Electores al borde del ataque de nervios

Actualmente la vida política es esencialmente mediática. Sus protagonistas la ejercen en función de televisiones, radios, periódicos y soportes digitales. Estos medios se han especializado mayoritariamente en trasladar impresiones generales e impactos concretos. A consecuencia de ello, en las campañas electorales los líderes están más preocupados por gustar que por convencer, venden buena imagen personal, prometen mucho y precisan poco. Saben que el éxito se consigue disgustando a los menos votantes posibles y dicen únicamente lo que la gente quiere oír mientras ocultan lo que pueda provocar rechazo.

Las reglas de juego de esta situación presidida por el mundo de la comunicación también determinan otra evidencia: cuando las cosas van mal no hace falta que las críticas a los responsables sean razonadas. Funciona perfectamente la simple descalificación. Con todo ello, la primera parte del espectáculo político consiste en ver ganar a un candidato que utiliza la mayor superficialidad posible, y la segunda asistir al castigo de los antiguos vencedores una vez han decepcionado.

Obama acaba de conocer en su propia piel esta dinámica. Con su oratoria brillante creó demasiadas expectativas, luego ha hecho un trabajo mediocre y finalmente queda maniatado por sus adversarios. Pero Obama no solo ha perdido por sus errores; el circo electoral ha girado el dedo pulgar hacia abajo porque buena parte de sus antiguos electores le han dejado caer por rojo, prepotente y musulmán, tres estigmas inciertos que la sociedad mediática ha conseguido grabar a fuego en la memoria colectiva de muchos norteamericanos. Las descalificaciones genéricas funcionan tanto como las mitificaciones apresuradas.

El conjunto del sistema funciona mal. El problema no son los fallos de Obama, ni las malas artes del Partido Republicano, ni el integrismo de esa especie de movimiento nacional que se llama Tea Party. Tampoco es una cuestión de Estados Unidos. El quid está en la superficialidad del modelo mediático que nos rige y en las deficiencias de esa política cuando la rodea una sociedad insatisfecha y decepcionada. Occidente se ha convertido en el mundo de la queja y el malhumor desde que ha descubierto que no podrá seguir viviendo en una espiral de mejora infinita. Malcriados por un lento y sólido proceso de aburguesamiento, acostumbrados a convivir tranquilamente con la miseria cuando esta era ajena y en la medida de lo posible lejana, Europa y América del Norte cometen el error de considerar que para ellas la prosperidad es un derecho natural consolidado. Se niegan a aceptar la realidad y el horizonte es particularmente conflictivo por ello.

Nuestro error histórico tiene un agravante. Se ha impuesto el criterio reduccionista de que las cosas que van mal se deben a deficiencias de nuestros gobernantes y no a errores colectivos y personales propios. Nos perdonamos generosamente y buscamos chivos expiatorios cuando todos somos responsables del declive. La laxitud de dejar que los poderes económicos se impusiesen a los democráticamente elegidos es del conjunto de los ciudadanos. La relajación de la cultura del esfuerzo, o la falta de coraje para rebelarse ante la inadaptación de los viejos esquemas educativos a los profundos cambios que ha experimentado el mundo, no habrían podido darse sin un pasotismo generalizado.

Antes de este naufragio de Obama ya habíamos vivido el encadenamiento de derrotas de prácticamente todos los líderes de los países alcanzados por la crisis. Uno detrás de otro. Y no hay ninguna razón para pensar que las futuras citas electorales no vayan a seguir con esa misma tendencia. Porque la sociedad de la queja es asimismo una sociedad de ganas de venganza ante lo que nos pasa, y está más preocupada por echar a los que están en los cargos que por analizar la calidad de los recambios que pueden venir. Vamos a ver qué pasa con Gran Bretaña y David Cameron. Y vamos a ver qué ocurre cuando en otras latitudes empiecen a imitar un tijeretazo que se aplica por vocación y no por pura y simple necesidad.

La superficialidad de los discursos predominantes tampoco ayuda nada a que los electores sepan lo que escogen. La opinión pública desconoce las verdades y mentiras que hay detrás del pulso dialéctico entre la posibilidad de encarar la crisis saneando la podredumbre existente utilizando políticas de austeridad o la alternativa de estimular económicamente una posible revitalización. Paralelamente, los candidatos lanzan cebos sobre la conveniencia de subir o bajar impuestos sin detallar lo que eso significa cara al futuro de la calidad y la extensión de los servicios públicos del Estado del bienestar. Porque otra de las características definitorias de esta vida política esencialmente mediática es que a los ciudadanos se les pide adhesión a ciegas para efectuar un cambio, pero no se les enseñan con precisión ni las medidas que comporta ni las consecuencias que tendrá para sus vidas cotidianas. Y los electores, al borde de un ataque de nervios por cómo van las cosas, de momento castigan, fuerzan los cambios, pero desean que sean cambios de rumbo y no que simplemente otras personas lleguen para hacer aproximadamente lo mismo que sus antecesores.

Antonio Franco, periodista.

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