incluso –eso sí, en el fin de semana previo a la votación– que el primer ministro le expresara de forma explícita su apoyo. Los ajustes dolorosos en la economía y la administración, practicados por el gobierno socialista en función de la crisis, forzosamente tendrían que despertar la locuacidad de un Soares presidente, que desde hace algún tiempo parece haberse apuntado al discurso “antiglobalización”. Tampoco han favorecido a Mario Soares sus repetidas críticas a los medios de comunicación, pues con independencia de la titularidad de los mismos, dichas críticas ponen en duda la profesionalidad de los periodistas.

Se explica así que Cavaco Silva se haya mostrado reservado en sus intervenciones, sin entrar en el juego de las descalificaciones personales. Era plenamente consciente de haber sabido crear grandes expectativas entre los ciudadanos; resultaba una opción ilusionante frente a los problemas económicos, sociales, políticos e incluso identitarios por los que atraviesa Portugal. A la opinión pública le llega más el eslogan cavaquiano Sé que Portugal puede vencer que una concepción de la política basada en la “cultura de la queja”, la “pesada herencia” o en la sombra de la sospecha. En una elección como ésta han jugado mucho las intuiciones, las percepciones, los sentimientos…, algo que va más allá de las competencias atribuidas al presidente por la Constitución. Lo haya buscado o no, Cavaco Silva ha acabado por asumir el personaje de “salvador de la patria”, aunque no desde el papel del populista demagógico y casi iletrado sino el del especialista, el “mago” de la economía, por mucho que el encargado de conducir la política económica sea el gobierno de la nación. Este carisma marcará mucho la presidencia de Cavaco Silva, con toda una aureola de estadista que transmite confianza y tiene buena sintonía con el pueblo, pues incluso ha sabido arrastrar votantes del electorado socialista. Soares ha errado, desde luego, al calificarle de “técnico”, y no de político experimentado. Su victoria en la primera vuelta da al presidente una imagen de mayor peso político y esta legitimidad servirá para potenciar su capacidad de maniobra política. Acaso los historiadores del mañana acaben viendo ciertas similitudes con Ramalho Eanes, uno de los presidentes portugueses más populares y que, por cierto, pidió el voto para Cavaco Silva calificándole incluso como “el candidato de las esperanzas del 25 de abril”, lo que sentó muy mal a quienes tienen una visión idealista-romántica de la revolución de los claveles; aquellos que suelen olvidar que esa fecha fue un paso para el advenimiento de una democracia parlamentaria, un requisito obligado para la entrada en Europa. No deja de ser curioso que los candidatos de izquierda no hayan sabido ver el componente emocional en esta campaña, teniendo en cuenta que los dirigentes de estas formaciones apelan a menudo al corazón por encima de los racionalismos.

Hay que destacar que Mario Soares insinuó en diversas entrevistas que la candidatura de Cavaco representaba una maniobra para disolver en un futuro el parlamento, pese a la mayoría absoluta socialista, y de esta forma favorecer el retorno de la coalición PSD-PP, a modo de desquite pues el presidente Sampaio hizo lo mismo durante el gobierno de Pedro Santana Lopes, lo que también pudo contribuir a la victoria socialista. Sin embargo, una maniobra así sería un suicidio político para el nuevo presidente: ningún jefe de Estado ha disuelto la Asamblea en el primero de sus mandatos. Una disolución –y menos en un breve tiempo– no garantizaría automáticamente el retorno del centro-derecha, tras unas nuevas elecciones. Sería también arriesgado hacerlo tras las recientes luchas intestinas en el PSD que desembocaron en la salida de Santana Lopes de la secretaría general. Recordemos que Cavaco Silva no apoyó expresamente a Santana en las elecciones legislativas y que éste tampoco se ha decantado por el ex primer ministro en esta cita electoral. De hecho, ni el PSD ni el PP han amparado explícitamente la candidatura de Cavaco Silva, lo que ha favorecido los propósitos de éste de presentarse como una opción no partidista. Por lo demás, tener una mayoría absoluta en el Portugal de hoy no es una llave mágica para resolver los problemas: la tuvieron Barroso, Santana Lopes y ahora Sócrates. No es una cuestión de gobernabilidad sino de estrategia –y de emplear tácticas adecuadas– para afrontar los retos: no es sólo el déficit presupuestario sino también el déficit en infraestructuras, en niveles educativos, en mano de obra cualificada, en nuevas tecnologías…, por no hablar de la carencia de competitividad. Portugal no ha conocido el milagro económico irlandés y se puso a la cola de los Quince. El peligro es que también pueda situarse en los últimos puestos entre los Veinticinco, sobrepasado bien pronto por Eslovenia, Estonia o la República Checa.

Es comprensible que el polémico ensayista Miguel Sousa Tavares se pregunte en un reciente artículo: “¿Sobrevivirá Portugal a 2013” (Expresso, 15/XII/2005). Hasta esa fecha Portugal tiene garantizados 22.500 millones de euros en fondos comunitarios e incluso ha obtenido un plazo de tres años para reducir el déficit público al 3% (en 2005 ha sido un 6,2% del PIB). Estar en Europa no equivale a ser dependiente de Europa, pero la clase política no se pone de acuerdo en estrategias a largo plazo, y el panorama se torna sombrío. De ahí que el economista Cavaco Silva, elevado a la presidencia de la república, tenga que cooperar con el gobierno socialista de Sócrates que aboga por la austeridad. No será casual que Cavaco Silva, en su campaña, haya sido parco en las críticas al ejecutivo. Además, sus intervenciones están llenas de referencias a la “cooperación estratégica” con el gobierno, mas dada la personalidad del nuevo presidente –y lo que los electores esperan de él–, será un presidente activo, enemigo de ceñirse a cuestiones protocolarias, y hará propuestas concretas que entrarán en el ámbito de acción gubernamental. A título de ejemplo, podemos adelantar una cuestión que suscitará un amplio debate tanto entre la clase política como en la opinión pública: los trenes de alta velocidad desde Lisboa y Oporto, y el nuevo aeropuerto para la capital. Portugal ciertamente necesita infraestructuras, pues de otro modo se acentuaría su condición de país periférico: el problema es que estamos en tiempos de ajustes presupuestarios. Los socialistas defienden estos proyectos, aunque el PSD, que los apoyaba en su etapa de gobierno, ahora los cuestiona. No obstante, Cavaco Silva, como buen economista, sería partidario de la realización de los proyectos desde la óptica de un estricto análisis coste-beneficio, aunque el beneficio habría de ser tanto económico como social. Falta saber cuáles serán los criterios definitivos del gobierno de Sócrates.

Respecto a la relación del presidente Cavaco Silva con España, hay que decir que ningún gobernante portugués dejará en estos momentos de insistir en que hay potenciar las relaciones con España. En su época de primer ministro, Cavaco Silva ya lo puso en práctica. Sin embargo, en el discurso político-económico portugués, España es quizá un modelo de referencia más que un socio estratégico de primer orden. Los portugueses miran con una cierta envidia sana los índices de crecimiento de España. Realmente los fondos europeos han contribuido al nuevo milagro económico español, mientras que en Portugal se tiene la sensación de no haber aprovechado lo suficiente el tiempo y el dinero otorgados por Bruselas, algo que España sí supo hacer desde el primer momento de su adhesión. Con todo, las inversiones españolas en Portugal siguen suscitando suspicacias en medios políticos y financieros, lo que no sucede en el caso de los capitales franceses, británicos o americanos, por citar algunos ejemplos. Por presentar un caso, que no es el único, ver el nombre de Iberdrola en los titulares de la prensa portuguesa equivale a leer comentarios en los que priman la sospecha y las intrigas políticas o económicas. El muro de la historia sigue contando en Portugal, aunque cayeran los muros fronterizos al compás de la incorporación a Europa. Añadamos un ejemplo más, el presidente saliente, Jorge Sampaio, en la reciente presentación de un libro sobre su presidencia, no encontró otra imagen más expresiva para definir el espacio político presidencial, y en concreto su independencia, que… “una Aljubarrota”. Sin embargo, lo que sucede en España no es ajeno a los portugueses, como demuestra un reciente artículo (19/I/2006) de Mario Bettencourt Resendes, director del Diario de Noticias. En dicho artículo, tras hacer un ejercicio comparado de política-ficción sobre la situación en ambos países, expresaba su preocupación por la estabilidad del Estado español, al hilo de la negociación sobre el estatuto catalán. Bettencourt insistía en que esa estabilidad no es algo ajeno sino fundamental para el progreso de Portugal, dada la interdependencia de las dos economías, y también para el avance de la UE, a cuyo futuro están asociados los dos países. En unos términos nada frecuentes en los medios portugueses, el periodista hablaba de “una crisis preocupante”, y llamaba a la responsabilidad a los políticos y a otros sectores de la sociedad española. Estamos ante un ejemplo de cómo los portugueses estarán más atentos en el futuro próximo no sólo al panorama económico español sino también al político.

Conclusión: La victoria de Cavaco Silva inaugura en Portugal una presidencia activa, en la que el jefe del Estado hará a menudo oír su opinión y expondrá sus proyectos abiertamente ante los otros órganos estatales y la opinión pública. Los electores han querido la presencia de un “técnico” en el Palacio de Belem, y Cavaco Silva no les decepcionará. Ante la grave situación económica y social de Portugal, cabe esperar que los primeros tiempos de la presidencia estén marcados por la cooperación con el gobierno socialista de José Sócrates, empeñado en la ardua tarea de reducir al 3% el déficit presupuestario. Dada la fuerte personalidad de Cavaco Silva, las divergencias pueden surgir tanto en lo relativo a los efectos sociales de las medidas de austeridad como en los métodos para sacar a Portugal de la crisis. No es probable, sin embargo, que el nuevo presidente se planteara una disolución del parlamento, a partir de sus prerrogativas constitucionales, pues no beneficiaría a la imagen de hombre por encima de los partidos que se ha forjado durante la campaña electoral. Por lo demás, unas nuevas elecciones, tras cuatro primeros ministros en los últimos cinco años, no serían convenientes para la estabilidad del país, teniendo además en cuenta las recientes divisiones en el seno del PSD, el partido de Cavaco Silva.